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Aproximación al infinito
Por Marcio Veloz Maggiolo
La luz recorre 300,000 kilómetros por segundo, o sea que en segundos es capaz de sobrepasar con creces la distancia que hay de la Tierra a la Luna. Hace sólo unos días el telescopio Hobbart descubrió una galaxia cuya luz tarda 420 millones de años para llegar a la Tierra. Muy posiblemente muchas estrellas de esa galaxia han dejado de existir. Estamos viendo, con los ojos bien abiertos, el pasado transformado en luminosidad que aún camina y vive.
La relatividad del universo nos hace pensar que en ese infinito mar de miles y miles de galaxias no somos ni siquiera una célula, porque la inmensidad es infinito y el infinito no tiene comienzo ni tiene final. Todo esto nos lleva a pensar que lo que creemos único, terminado, perfecto y tan bellamente humano puede ser un sueño ínfimo. Todo esto nos revela que el universo en expansión con sus millones de astros, planetas y constelaciones, es tan inconmensurable que pensar en nosotros como egos a los que la divinidad oye resulta algo extraño. Pienso que al formar parte nosotros mismos de la divinidad somos ínfimos trozos de ella, y que la felicidad y el bien son factores primordiales que debemos mantener vigentes aún como una respuesta al orden divino que podría no tener nada que ver con la imagen que nos hacemos los que creemos en religiones y modelos angélicos.
Nos libramos de la felicidad condenándola, creamos fórmulas cerradas, consideramos el amor puro como un imposible cuando se interponen formas terrenales y leyes del mismo tipo. La cultura humana ha creado una cárcel moral que va más allá de la verdadera felicidad. Cuando amamos realmente, pero una moral maniquea nos aprisiona, somos prisioneros de leyes que no son las que rigen el infinito en el cual, sin dudas, no somos ni seremos los únicos. Cuatrocientos veinte millones de años luz, o miles de millones de años en ebullición, nos dicen que apenas somos un hormiguero, un sector microbiano del universo. Nos creemos que todo gira en torno a nosotros y cuando no podemos romper con nuestras ataduras, y lo intentamos, se nos juzga como violadores de lo divino, cuya expresión máxima, a mi juicio, es el ser mismo, el ser interior que es el revelador de la chispa divina en la que se basan de uno y otro modo todas las religiones.
Lo que duele en el alma es la prisión de la misma, lo que duele es tener que vencer en un plano pasajero, como es éste, los reflujos de una conciencia humana hecha a imagen y semejanza de los pecadores que la han creado. Inventamos infiernos, purgatorios y resurrecciones carnales.
UNA VISIÓN LIMITADA
Me asombro muchas veces de los ideólogos religiosos que han hecho un más allá a su antojo sin contar con las miles de formas de vida que pudieran haber en otros lugares del universo, donde cientos de millones de planetas, movidos por otras inteligencias tal vez nada humanas, desarrollan sus valores.
Creo, por tanto, que lo divino es divino en todas partes y creo que ni siquiera sabemos si nuestra concepción de la divinidad es la real.
Entre los sumerios los dioses tenían un lado magnánimo y otro letal y mortal. Los cristianos dividimos el mundo en seres como Satanás y el Dios de los Ejércitos, el Jehová de los judíos que admite la posibilidad de pueblos preferidos. Existe una imagen de Dios atascada en el odio bíblico. Me pregunto si en esos mundos galácticos, que son miles, con millones de planetas, habrá espacios vitales con la misma concepción que la nuestra. De no haberlos, el infierno y el cielo serían exclusivamente terrenales, hechos por un ser microscópico, con sacerdotes, pastores de almas, iglesias divididas y seres biológicamente inferiores que se esconden, muchas veces, tras el manto de una moral fingida y dan como regalo al grupo que pastorean una muy pobre visión de la benignidad.
Cuatrocientos veinte millones de años luz. Multiplicar la velocidad de esa luz en trescientos mil kilómetros por segundo, es imposible. La cifra numérica desborda el alfabeto del cálculo. Leeríamos una cifra con cientos de ceros detrás que sería imposible de resumir si no la convirtiéramos en una fórmula y le diéramos un sentido metafórico, o casi metafórico. ¿Qué pasará en esos mundos? ¿Cómo seríamos en ellos nosotros los de ahora, los que creemos que tenemos a Jehová enganchado de la corbata o dentro del bolsillo derecho, o que el mismo Dios se posa en la cúpula de alguna mitra para mirar, al través de ella, los decires impuros de quien se esconde en su fingida pureza?
Cuatrocientos millones de años luz. Es la distancia de una sola galaxia, pero las hay cuya luz se apagó hace mil millones de años que brillan todavía. El pasado no termina nunca.
Me siento en mi taburete y miro la distancia con unos ojos incapaces de ver más allá de kilómetro y medio y me digo: caramba, que poca potencia tiene mi telescopio humano, caramba, cómo hemos tenido que inventar luego de los telescopios vítreos otros cuya razón viene en cuantos de acción y en moléculas invisibles que aturden a los nuevos visitantes visuales del universo.
Todo esto me lleva a la epicúrea convicción de que es ahora cuando debemos ser felices, aunque nuestra felicidad no sea notada por los miles de habitantes planetarios de sistemas solares que a lo mejor recibirán los años luz de nuestra Vía Láctea, nuestra galaxia, dentro de cuatrocientos años luz.
Les envío estas líneas, porque nadie ha de cerrar los ojos a la eternidad y nadie podrá domesticarla, y creo que ustedes entenderán que amar es parte de una forma vital que contribuye a que la vida siga, a que la vida sea gozosa, a que la vida tenga el sentido de lo que está hecho para crecer eternamente. Soy de los que creen que a veces una mano, un beso en la mejilla, un asomo de rubor, valen tanto como una palabra dicha con fe y repetida como un eco infinito. El amor puro no ofende ni siquiera cuando la imaginación construye un retrato angelicalmente desnudo del ser que se ama inalcanzablemente. De haber sido de otro modo la mitad de la obra de los grandes artistas de la humanidad estuviera debajo de la tierra. |
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