10 de Junio del 2002 • Edición número 1,258
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Saber qué quiere la gente:
La clave del éxito en la competencia electoral





Por Gustabo Olivo Peña

Las derrotas electorales son amargas, tristes y desconcertantes. Sobre todo cuando se ha competido con altas expectativas y posibilidades, pero no se encontró la manera de llegar a compenetrarse con la mayoría de la población, con los grandes núcleos de votantes.

En entender qué quiere la población, cuáles son sus aspiraciones y necesidades reside el secreto para obtener votos y ganar unas elecciones.

En efecto, no importa que se trate de unos comicios para elegir al Presidente de la República o a los senadores, diputados, síndicos y regidores, la gente tiene necesidades y quiere cosas, tanto si vive en un barrio, en zona rural o urbana. Siempre será así, a menos que el ciudadano se observe a sí mismo como parte de todo un país o nación y ponga en un segundo lugar su individualidad.

En países de bajos niveles de desarrollo económico, como la República Dominicana, los intereses particulares pesan mucho más en la decisión electoral que los intereses nacionales o regionales.

Y esto no quiere decir que los ciudadanos de naciones pobres sean presas de un egoísmo generalizado, sino que viven en sociedades en donde hay más desigualdad que justicia social, más miseria que riqueza bien distribuida, más obstáculos para el desarrollo de individuos y grupos sociales que oportunidades de ascenso y progreso económico.

Lógicamente, cuando un hombre o una mujer que ha vivido en la miseria y ve muy lejos las soluciones generales a los problemas de su país se ve obligado a optar por las soluciones individuales para sus problemas inmediatos, sin pensar mucho en soluciones nacionales a largo plazo.

COMPORTAMIENTO ELECTORAL
En el diccionario especializado ‘Léxico de la Política’, compilado por Laura Baca Olamendi, Judit Bokser-Liverant, Fernando Castañeda, Isidro H. Cisneros y Germán Pérez Fernández del Castillo, la autora Jacqueline Peschard define así el comportamiento electoral:

"Por comportamiento electoral entendemos una conducta que vincula a la población con el poder, es decir, a la sociedad con el Estado y que se manifiesta a través del voto".

Peschard distingue tres enfoques analíticos sobre el comportamiento electoral de los ciudadanos de cualquier país: 1-El enfoque sociológico, 2-El enfoque psicológico, y 3-El enfoque racional.

Lo psicológico
Peschard hace una diferencia fundamental entre el enfoque sociológico y el psicológico: “La forma en que se concibe el voto, pues el psicológico lo ubica como un acto eminentemente individual, motivado por percepciones y orientaciones personales y subjetivas. De ahí que el enfoque psicológico trabaje siempre con datos individuales y utiliza como herramienta fundamental la encuesta o la entrevista. Este enfoque señala que el comportamiento electoral es resultado de la predisposición y las actitudes del elector, es decir, de sus rasgos personales, sistemas de valores y lazos afectivos. En buena medida, el enfoque psicológico surgió como reacción crítica a la escuela del ‘determinismo social’ y quiso comprender la significación del voto más allá de la traducción del ser social”.

Lo racional
Observa Peschard que, a diferencia del enfoque psicológico y el social, “el de la elección racional parte de concebir el voto como un acto individual que responde a las situaciones particulares en las que se emite, es decir, que no se explica por variables estructurales o por rasgos constantes o permanentes del elector, sino por factores de corto plazo frente a los cuales el ciudadano actúa y reacciona de acuerdo con cierto resorte o activador".

Según Peschard, "de acuerdo con la perspectiva racional, en cada elección el ciudadano decide su posición electoral conforme al cálculo de utilidad esperada, es decir, tomando en cuenta las ofertas que se le presentan en la coyuntura particular y evaluando los costos y los beneficios posibles cada una”.

Resalta la autora que este enfoque, el racional, está inspirado en la cuestión económica, “ya que entiende la decisión sobre el voto como un procedimiento semejante al que se hace en el mercado al momento de adquirir un producto, es decir, pone el énfasis en primer lugar en lo específico de cada elección --tal como sucede en el acto de comprar-- y, en segundo, equipara a la contienda electoral con el mercado, de suerte que al votante se le ve como un consumidor político en el mercado electoral”.

