24 de junio del 2002 • Edición número 1,260
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Rosa Montero
Maldades imaginarias y daños reales


Hace un par de semanas reapareció el ántrax en EEUU: encontraron veinte cartas infectadas en una sucursal de correos. La noticia apenas ocupaba una humilde esquina en los periódicos, porque la curiosidad de los medios de comunicación es caprichosa y mudable: tan pronto se obsesionan con un tema y lo machacan con obstinación durante semanas, como deciden ignorarlo olímpicamente y desterrarlo a la sección de breves. Vaya usted a saber porqué se producen esos bruscos vaivenes de atención; en parte supongo que es por intereses, o sea, porque a determinados grupos de poder (incluidas las propias empresas informativas) les conviene o no agitar el cotarro; pero hay otra parte del fenómeno que me sigue pareciendo de lo más enigmática, una especie de unanimidad espontánea del interés por ésta o aquella noticia, como si de repente todos nos hubiéramos cansado de asustarnos con el ántrax, por ejemplo, y buscáramos depositar nuestros miedos en otra cosa.

El caso es que, como ya no nos importa lo del ántrax, nadie ha vuelto a mencionar aquella noticia fascinante de hace algunos meses según la cual el FBI había empezado a investigar a las empresas farmacéuticas para ver si habían puesto las esporas en circulación con el fin de provocar una venta masiva de antibióticos. Es de suponer que el FBI no ha encontrado pruebas, pero lo que a mí me parece más asombroso es que se les llegara a ocurrir esa posibilidad; y que, una vez publicada, a todos nos pareciera tan plausible.

Es decir, que vivamos en un mundo en el que las multinacionales farmacéuticas (que son uno de los mayores poderes de la Tierra) puedan ser imaginadas enfermando a la gente para venderles después las medicinas. Eso mismo sucede con los piojos. Cuando yo era niña, en una España todavía muy pobre y en un medio escolar de clase baja, con higiene precaria (en mi casa, como en las de muchas de mis compañeras, no había agua caliente) y un hacinamiento fenomenal de ochenta o noventa alumnas por aula, no existían los piojos. Jamás cogí ese parásito, ni conocí a ninguna colegiala que lo tuviera. Ahora, en cambio, en la España rica y confortable, atiborrada de geles de ducha y champúes de colores, los niños se llenan de piojos todos los años con democrática unanimidad; y hay madres que, en su desesperación, han llegado a conjeturar que los laboratorios farmacéuticos pueden haber introducido cepas de parásitos entre los escolares para hacer el agosto con las lociones.

Lo más interesante es que esta hipótesis extrema es sostenida por bastantes personas, cosa que, por otra parte, no me extraña; y no porque sea una suposición cierta (seguramente no lo es), sino porque la realidad de los laboratorios farmacéuticos es todavía más delirante y más malvada que esta peregrina teoría de los piojos. La realidad de estas grandes multinacionales implica tal despotismo económico que, como de todos es sabido, los países pobres tienen prohibido fabricar medicinas genéricas, que saldrían baratísimas y podrían cubrir las necesidades perentorias de sus ciudadanos. Y esa prohibición supone la enfermedad, el sufrimiento y la muerte de centenares de millones de personas. Los laboratorios argumentan que necesitan el dinero para seguir investigando y, recientemente, y ante la presión internacional, han abaratado ciertos productos. Pero un tercio de la población mundial, 2,000 millones de seres, sigue sin tener acceso a medicamentos básicos que podrían salvar sus vidas, y no hay argumento que justifique esa desigualdad asesina.

Sigamos hablando de la pura realidad: dicen las multinacionales que necesitan el dinero para investigar, pero, ¿para investigar qué? Sólo el 1% de los nuevos fármacos está destinado a combatir las dolencias propias de los países pobres. Por ejemplo, las enfermedades tropicales infecciosas son un mal que aqueja fundamentalmente a los países del llamado Tercer Mundo y que provoca 17 millones de muertes al año. De hecho, estas infecciones tropicales suman el 10% de todas las enfermedades que hay en el planeta, pero los laboratorios sólo dedican un 0.2% de su presupuesto para investigarlas. Pero, claro, los muertos por estas dolencias son muy pobres y no pagarían ricos dineritos por los remedios. El 80% de los medicamentos que se producen en el mundo son consumidos por menos del 20% de la población del planeta.

Y todo esto, en fin, sin entrar a hablar de los vidriosos usos de algunos laboratorios a la hora de promocionar sus productos y sobornar a los médicos. ¿Que el FBI sospecha de las compañías farmacéuticas y que las madres españolas les imaginan poniéndoles liendres a sus hijos? Pero si estas suposiciones absurdas son de lo más inocentes, comparadas con todo lo demás.



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