Un dominicano cerca de
María Félix
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Por Federico Suro
Conocí a María Félix en París en el 1983 y la vi por última vez en New York, en el 1989. En ese lapso de 6 años tuve una amistad bastante estrecha con ella, compartiendo ocasiones especiales tales como cenas formales y recepciones, al igual que momentos más sencillos como visitas a los anticuarios y galerías de arte. Estando tan cercano a ella pude escudriñar con facilidad los rasgos de su personalidad, llegando a descubrir lo complicado que era su carácter. Con gran frecuencia la visitaba tanto en su apartamento de Neuilly como en el hotel Regency de Park Avenue, donde se alojaba en la gran manzana.
Diva por excelencia y auténtica mexicana, La Doña fue adorada por su público. La mayoría de los que lograron acercarse a María Bonita la veneraban como una santa. Pero otros tenían diferentes reacciones: los que veían en ella a un monstruo sagrado que provocaba admiración y fascinación, y los que la calificaban simplemente de monstruo.
Su carácter fue cuidadosamente cultivado y desarrollado al través de los años. También llamada Puma, su estilo no era nada sencillo. Este famoso y complejo personaje, impredecible volcán de emociones, podía mentir y exagerar cuando creía conveniente hacerlo. Si algo le molestaba, simplemente se iba inmediatamente; cuando alguien no era de su agrado, no lo ocultaba; no tenía pelos en la lengua. Durante el rodaje de la película French Can Can de Jean Renoir, en el 1954 en Francia, casi mató a trompones y cachetadas a la segunda actriz Francoise Arnoul, quien por accidente le aruñó elrostro.
Su meta principal era lograr todo lo que deseaba y se proponía, de cualquier manera, sin presentar excusas ni pedir disculpas. A veces podía dar la impresión de ser una chiflada, una loca desmesurada, pero en realidad siempre estuvo muy cuerda, sabía mejor que nadie lo que estaba haciendo. Por supuesto, las reglas eran muy fáciles: todo tenía que estar a su disposición, en armonía completa con ella y con su entorno. María era, al menos así sentía, el centro del universo.
Ciertos artistas como Leonora Carrington y Chavez Marion la representaron como fiera salvaje y fuerza de la naturaleza. Uno de los videntes más destacados de Francia, Axel Benoit Le Mee, decía que María Félix era una bruja y que poseía poderes extraordinarios. Algunos, sobre todo aquéllos que no la conocían bien, trataban de hacer comparaciones y erróneamente veían en ella a una Greta Garbo o Marlene Dietrich latino-americana. En un obituario norteamericano hasta se refirieron a ella como la Marilyn Monroe mexicana.
La verdad es que la Félix no tenía absolutamente nada que ver con las arriba mencionadas, también eximias estrellas,
excepto en su talla. Sin ninguna duda María Félix era María Félix y punto. Tratar de compararla con otras divas es un error que demuestra ignorancia. Su estilo fue agudamente trazado y definido, tan propio de ella como el carácter de su patria.
AQUELLA NAVIDAD EN PARÍS
Mi primer contacto con la Félix se produjo a través de mi hermana Rosa, quien era muy amiga de ella. Al saber que María iba a pasar sola en París las fiestas de Navidad, mi hermana me pidió, desde New York, que la invitara a la cena que yo iba a dar en mi casa para un pequeño grupo de amistades. Cuando marqué el número telefónico se oyó una voz profunda que declamaba: ¡oui!. Al identificarme la voz me dijo: attendez, ne quittez pas, je vais vous passer Madame (espere, no se vaya, le voy a pasar a la Señora). En unos segundos la misma voz se transformaba en Madame y me hablaba en castellano. El rito era parte del teatro creado por ella: la supuesta criada Denise le había pasado el teléfono para que no pareciera que la Diva misma contestara. Así que eres el hermano de Rosita, me dijo después que me presenté, agregando: ¡Yo adoro a tu hermana!.
Me trató con gran cariño y simpatía; hablamos por un rato da varias cosas y la invité a mi cena navideña. Me dijo que le hubiese encantado asistir, pero que ya había hecho planes para cenar con una amiga en el Maxims. Pasaremos por tu casa después, me dijo.
Como mi amiga Olga Santos Alvarez y su madre Clementina también iban al Maxims esa misma noche antes de venir a mi fiesta, les sugerí que se encontraran con María y vinieran juntas a mi apartamento. Al llegar se produjo la crisis: al darse cuenta de que yo vivía en el cuarto piso de un antiguo inmueble en la calle Jean Jacques Rousseau, sin ascensor, María les dijo a mis amigas que le iba a ser imposible subir por las escaleras debido a un problema de artritis. Bajé enseguida, y a manera de broma me ofrecí para cargarla. Con una mirada de horror y un tono que ya había perdido la dulzura que escuché por el teléfono, me dijo: ¡no, absolutamente no!. Se despidió de una manera abrupta , añadiendo muy secamente: Hablaremos en otro momento.
A pesar del fracaso me quedé como un fan emocionado, celebrando la victoria de que la Doña, la máxima Diva, había venido desde el Maxims hasta mi humilde hogar. Nunca olvidaré la impresión de enfrentar por primera vez el legendario rostro de María Bonita en la penumbra de la entrada de mi edificio, ¡no en celuloide, sino en vivo, con fuego en sus ojos y una actitud altanera!
Unas semanas después, en una de las frecuentes visitas a París que hacían mi hermana y su marido, estuvimos cenando con María en La Tour Dargent. Aunque ya nos habíamos visto con cierta frecuencia, lanotaba aún algo distante: su cariño estaba estrictamente reservado para mi hermana y mi cuñado, dejándomelo saber claramente. Cuando cenábamos con ella íbamos a lugares de gran prestigio, como Anibal de Coconas, Le Grand Vefour, LOrangerie... A veces quedaba sentado directamente en frente de ella y la verdad es que era hipnotizante. La magia y el esplendor de su belleza habían quedado intactos, pese o no a cirugías. Solamente las manos delataban su edad.
Casi siempre la recogíamos en su apartamento en Neuilly, donde tomábamos una copa antes de salir. Su insólito hogar ya me era conocido a través de fotografías que habían aparecido en libros y revistas importantes dedicados a su estilo preferido, el Segundo Imperio o Napoleón III, equivalente francés del Victoriano de Inglaterra. Este estilo servía como fondo ideal para su imagen de diosa desenfrenada: recargado y lleno de detalles de fauna y flora, entre otras cosas; un escenario perfecto para la personalidad de la Félix. Su colección de arte decorativo era de primera. A ella sólo le interesaba coleccionar piezas dignas de los grandes museos, lo mejor de lo mejor.
Nunca olvidaré la primera vez que estuve en su casa. A pesar de la opulencia de cada pieza y su impresionante contenido, fue el baño lo que más me llamó la atención. Había sido decorado por su compañero Antoine Tzapoff, tan al estilo Segundo Imperio como la sala, dormitorio y el resto de la vivienda: repleto de detalles, era una caverna de Alí Babá. Buscando el inodoro me equivoqué y abrí la puerta que daba a su bidet. No podía dejar de contemplar este rincón tan íntimo de La Doña, todo nítido, organizado;toallas, frascos de shampoo y perfumes; su bata y pantuflas cuidadosamente colocadas en el pequeño espacio decorado por su amigo, que casi daba la impresión de ser un sitio religioso. Me preguntaba cuántas personas habrían visto el lugar de aseo de esa diosa del séptimo arte.
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