“El supuesto es que el elector discierne, jerarquiza, evalúa la oferta electoral, y a partir de ahí escoge al partido y al candidato que se acerca más a sus intereses y expectativas”, indica Peschard.

PARTIDOS Y GOBIERNOS
En la República Dominicana, históricamente, ha tenido éxito en las elecciones el partido y/o el candidato que ha sabido corresponder en cada momento a las expectativas de solución a problemas individuales o locales de los votantes.

Sólo hay que observar que de los tres partidos que dominan la competencia electoral desde el 1982 (Partido Reformista Social Cristiano, Partido Revolucionario Dominicano y Partido de la Liberación Dominicana), el PRSC ha sido el más exitoso, con 22 años de gobierno distribuidos en 6 períodos.

¿Y cuál ha sido la política de inversión pública de los gobiernos reformistas? La de una gran intervención estatal en la construcción de obras públicas en todo el territorio nacional. Los gobiernos de Joaquín Balaguer construían en decenas de lugares al mismo tiempo, desde grandes obras de infraestructura, como una presa hidroeléctrica gigantesca, hasta un caserío de bajo costo para los agricultores asentados por el Instituto Agrario Dominicano.

A los ciudadanos que reciben el beneficio de una obra pública, trátese de una casa, apartamento, carretera, camino vecinal, grande o pequeña presa, escuela o acueducto, no les importa de dónde han provenido los fondos utilizados por el gobierno constructor. Tampoco se molestan esos ciudadanos porque el contratista de esa obra la haya recibido grado a grado, sin participar en licitación o concurso. Simplemente, el ciudadano común de un país pobre, que arrastra años de carencias y miserias, se limita a usufructuar las obras públicas, no a discutir su idoneidad ni quién se beneficia como contratista, ni si hubo tráfico de influencia en su asignación, y ni siquiera si fue sobrevaluada. Al PRSC y al doctor Balaguer no se les recuerda tanto por los crímenes políticos ocurridos en sus gobiernos como por las construcciones de obras públicas. Talvez los pueblos terminan por olvidar los hechos negativos, pero no los que considera positivos.

SE VALORA LO TANGIBLE
En los gobiernos reformistas de los llamados doce años (1966 a 1978) la oposición encabezada por el PRD criticaba con dureza la política de inversión pública del doctor Joaquín Balaguer, reduciéndola a la expresión "cemento y varilla". (“Con cemento y con varilla no se llena la barriga”, rezaba una frase usada en las campañas electorales de 1970, 1974 y 1978). En las administraciones del PRD de 1978 a 1986 disminuyó la inversión del Estado en la construcción de obras públicas, y aunque hubo logros plausibles en otras áreas una gran parte de la población quedó con la percepción de que en los gobiernos perredeístas no se construyó. El gobierno de Antonio Guzmán Fernández, por ejemplo, dejó al país una institución muy importante, el Instituto de Formación Técnico Profesional (INFOTEP), y destinó recursos económicos y esfuerzos a la producción agropecuaria, que había estado un tanto olvidada en los gobiernos reformistas.

Sin embargo, en su momento la población hizo broma con el hecho de que el Edificio de Oficinas Gubernamentales de Santiago había sido una de las pocas obras hechas por la administración de Guzmán, y le bautizaron como "el único". El gobierno del doctor Salvador Jorge Blanco enfrentó una crisis económica muy severa y tuvo de aplicar un programa de ajustes económicos que llevó a la eliminación de subsidios y alzas de precios. En 1984 la gente protestó desesperada en la calle y la represión militar ocasionó la muerte a cerca de cien personas.

Pero esos horribles acontecimientos no constituirían solos la causa de la derrota que sufriría el PRD en los comicios de 1986. La oposición reformista insistió entonces en la bondad de las construcciones públicas, con la consigna: "Balaguer construye, el PRD destruye". A la administración de Jorge Blanco se el enrostraba el hecho de haber dejado a medias los proyectos habitacionales Invivienda Santo Domingo y Santiago; el hospital de San Pedro Macorís, la Maternidad del Seguro Social en Santo Domingo, entre otras importantes obras públicas. Se le criticó, además, el abandono de obras construidas en otras administraciones, como el Parque Mirador Sur, de Santo Domingo.

