10 de Junio del 2002 • Edición número 1,258
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El caso Enron y los depositantes
e inversionistas dominicanos




Por Arambilet

¿Qué tiene que ver con nosotros y con nuestra realidad nacional lo que pase en una corporación norteamericana como la Enron, la cual generó cien billones de dólares en el 2000, y ahora, totalmente en quiebra, es sujeto de un mayúsculo escándalo financiero que deja a sus inversionistas y depositantes en la inopia y el desamparo?

Ese sería el cuestionamiento lógico del lector al observar el título de este análisis.

Pues mucho que ver, es la respuesta. La esencia es la misma, el fundamento no cambia.

Las diferencias son: el escenario geopolítico; el lugar donde se produce el escándalo; el efecto macroeconómico que produce; algunos detalles propios del desarrollo de una nación ultramoderna versus el paticojo subdesarrollo de los vulnerables países como el nuestro y los apellidos anglosajones de los actores, nada más. El resto aplica perfectamente.

Un país como Estados Unidos, que se precia por tener los controles financieros-tecnológicos más avanzados y férreos, en materia económica y de negocios, de repente se sorprende a sí mismo en un gran chasco. En lo que ha sido llamado, con mucha razón, el desastre comercial más importante de los últimos diez años.

El público cuestiona la honestidad del sagrado fundamento capitalista. La voz de los agredidos se escucha con enorme fuerza y sólo los conflictos paralelos del Oriente, con su cuota billonaria de misiles, amortiguan un poco el ensordecedor sonido del escándalo.

En esencia, estamos hablando de un fraude público y descarado. Un fraude tal, donde la confianza de los ciudadanos en sus instituciones financieras, en la reputación de sus estamentos fiscalizadores, en la supuesta imparcialidad y celo de los poderes del Estado, se va a pique.

Entonces, todo aquel inversionista o depositante que tiene una relación comercial sustentada en la confianza y solidez de una corporación, o institución nacional, debe verse reflejado en el azogue de ese espejo.

SE DECLARA EN QUIEBRA
La corporación Enron se declaró en quiebra el pasado 2 de diciembre, contando con 62.8 billones de dólares en activos, asentados en sus libros. La declaración de quiebra más grande en la historia de Estados Unidos, dejando pequeña, en comparación, la declaración de quiebra en el 1987 de Texaco, con 35.9 billones de activos en su haber al momento del desastre.

Muchos de los empleados de Enron habían invertido todos sus ahorros en la empresa, a insistencia de los asesores internos de personal, usando el dinero de sus famosos fondos de pensión (401k) para adquirir acciones que hoy en día no valen nada. Los empleados aducen que la compañía nunca les reveló sus deterioradas finanzas, a pesar de que los principales ejecutivos, conocedores de la situación, se deshacían a la carrera de sus propias acciones.

Veintinueve ejecutivos vendieron a tiempo 1.1 billones de dólares en acciones, admitiendo ahora que lo hacían conscientes de los problemas internos de la compañía en ese momento, manejando información privilegiada, exclusiva del directorio y la administración.

En el caso Enron los elementos humanos envueltos son los brokers, expertos en manipulación y venta de valores al público (que aquí todavía no tenemos, en el estricto sentido de la palabra, ya que nuestra Bolsa de Valores es una entelequia propiedad de los principales jugadores de nuestra economía que intercambian puro papel comercial como instrumento de estrategia temporal de negocios), también hablamos de auditores independientes sin moral ni ética, de figuras intrigantes tras bastidores y consultores interesados, con arraigada influencia política, así como funcionarios en puestos claves en los tres poderes del Estado.

¿Piensa que esta posibilidad no se puede repetir hoy en día en nuestro patio con cualquiera de nuestras instituciones financieras? Piense de nuevo.

¿Cómo lo hacen? ¿Cómo no se dan cuenta de la quiebra gradual los interesados o la autoridad fiscalizadora?

Pues porque a los recursos humanos de las corporaciones y empresas, que manejan la información financiera privilegiada, se les paga muy bien para que hagan su trabajo de esconder, o disimular magistralmente, los errores, los excesos y las negligencias que terminan provocando los desastres económicos. Son artistas expertos en transformar un paciente famélico, con cáncer terminal, en un rollizo bebé recién nacido.

