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El cuento:
pautas viejas para el tercer milenio

Por Rafael García Romero
El cuento tendrá igual destino en el transcurso del presente milenio, pero también me lo pregunto, ¿tendrá el cuento otro destino en el transcurso del presente milenio? Entre la multitud de páginas que he escrito para desarrollar la idea sobre el cuento recuerdo un trabajo que titulé La quebradura de la realidad y que figura a modo de último lance en el libro mío Los ídolos de Amorgos. Allí planteo que la primera dificultad con que se encuentra un escritor se halla a la hora de quebrar los tiempos, alternar con la realidad y sazonar personajes. Una vez lo consigue, necesitará trabajarla mediante modelos de contraste, la penetración psicológica, pero sobre todo apoyado en esa deflagración intuitiva, que lo lleva a la conexión empática con el lector.
La idea está planteada dándome a mí mismo las claves para hallar el punto crítico o de partida que da origen a una historia, cuento fábula o relato. El hallazgo fue sorprendente. El quid del asunto me llegó con una frase: El cuento nace en un punto donde la realidad se tuerce. Ahora, no fue fácil para mí llegar a esa conclusión, ver la torcedura, sobre todo si se trata de una grieta ínfima, leve, totalmente imperceptible.
El descubrimiento no fue nada, el trabajo está de ahí a escribir el cuento. La verdadera batalla empieza cuando uno se propone encontrar esa grieta, ¿quién me dijo a mí que la realidad se tuerce? O que tiene un punto de falla, una grieta tan leve que resulta imperceptible a los ojos.
El mundo, todo lo que uno ve en la vida, con la ayuda de los sentidos, tiene un reverso. Sí, se trata de otro mundo, inquietante y complejo, que uno también ve, pero sin la ayuda de los sentidos.
A la perla que hay en los hondones de la realidad, observé luego, no se llega tan fácilmente, y menos cuando ya se sabe que funciona a modo de vientre, de fuga, a modo de agujero tan pequeño que apenas permite que por él escape la sublimidad de la vida, el refucilo de la fantasía, los hilos invisibles que teje y armoniza la intuición para armar una red de nexos. Una quebradura decía entonces- que tal vez se produzca ajena a los latidos y los colores de la atención común, ajena a la vida cotidiana. Una quebradura que ya lleva tiempo ahí, derramándose, sin que nadie mire hacia el lugar y efectivamente ponga atención a lo que brota.
La otra verdad que planteo en La quebradura de la realidad es que no hay cuento sin batalla. La batalla aparece en el terreno de trabajo, pero se trata de una batalla difícil y fragorosa, para la que hay toda una etapa de preparación previa.
Una situación fantástica se pierde en la vorágine de la realidad cuando no se tiene una mirada educada. Nadie puede escribir un cuento si no tiene oficio en la mirada, ya que mirar, mirar como oficio, es una manera de penetrar a la maraña de una historia. Y el que mira y descubre ese punto donde la realidad se tuerce, también mira otras cosas colaterales: se ve a él, fuera de la historia, acercándose, tocándola, formando parte de ella como uno de sus protagonistas, como inventor de la historia, el gran acomodador de puestos, el escenógrafo maestro. O sencillamente, sabrá verse fuera del juego, al frente, con una conciencia suprema del poder, capaz de observar de manera simultánea todas las posibilidades y que sabe hacerlo, además, con tacto. Vale decir, con tiempo.
Un escritor sabe que llegó a ese punto de cultivo cuando se siente dueño y amo absoluto. Dueño del hecho, de su latido y crecimiento y proyección, que cuando ve la realidad también mira la quebradura y atrapa con su mirada todo lo que vomita su cauce.
EL REFERENTE
En esa etapa previa entra la lectura de cuentos y autores sugeridos. El referente era Juan Bosch y su narrativa. El canon Juan Bosch, el modelo: un puerto de partida y de llegada en la literatura moderna dominicana.
