Rosa Montero
Los prohombres de la Patria son unos canallas
Ya sé que la Historia la escriben los vencedores y que el Poder despliega una espantosa capacidad de manipulación y maquillaje de la realidad; pero como soy una romántica inveterada me sigue escandalizando que, por lo general, la sociedad otorgue sus mayores loas y sus mejores pompas a la gente más impresentable. Y es que, en cuanto que una escarba un poco en la leyenda oficial de los prohombres de la Patria, suele sacar a la luz una cantidad de porquería impresionante. Qué quieren que les diga, me fastidia que unos tipos siniestros pasen por ser los santos laicos de nuestra cultura; que haya avenidas y plazas con sus nombres, y estatuas con perfiles nobilísimos, y retratos de época llenos de chorreras y pecheras tintineantes de condecoraciones.
Por ejemplo, el marqués de la Ensenada, de quien se cumple este año el 300 aniversario de su nacimiento, y que pasa por ser un ministro ilustrado y modernísimo, ideó y estuvo a punto de conseguir la destrucción de los gitanos. Lo que buscaba era la aniquilación, esto es, un verdadero genocidio; en 1749 mandó apresar a todos los gitanos, encerrando por separado a los hombres y a las mujeres en condiciones indignas, mientras planeaba cómo acabar con ellos. No estaba solo Ensenada en esta brutalidad: también le apoyaron el conde de Aranda y Campomanes. Aranda llegó a sopesar los costes económicos de una solución final (también los nazis se preocuparon mucho por abaratar la carnicería y de ahí el invento de las cámaras de gas), y escribió: Si se toma una resolución de extinguir esta casta libertina y criminal, no ha de servir de embarazo el mayor coste (todo esto lo cuenta muy bien Gómez Urdáñez en La Aventura de la Historia, julio de 2002).
En aquella redada de 1749 cayeron en manos de Ensenada entre 9.000 y 12.000 gitanos. Y no fueron todos los que había en España, porque en muchos pueblos hubo payos espantados que les dieron protección y les ocultaron. Esto es importante de tener en cuenta: aborrezco a esos relativistas temporales que consideran que todo puede ser explicado por los prejuicios de la época. Pues sí, es verdad que el tiempo en el que uno nace le hace ver las cosas de determinada manera; pero no hasta el punto de anular ese sentido ético básico que nos susurra a los seres humanos que hay ciertas fronteras extremas que no se deben traspasar. Por ejemplo, en todas las sociedades esclavistas siempre ha habido individuos críticos con la esclavitud. Y el proyecto criminal de Ensenada, Aranda y Campomanes no pudo ser llevado a cabo porque sus contemporáneos consideraron que eran unas medidas demasiado bárbaras (además de por la resistencia que opusieron las víctimas). Aunque, de todas formas, los gitanos padecieron durante muchos años una persecución feroz e ignominiosa.
De manera que estos tres tipos tan rimbombantes eran en realidad unos tipejos, porque planear un genocidio es algo imposible de justificar. Como el general Rosas, tal vez el mayor héroe patrio de los argentinos, que exterminó a todos los indios de las pampas. Darwin, que presenció los hechos, dejó un estremecido y asqueado testimonio de la carnicería, de cómo cazaban como conejos a los indígenas, de cómo remataban a las mujeres y a los niños: he aquí otro contemporáneo capaz de percibir que Rosas era bestial sin que los prejuicios de la época le cegaran. Pero ya lo ven, todos esos energúmenos lucen sus estatuas por todas partes. De hecho, Campomanes, Aranda y Ensenada tienen tres calles en Madrid de lo más elegantes, en vez de estar achicharrándose como merecen en el infierno de nuestro desprecio, dado que el otro averno, el de las llamas y los demonios con tridente, parece que no existe (ya no creen en el infierno ni los obispos).
Quiero decir que, para una agnóstica como yo que piensa que esta vida es todo lo que hay, resulta especialmente desolador que la memoria colectiva sacralice a tanto miserable. Porque la existencia humana, tan ínfima y tan breve, no tiene otro cielo que la memoria de la posteridad, el reconocimiento de la continuidad, el cariño agradecido de los que te suceden. Me gustaría que las calles de nuestras ciudades llevaran los nombres de esas gentes calladas que lucharon por la propia dignidad y por la de sus vecinos, esas buenas gentes que consiguieron vivir una vida decente y que son nuestros verdaderos precursores. Pero de esos, por desgracia, nadie recuerda nada. |

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