A la administración del doctor Jorge Blanco hay que reconocerle los esfuerzos hechos en favor de la estabilidad macroeconómica y el saneamiento de la economía, que al final de su mandato ayudaron a que la moneda nacional quedase estabilizada, tanto en su cotización frente al dólar (RD$2.80 por US$1.00) como por la ausencia de dinero inorgánico y el control de la inflación. Asimismo, dejó en marcha el plan de expansión del parque de energía eléctrica nacional.

Pero la administración de Jorge Blanco no invirtió en esas pequeñas obras públicas que significan tanto para dos o tres comunidades rurales, para un municipio o un barrio.

Con el retorno del doctor Balaguer al poder, en 1986, se echó a un lado la disciplina monetaria y por primera vez en muchos años se disparó la inflación por encima del 100%, el peso llegó a venderse a RD$18.00 por US$1.00, se empobreció a la clase media, sobre todo en el segmento de profesionales de nivel ejecutivo. Hubo una grave crisis energética, escasez de productos básicos (azúcar, leche, queso, combustibles) y baja en la producción agrícola nacional. Todo esto en medio de grandes escándalos de corrupción administrativa, como el famoso caso de la Hydro Quebec, que envolvió la suma de US$20 millones.

Sin embargo, ese gobierno retomó la política de construcciones por todo el país. Se construyó la presa de Jigüey-Aguacate, se remodelaron los barrios de Villa Juana y Villa Consuelo, incluyendo la construcción del Expreso V Centenario, se construyeron puentes, calles, caminos vecinales y escuelas por todas partes.

Y al final, en 1990, la gente ponderó más el impacto en sus hogares, en sus personas, de las construcciones del gobierno reformista, más que la propuesta de hacer un gobierno decente, libre de corrupción, del entonces candidato favorito profesor Juan Bosch y el Partido de la Liberación Dominicana (“¡Esa maña de robar, con Juan Bosch se va a acabar!”, rezaba un lema de campaña).

EL PRD APRENDIÓ LA LECCIÓN
El PLD alcanzó el poder en 1996 y concentró esfuerzos en mejorar la educación, la salud y la administración pública en general (sustituyó maquinillas obsoletas por computadoras, por ejemplo). Pero en cuanto a las inversiones en construcción destinó la casi totalidad de los recursos a construir las llamadas soluciones viales para las ciudades de Santo Domingo y Santiago (elevados, túneles, viaductos, puentes, etc.). Descuidó el PLD las obras pequeñas, insignificantes desde el punto de vista presupuestal, pero de valor inestimable para las comunidades que las reclamaban. Llegado el momento, como ocurrió en 1986 con el PRD, en el 2000 el pueblo le cobró al PLD este descuido y votó en favor de Hipólito Mejía. En esta ocasión, al parecer, el PRD ha aprendido la lección de lo importante que resulta para un gobierno hacer cosas que toquen directamente las necesidades de la gente. El gobierno del Presidente Mejía ha estado construyendo cientos de pequeñas obras en prácticamente todo el territorio nacional (pequeños acueductos, caminos vecinales, carreteras, escuelas, caseríos para personas de escasos recursos, reparación de viviendas de barrios pobres y campos, etc.). La gente se ha sentido impactada positivamente por estas inversiones y favoreció mayoritariamente al PRD en los recientes comicios de medio término.

Definitivamente, a la gente común y corriente no le importa de dónde vienen los recursos, sino que se materialice la demanda de su familia o su comunidad.

La clave del éxito de un partido o un candidato está en el conocimiento de las razones, de los motivos últimos que llevan a un votante a inclinarse por una u otra propuesta. Corresponde a los dirigentes de los partidos políticos averiguar en cada caso, y respondiendo a cuáles razones, por quién podría votar su país, su ciudad o región. De esta investigación devendría la estrategia correcta para alcanzar el poder.



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