|
|
SECCIONES
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
| |

|
|
|
Suscripciones
al teléfono
472-7694 de lunes a viernes de 9:00am a 6:00pm o al correo electrónico
|
|
 |
|
 |
|
|
 |
 |
ESQUELETOS EN EL CLOSET
¿Entonces quién debe dar la voz de alarma? ¿Quién debe defender al inversionista y al depositante?
Toda operación compleja, en cualquier parte del mundo, tiene sus fantasmas y esqueletos en el closet. Y eso es así por innumerables motivos, muchos de ellos justificados y otros de origen turbio.
Algunas veces ocurren equivocaciones involuntarias propias de los seres humanos, otras veces dolo o fraude, y también, en ocasiones, se producen problemas genuinamente desconocidos que sorprenden de buena fe a la administración.
Es posible que una gran operación comercial, en un momento determinado de su gestión pública, tenga abiertas varias investigaciones internas, con severas incógnitas por resolver concernientes a sus finanzas y desempeño general.
Es posible que por razones de crecimiento no planificado de operaciones a corto plazo o por contar con personal poco calificado, e incluso por cambio de procedimientos manuales a automatizados, sucedan trastornos en los procesos operacionales y de negocios y, por ende, en los estados de resultados.
Todo eso cabe y sucede con más frecuencia de lo que se publica.
Los problemas que sacuden a las corporaciones y empresas financieras se detectan casi siempre internamente, mucho antes de que las firmas de auditores externos y los investigadores de las instituciones reguladoras los descubran.
Muchas veces las administraciones de las empresas y corporaciones se hacen las ciegas y las tontas cuando algún evento afecta negativamente su gestión, dejando a los organismos fiscalizadores externos la oportunidad de que lo descubran ellos mismos. Si no lo detectan, no hay razón para revolver ese desaguisado. Dándose así la oportunidad de atomizar el problema entre sus filiales o compañías relacionadas o diluir su efecto en períodos subsecuentes.
Hay varios estamentos que existen para defender de manera efectiva al depositante y al inversionista, con información oportuna y tiempo suficiente para que el interesado no pierda todo ante una mala o deficiente administración, o por causas de fuerza mayor.
La primera línea la componen los auditores; la segunda, y la más importante, las superintendencias especializadas en la fiscalización apropiada de los diversos sectores de negocios. Una doble función deben llevar a cabo: la de asegurarse que se cumpla con los compromisos propios de pago de impuestos, con las provisiones de reservas legales para protección a terceros, además del cumplimiento de procedimientos regulatorios, y también la de informar de manera diáfana a cualquier interesado sobre la conducción de los negocios de cualquier empresa, con nómina pública de inversionistas.
¿Por qué es tanto el miedo a transparentar el estado de los negocios?
Nada provoca más inquietud en los ejecutivos de una corporación que la visita de los funcionarios revisores de las superintendencias. El ambiente corporativo se vuelve hermético y cuidadoso. Se prohíbe dar más información de la necesaria, chismear en los pasillos y cuchichear en los servicios sanitarios. Sin romper el delicado balance de la ética, se invita a almorzar, se brindan pizzas y picapollos a esos funcionarios, tratando de sonsacar medias verdades o atisbos de sus conjeturas e informes en preparación.
Lo que se trata de evitar es que las autoridades conozcan las metidas de patas y los desaciertos corporativos. También que se multe en exceso, por violaciones diversas a procedimientos operacionales, y que en consecuencia las pólizas de seguros inscritas con los reaseguradores internacionales incrementen la prima el próximo año. Asimismo, se quiere evitar poner en blanco y negro el verdadero panorama próspero para pagar menos al fisco y mantener niveles menores de reserva, en forma de fondos congelados en el Banco Central, para así seguir operando con mayor liquidez.
La única otra condición que teme más una corporación financiera que a las visitas de un fiscalizador es una corrida de clientes, sea por rumor infundado o por realidad institucional. Es decir, que todos los depositantes o inversionistas, en un momento determinado, acudan en masa a retirar sus ahorros o cancelar sus valores accionarios. Estos casos eran frecuentes en la década pasada. En eso ya tenemos experiencia; todavía hasta trece años después los depositantes e inversionistas de los grupos financieros: Universal, Panamericano, Cibao, del Caribe, Banregión y Bancomercio, junto a un rosario de financieras mal administradas y pobremente reguladas, esperan sentados que paguen su culpa los ladrones, que después de robarles aún circulan impunes; así como la devolución por parte de las autoridades monetarias de sus devaluadas pertenencias.
¿Cuál es la moraleja que nos aplica en el caso Enron?
Todo el que grita es porque le duele, porque está sorprendido, tiene temor, o porque está muy contento.
