2 de Septiembre del 2002 • Edición número 1,270
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En torno a la sensibilidad




Por Jacinto Gimbernard Pellerano

Ciertamente el arte es universal y transtemporal, aunque convenga aclarar con presteza que tal universalidad se limita a decir que no está ligada exclusivamente a ningún país o período de tiempo. Estas capacidades de sobrevolar países, culturas y circunstancias históricas se manifiestan activas y eficientes sólo en las personas sensibles o interesadas por adquirir la sensibilidad a través de la cultura.

No siempre es necesario el cultivo de la sensibilidad para las artes, porque resulta que se nace con ella. Un ejemplo que conozco bien es el de mi padre. Nació y creció pobremente en el barrio de San Miguel, oyendo apenas música bailable como danzas, pasodobles y valses criollos que interpretaban los músicos del vecindario. En una ocasión en que lo mandaron allá abajo, pasada la calle Mercedes, a entregar un papelito a un amigo de la familia, al llegar frente al Hotel Francés (que hoy está reestructurado y hábil) escuchó un piano. No se pudo mover de allí hasta que el pianista, que era un notable artista extranjero llegado para presentar un recital, terminó su ejecución. Se trataba de la Sonata "Patética" de Beethoven. ¿Cómo pudo este inculto niño quedar atrapado en las redes de esta música honda y genial?

Los hijos de mi esposa, la pianista Miriam Ariza, han estado escuchando obras maestras desde el instante mismo en que fueron concebidos. Curiosamente, aunque todos son altamente sensibles a la gran música, le tienen miedo porque los entristece, los hace filosofar y los deprime. No han encontrado la ruta del disfrute. ¿Sería mucho Beethoven, Schumann o Brahms lo que primero entró en la urdimbre de sus sensibilidades?

Mis hijos nacieron y se criaron escuchando el repertorio romántico para violín que yo trabajaba a diario. Tschaikovski, Max Bruch, Wieniawski, Edouard Laló… y sólo el más pequeño -mi homónimo- disfruta hundirse y surgir reviviscente de las sacudidas emotivas del gran arte sonoro, como quien bucea en un mar proceloso y retorna a la superficie a respirar un aire nuevo, recién nacido de las manos de Dios.
Creo que las sensibilidades son limitadas, o mejor, encerradas dentro de ciertos circuitos que, en ocasiones, pueden ser un charco de agua clara en el inmenso desierto de lo atroz. Tenemos un formidable ejemplo en Alemania. Esas mismas multitudes que se estremecían de emoción ante el Idilio de Sigfrido de Wagner o las ternezas de los lieder de Robert Schumann o de Schubert, se excitaban hasta la locura con la Cabalgata de las Walkirias del mismo Wagner y, ahogados de odio y criterios demenciales, aniquilaban en los crematorios de Auswitz o Treblinca, así como en decenas de campos de exterminio, millones de personas "judíos o miembros de razas inferiores".

En cierta ocasión le preguntó mi padre a Enrique Casal Chapí, primer director de la Sinfónica Nacional Dominicana, cuál era la conexión entre Goethe, Schiller, Schubert o Beethoven -artistas alemanes- y los nazis del exterminio, ya que Chapí conocía bien a Alemania.

–Ninguna -le repuso-, aunque me corrijo: la misma relación que existe entre un cable de cobre y la electricidad.

Hitler sentía una gran ternura por los perros. Otros nazis lloraban de emoción al pensar en sus hijitos rubios y ojiazules. Pero masacraban multitudes de rubios ojiazules que no cabían dentro de su absurda clasificación de arios como raza superior, cuando el término es sánscrito y significa de buena familia, refiriéndose a los habitantes del centro de Asia en épocas remotas, extendidos por Media y Persia, sin ninguna connotación racial sino referente a un grupo de idiomas tribales.

Lo cierto es que el gran arte, sea popular o no, trasciende los momentos y las pequeñeces y absurdidades de la humanidad.

Benditos quienes tienen por naturaleza innata o por educación cuidadosa la capacidad de utilizar su sensibilidad al máximo y disfrutar de todo lo genial que ha realizado el humano en aspectos positivos, así se trate de arte o de ciencia, trátese de Pablo Neruda o del autor del Cantar de los Cantares, refiérase a Bach o a Bernstein, a Tales de Mileto o a Albert Einstein (que no buscaba horrores).

Es el buen uso de la sensibilidad lo único que nos dignifica.


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