Rafael Peralta Romero
Los que siembran entre lágrimas
Los que siembran entre lágrimas, cantando van a segar. Los dominicanos concurrimos el pasado jueves a las urnas para elegir nuestras autoridades municipales y los miembros del Congreso Nacional. Soportamos calores y algunas horas de espera, pero libres de sobresaltos.
Quien haya caminado por algunos centros comerciales la víspera de las elecciones habrá comprobado que esta vez no hubo atestamiento en los mismos. No se vio gente nerviosa impulsada a aprovisionarse de alimentos, por lo que pudiera ocurrir. En el pasado, es de todos conocido, los compradores actuaban en los supermercados como pirañas hambrientas.
Los medios de comunicación registraron en cada caso la actitud voraz de la gente que compraba compelida por el por si acaso. Esta vez, este hecho no fue tema de noticia, pues no ocurrió. Queda expresado con ello que las elecciones se asientan como un proceso normal de la vida política dominicana.
El poeta León Felipe vaticinó alguna vez que un día, cuando los hombres sean libres, la política será una canción. La campaña electoral que precedió a las elecciones fue más que todo canción. Canción de mal gusto, en muchos casos, que se hizo sonar en poderosos amplificadores que nada bien hacen a la salud ni mucho menos contribuyen al entendimiento de los problemas nacionales. Pero, en todo caso, preferibles a la diatriba y al sonido de la pólvora.
Las elecciones congresionales y municipales de 1998 han marcado el más alto promedio de ausentismo de los votantes, con 47.3 por ciento. A la hora de escribir este artículo no se sabe el índice de abstención de las recién celebradas, aunque por lo visto el día de los comicios y lo escuchado previamente de algunas personas hemos apreciado que la ausencia de votantes sería considerable.
Muchos jóvenes, por ejemplo, se mostraron renuentes a ejercer el sufragio. Los muchachos y muchachas que hoy cuentan entre 18 y 25 años no sienten el grado de compromiso político y ciudadano que quienes con esas mismas edades vivimos las décadas tormentosas de los 60, 70 y hasta los 80.
Por suerte para ellos y para tranquilidad de los padres, las cosas han cambiado y los chicos disfrutan de una paz que no les exige dedicar mucho tiempo a cuestiones políticas. Algunas muchachas prefieren no votar a cambio de quedarse dormidas o realizando alguna tarea estudiantil.
Los varones no quieren coger sol ni lluvia. ¿Qué los ha desmotivado? Más bien, nada ni nadie los ha motivado. Algunos alegan --como uno de mis hijos-- que lo difícil no es votar, sino elegir. Y de inmediato saca a relucir la desconfianza en que los funcionarios elegidos vayan a resolver nada.
En cierto modo ellos tienen razón, pero creo que nuestros hijos pierden de vista el privilegio que significa acudir libremente a ejercer un derecho del que todos los pueblos no pueden disfrutar. Si la indiferencia electoral procediera de la población vieja y cansada, resultaría más fácil comprender y justificar el asunto, pues un signo del envejecimiento es no ver remedio para los males.
Todos vimos votando a ancianos que necesitaban auxilio para ello. En el futuro inmediato, tanto los líderes políticos como la Junta Central Electoral, a través de sus campañas educativas, deberán ocuparse un poco más de este segmento poblacional. Por igual, las universidades y escuelas secundarias habrán de prestarle un poco de atención a este asunto.
La principal responsabilidad, sin dudas, recae sobre el liderazgo político. De ellos más que de nadie depende que los jóvenes puedan creer en los políticos. Pero no estoy instando a abrumarlos con palabrerías, sino que los hechos de quienes manejan los asuntos públicos resulten provechosos y edificantes.
Igualmente, hay que ir pensando cómo aligerar el procedimiento electoral, a fin de que asuste menos a los electores. Esperar dos o tres horas en mi caso fueron cuatro- para ejercer el voto, en un recinto inadecuado, conlleva mucha templanza y deseo profundo de cumplir con esa responsabilidad.
El colegio cerrado fue un remedio práctico para prevenirnos de los traumas del pasado. No hay que apresurarse a eliminarlo, pero es pertinente una modificación que lo haga menos rígido y angustiante. El votante del futuro se tornará cada ve más exigente y susceptible.
A medida que madura la democracia se justifican menos los recelos y las camisas de fuerza. El colegio cerrado es esto último.
Avanza una nación que celebra elecciones absolutamente libres, sin sobresaltos ni nerviosismos. El jueves 16 algunos comentaristas de la televisión consideraron la salida del país del Presidente Mejía, en la misma fecha de las elecciones, como una prueba más de la adultez de nuestra democracia.
En el futuro cercano esos mismos comentaristas dejarán de señalar, en día de elecciones, que todo ha transcurrido en paz, sin incidentes, pues de tan rutinario no será noticia.
Así se cumple lo dicho por el Salmo: Los que siembran entre lágrimas, cantando van a segar. |

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