El que se sienta aludido o vea su reflejo en el caso Enron que se revise. Entre ellas las corporaciones y empresas, localizadas en cualquier lugar del globo terráqueo, con abultada nómina extracurricular dentro de maletines negros que pasan de manos subrepticiamente en pasillos y ascensores. Los que flagrantemente llevan doble contabilidad, los que ignoran las normas prudenciales y los que aún crean grandes capitales suscribiendo acciones, previamente endosadas, a nombre de empleados, testaferros y familiares, para no perder el control administrativo de sus consorcios en franca oposición a las reglas que lo prohíben.
La diafanidad de los resultados de toda empresa o grupo de empresas es fundamental para aplicar los correctivos a tiempo, antes de que se desmoronen los palacios de cristal. Los funcionarios fiscalizadores y las empresas auditoras deben ser una y otra vez cuestionadas por otros férreos estamentos de control, de jerarquía mucho más elevada.
Oportuna y ágilmente deben ser castigados, poniéndolos en severos períodos de prueba, o dejando cesante sus operaciones, aquellos a los cuales se determine que actúan en contra de sus propios principios éticos de difusión pública objetiva y transparencia comercial.
Los depositantes e inversionistas deben tener su propio foro público, con representación legal presta y dispuesta, que actúe como coalición de defensa ante las administraciones deficientes que utilizan sus haberes para acrecentar los propios, usando la mecánica de creación de espejismos.
Evitemos con celo, con revisiones exhaustivas y mecanismos tecnológicos, que los clientes, depositantes e inversionistas de nuestras instituciones financieras vuelvan a ser víctimas del fraude público.
Las reputadas corporaciones financieras que son verdaderamente íntegras, prósperas y sólidas en nuestro país estoy seguro que entienden la importancia de transparentar el estado de sus negocios y de seguir estrictamente apegados a las reglas, que al final redundan en la continuidad de sus operaciones comerciales a través de las generaciones por venir y en la permanente fidelidad de sus clientes e inversionistas.
Hacer todo lo posible es poco, con tal de que no se repitan, por ausencia de controles y crasa venta de la ética profesional, los errores de décadas pasadas que ahora recién, abofeteándonos en la cara para despertarnos del letargo, nos lo hace recordar el caso Enron.
¿Cuáles son los métodos para lograr ese fraude público?
Pues la mentira, el maquillaje que algunos aplican periódicamente a los estados financieros, la manipulación de terceros, el engaño, la falsedad, los disfraces corporativos sustentados en el sistema mismo.
Enron, como corporación, vendía electricidad y gas natural, incluyendo sus canales de distribución correlacionados, bienes raíces, además de proveer servicios financieros y de administración de riesgos. Corporación asesora del gobierno norteamericano en materia energética, gran altruista, patrona de la artes y la cultura, llegó incluso a vender e instalar una planta energética (Smith-Enron), todavía en operación en nuestra comunidad de Puerto Plata. Suponemos que Smith le seguirá dando el mantenimiento periódico.
Para entender el caso Enron no hay mejor y más ilustrativo ejemplo que el siguiente:
Feudalismo: Usted tiene dos vacas. El señor feudal se apropia de algo de su leche, como tributo.
Fascismo: Usted tiene dos vacas. El gobierno incauta las dos, lo designa a usted como su cuidador y le vende a usted mismo la leche.
Comunismo: Usted tiene dos vacas. Su vecino le ayuda a cuidar de ellas y comparten la leche.
Totalitarismo: Usted tiene dos vacas. El gobierno las incauta y niega que hayan existido. A usted lo reclutan en el ejército. La leche se prohíbe.
Capitalismo: Usted tiene dos vacas. Vende una y compra un toro. El ganado se multiplica y la economía crece. Usted luego las vende y se retira a disfrutar de su vejez.
Capitalismo estilo Enron: Usted tiene dos vacas. Vende tres vacas a una de sus subsidiarias públicas, usando cartas de crédito abiertas por su cuñado en un banco relacionado, luego ejecuta un traspaso en una oferta conjunta con un asociado, de manera que le devuelvan sus cuatro vacas, con una exención impositiva por las cinco vacas. Los derechos sobre la leche producida por la seis vacas son transferidos vía un intermediario a una compañía creada bajo las leyes de las Islas Gran Caimán. Esa compañía es propiedad secreta y confidencial de uno de los accionistas principales, el cual vende de vuelta, con suculentos beneficios, el derecho de propiedad y usufructo de las siete vacas a la compañía pública original. El reporte anual de la corporación Enron indica que tienen en libros ocho vacas, con opción a una novena vaca, y que el futuro de los negocios no puede pintar mejor. |
 |
Más articulos
El caso Enron y los depositantes e inversionistas dominicanos
|
|
|
|
|
VISITE LA WEB DE LOS PERIÓDICOS
|
Hoy | El Nacional
|
Revistas Nacionales, S. A. | Santo Domingo, República Dominicana | Todos los Derechos Reservados
|
|