16 de Septiembre del 2002 • Edición número 1,272
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La literatura
en los tiempos de la globalización





Por Rafael García Romero

La literatura y la globalización. Esta aparente mezcla de aceite y vinagre resulta un espacio idóneo para hacer un acercamiento efectivo y un análisis eficaz de la realidad y de cómo va el mundo ahora que la literatura y la comunicación, en caso extremo, llegan en segundos de un país antípoda a otro para consumo y consulta de poblaciones internacionales, que se informan y forman una idea, pero también se convierten en expertos gracias a la literatura en tiempo real.

Y es que la literatura, a través del lenguaje –y aquí está el vínculo más estrecho con el fenómeno de la globalización– no sólo comparte unas infraestructuras comunes con una multitud de países, sino que sirve de puente a un comercio sin fronteras. Un comercio que, ante todo económico y que envuelve el maremagnun laboral, no deja de ser un fenómeno cultural.

El hombre, con el proceso de la globalización no sólo incorporó el dinero como una coordenada vital y de posicionamiento, sino que modificó de manera violenta los alcances de rigor que hasta hace dos décadas tenía ese mismo hombre con relación a su espacio y el tiempo. De manera que cuando pensamos en la globalización tenemos que entender no sólo la conformación, sino también, y de manera simultánea, la explotación intensiva y extensiva de espacios y tiempos regulados tanto por las nuevas realidades como por nuevas formas de relaciones. En fin, que el hombre sigue siendo el mismo, sus necesidades básicas y primarias son las mismas, pero hay que poner mucha atención a las múltiples y sofisticadas formas de relaciones que dicta desde diversos vértices del mundo la ola de la globalización.

No se puede pensar que los escritores y la literatura, todos los escritores y toda la literatura, sean sujetos y objetos del mercado moderno y sus nuevos convenios o licencias de tráfico. Una cantidad por debajo de la mitad de los escritores del mundo trabaja por cuenta propia. O vive, básicamente, de la literatura, su literatura, que son artículos, cuentos, novelas y conferencias.

El mercado laboral de los escritores oscila entre las consultorías, los medios de comunicación, las oficinas de comunicaciones y la publicidad. En un número menor va a empresas privadas, atendiendo o no, tópicos afines a él. Un reducido porcentaje abre modestas empresas personales. No obstante, a medida que progresan las economías el margen de libertad de los escritores se ensancha y muchos consiguen deshacerse de su condición de asalariados y tiran “los contratos de alquiler intelectual” que pone fin a incómodos horarios de oficina.

Un escritor, esté o no bajo las categorías indicadas, constituye un modelo de trabajador excepcional, ya que trabaja durante la mayor parte de su vida. No abandona nunca el oficio. Tampoco se jubila. Una actividad vital que sólo cesa si toma la medida de precaución de morirse. Y todavía después de muerto sigue trabajando, porque su obra sigue dándole beneficios a la humanidad.

La falta de oportunidad también hiere de gravedad, y en muchos casos mata, la literatura. La humanidad existe gracias a una dinámica que se da entre alternativas económicas y garantías sociales que afectan y tocan directamente a más de 100 millones de personas e indirectamente a su entorno. ¿Qué sucede? El fenómeno incluye también a los escritores.

No pienso en la inmensa minoría de los escritores establecidos, que tienen resuelto el problema de circulación de sus libros, artículos y que tienen un pool de universidades que los invita a conferencias. Pienso en aquellos cientos de miles que viven en países desarrollados, que sueñan en los suburbios del tercer mundo y los que son ciudadanos de países anónimos, que viven con los temores y las inseguridades de un ingreso bajo y que desperdician su ingenio en la pobreza. Desperdicio que se produce no por falta de trabajo (y también por su ausencia), sino por deficiencias estructurales o del medio económico apropiado en el que pueden canalizar sus aptitudes, para que de forma más armónica puedan no sólo incidir en las estructuras culturales (que inicialmente son económicas), sino aumentar su eficiencia y que de manera directa, a través de la creación, contribuirán a modificar los escenarios laborales. La literatura de estos escritores está fuera del fenómeno de la globalización. Muchos nunca llegan a tocar el teclado de un ordenador, apenas tienen noticia de la Internet en las páginas de los periódicos y se maravillan de que el mundo, aun excluyéndolos, cuente con esas herramientas que permiten dimensionar el pensamiento y llevarlo a espacios tan distantes del mundo con apenas tocar una tecla.

Un dilema aparente de la literatura ahora, con el fenómeno de la globalización, es que, si bien la reducción de la pobreza cultural requiere políticas especificas, la medida de elevar el nivel editorial (periódicos gratuitos, libros, revistas y profusión de material didáctico) a través de soluciones estatales puede contribuir a crear niveles de ineficacia o apatía si no existe un destino: el mercado de consumo para esa literatura.

No es un secreto que los gobiernos, ya sea por apatía o falta de políticas de sus organismos de orden, descuidan importantes rubros de la cultura. Así sucede desde hace tres décadas. Una desatención o abandono que ha permitido la participación del sector privado, que convierte la cultura en espacio de inversión. No es nada nuevo. En los territorios del arte, todo lo que se puede ver, tocar o aplaudir (espectáculos de ópera, muestras pictóricas, esculturas) tiene mayor impacto, concita más atención y aprecio a la hora de invertir dinero. En cambio, la plata que pueda invertirse en la literatura aparenta que se dilapida, que no ofrece garantías de retorno.

La realidad de la literatura y los escritores será de otra forma, quizá de manos de gente que manejan los mercados y entienden el fenómeno de la globalización que incluya abrirle espacio a los productos de la literatura. Hay una sola razón: la lengua española tiene más de 350 millones de hablantes en todo el mundo. Y cuando mencionamos hablantes hay que hacerse la idea de que son al mismo tiempo consumidores. Quizá podría pecar de ingenuo, pero ¿no son 350 millones de clientes que tiene la lengua? Una cifra nada despreciable para una sociedad global, que no puede sobrevivir sin la comunicación, la información o el trato con los medios que ayudan a multiplicar el conocimiento.


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