En la actualidad, quizá Juan Bosch no sea un modelo universalmente válido. Toda nuestra literatura se concentra en los espacios de la ciudad y sus habitantes, ¿qué motiva esa línea de trabajo?
La ciudad es un escenario todavía de estreno en la literatura de República Dominicana. Los habitantes de la ciudad entran en los cuentos, son los protagonistas; pero no llegan de manera caprichosa. No llegan porque a nuestros escritores se les ocurre. No. Ese fenómeno obedece a una razón lógica: son personajes que tienen su historia, vienen de los pueblos, de los campos más apartados de la República, de diferentes lugares y por distintos caminos. Vienen y se adueñan de la ciudad. O son personas que un día descubren la ciudad. En cierta forma son los relevos generacionales de los personajes que universalmente trabajó Juan Bosch. Sí, porque poco a poco, pero de manera permanente, Santo Domingo se vio invadida por los hijos de los hacendados y campesinos, que vienen a estudiar, a trabajar, que finalmente se establecen de manera definitiva en la ciudad.
En ese sentido, ¿hay razones para afirmar que somos herederos de Juan Bosch?
No. En ese sentido y de manera honesta creo que faltaría a la verdad si hablo de herencia. Una cosa no tiene que ver con la otra. Hay que verlo de esta forma: los personajes que trabajó Juan Bosch, que es un escritor de mediados del siglo pasado, marcan una forma de cuento que ya no se hace hoy, porque la literatura se nutre de la historia, pero no la copia. El cuento de la pasada y la presente décadas dio un salto generacional muy certero. El tiempo hizo un deslinde, ya que definió un espacio que no existía: la ciudad. En cuanto a Bosch, todavía se trata de una historia que atrae y lleva en su vientre la gente que en cierta forma hacen la ciudad de hoy, toda la ciudad de Santo Domingo que creció desde la segunda mitad del siglo pasado, ya que a la ciudad vinieron a vivir hacendados que pasan a ser empresarios, comerciantes; minifundistas que vendieron sus pequeñas parcelas, colonos en desgracia, peones sin tierra, braceros haitianos que escapan de los ingenios de azúcar. La ciudad está hecha y los personajes que se mueven en las calles son, en esa línea, parientes cercanos de los personajes de Juan Bosch, que como ya dijo Sergio Ramírez son parte de todo un universo tejido de costumbres ancestrales, supersticiones, códigos de honor, siempre en lucha con los excesos de la naturaleza, sequías o ríos desbordados. En la ciudad ese universo de Juan Bosch forma parte de los recuerdos, historias que se cuentan oralmente y vivieron los nuevos dueños de la ciudad con apoyo en las historias de abuelos y padres.
DESTINO DEL CUENTO
El cuento, como género, se abrirá a una diversidad singular y que sabrá tender puentes en la inquietante realidad del presente milenio, y quizá los escritores se verán animados a trabajar cuentos, en su inmensa mayoría, muy breves. Muchos apenas alcanzarán dos líneas de texto. El cuento, ya con las características que lo conocemos, pienso que deberá hacerle espacio a la música, pero sin disputarle ese gran espacio que tiene la música, las canciones, la balada, en la vida del hombre contemporáneo. El disco, el cidí, la música, las canciones, toda manifestación sonora melódica tiene hoy un gran ascenso en la vida del hombre. No hay forma de ver la vida moderna y sus manifestaciones ajena a la música. Todo lo invade la música. La música ha tomado el cine, los espacios laborales, la iglesia, pero a demás, una canción es el hijo alegre de la literatura, ya que una canción es una historia cantada, que llega con música a través de una voz agradable que la cuenta y la canta.
El destino del cuento a que yo apuesto será radicalmente distinto a ese que tuvo en el pasado milenio. No lo pregunto. Estoy seguro que así será y ya lo veremos en el transcurso del presente milenio; y pienso que será así porque ese destino lo sé ajeno a toda exigencia de forma y contenidos. La forma y el contenido ya también, a su tiempo, manejarán sus propios retos. |
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