En contraposición, algunos socios y ejecutivos de las compañías auditoras (el escándalo Enron implica a personal de la empresa auditora Arthur Andersen; específicamente a David Duncan, un socio principal con buen sueldo y bonificación en dólares), así como algunos funcionarios en las esferas exactas de decisión legislativa, y algunos funcionarios que laboran en las instituciones reguladoras están a la venta y tienen necesidades perentorias, como el resto de los mortales. Se puede llegar a su precio a cambio de hacerse de la vista gorda, eliminar o reducir multas y sanciones, o procurar el paso y promulgaciones de reformas, códigos, normas o leyes, a favor de intereses determinados. Eso completa el círculo.

La compañía de auditores Arthur Andersen, con 88 años de historia, la quinta firma de auditores más grande de Estados Unidos, espera en los próximos días los cargos que le harán los fiscales federales norteamericanos, mientras ya se preparan propuestas para ofertarse en venta al mejor postor.

Todas las compañías auditoras externas norteamericanas están en proceso interno de depuración de clientes y reportes públicos, además reforzando los códigos éticos y morales de su personal para evitar caer en el mismo error que su homóloga, en el caso Enron. Veinticuatro altos ejecutivos de Enron contribuyeron generosamente con la campaña de George Bush. Todo un pelotón de adeptos.

Debemos estar absolutamente claros en que si no hay contubernio entre partes fundamentales de un proceso humano, el cual es controlado desde que se inicia hasta que concluye, no debe, en esencia, haber desviación alguna, como tampoco eslabones desconocidos en su flujo funcional.

La realidad es que, sin excepción, las aventuras comerciales se basan en la ilusión de una operación empresarial que crece, se desarrolla, se transforma o muere.

Todos los empresarios tienen algo de ilusionistas y saben hacer su acto de balancear las pelotas en el aire muy bien. Venden bienes y servicios junto con falacias mercadológicas, publicitándose a veces tras descaradas mentiras, porque así lo demanda la competencia del sector. Para seguir creciendo se colocan disfraces corporativos, pagan peajes diversos y casi todos, con honrosas excepciones, utilizan recursos ajenos a bajo costo para acrecentar sus propios intereses empresariales o para acentuar su propio lucro personal.

Las víctimas: Los depositantes e inversionistas desprotegidos y mal informados.

¿Quién cuestiona uno a uno los lujos o excesos de los que manejan el dinero ajeno?

Los inversionistas no lo hacen mientras los dividendos sean, año tras año, iguales o mejores a lo esperado.

Los miembros de los consejos directivos no lo hacen mientras los intereses personales y comerciales correlacionados que representan se mantengan prosperando.

Los depositantes no lo hacen mientras reciban las magras migajas de las tasas pasivas, los leoninos préstamos sin los cuales no tendrían casa ni auto, y los beneficios de las rifas diversas que se hacen cada cierto tiempo para estimular el ahorro, con o sin libreta, percibiendo así la institución fondos baratos para luego prestarlos caros.

Los empleados de auditoria de esas empresas, en puestos medios y bajos, claro, no lo hacen porque los botan y para ser honestos, quisieran llegar a ser cuanto antes exitosos ejecutivos.

Quince miembros del Consejo de Directores de Enron, provenientes de cuatro continentes y representando casi todas las regiones de Estados Unidos, están siendo demandados en este momento o están frente a comités de investigadores, debatiendo su culpabilidad o su inocencia, por complicidad en el fraude.

Enron pagó bonos anuales a sus ejecutivos principales por un monto de 55 millones de dólares (montos individuales entre 5 millones y 375 mil dólares), poco antes de declararse en bancarrota. Un hecho totalmente inusitado, que sólo hace recordar el momento cuando las ratas abandonan un barco que se hunde.

Esto no incluye las flotillas de autos con chofer, los gastos de representación sin comprobantes, los pasajes de avión en primera clase, los hoteles cinco estrellas, las vacaciones pagas, los restaurantes de última, ni los servicios de seguridad para ejecutivos.


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