13 de Mayo del 2002 • Edición número 1,254
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Acerca de partidismos




Por Jacinto Gimbernard Pellerano

En 1930, Ortega y Gasset publicó un artículo en La Nación de Buenos Aires, titulado: No ser hombre de partido.

Me llamó la atención especialmente, porque yo me considero no ser hombre de partido. Ortega se refiere a las gentes que se indignan porque una persona no se adscriba al partido al cual pertenecen, o a un partido diferente, pero que sean gente de partido, no individuos que pretenden situarse au-dessus de la melée –por encima del barullo- apartándose así de una acción grupal conveniente para su país.

Pero sucede que, tras la desaparición de aquella terrible maquinaria política que fue el Partido Dominicano del Generalísimo, al cual se estaba obligado a pertenecer, surgieron nuevos partidos con diversas tendencias y abundancia de ofertas. Todas buenas para el país. ¿Cuál escoger? Lo más sensato era aguardar por veracidades. Por hechos y no palabras.

Y resulta que los hechos nunca fueron los anunciados, los supuestamente pretendidos, los expresados tajantemente y con vibrante voz.

Dice Ortega en Partidismo e ideología, que “Es falso que la existencia de los partidos como tales haya sido normal entre los hombres. Más o menos, habrán existido siempre grupos combatientes, pero esto no quiere decir que fuesen ‘partidos’. Tal individuo formula y proclama un deseo latente en otros muchos; éstos se agrupan en torno a aquél y se inicia una lucha con el resto de la sociedad para obtener la satisfacción de aquel deseo. La lucha lleva a la victoria o a la derrota. Una y otra tienen el mismo efecto: disuelven el grupo combatiente y, con él, el grupo contrincante. Suprimidos ambos, la lucha se desvanece y la sociedad retorna a la convivencia pacífica y unitaria.”

Pero luego cambió el panorama. La lucha, la beligerancia, viene a ser la esencia misma del partido. Si no hay diferencias importantes, se inventan. Lo importante es combatir, y hasta tal punto la agresividad discrepante se hace motor, centro y razón de la actividad partidista, que no importa si los líderes, altos, medios o bajos no creen –en su fuero interno- en las cosas que dicen, denuncian u ofrecen.

Cada miembro de partido tiene puestas sus esperanzas de progreso personal en la solidez de esta superestructura que no está supuesta a morir, como sus líderes, algún día. La idea es perpetuar el partido. Si resulta útil, se hace aparecer al gran líder fallecido o físicamente ausente como un fantasma. Se dice seguir fielmente el pensamiento del líder carismático, ser su voz y su acción.

Pero no es así. Nuevas intenciones surgen con la avidez que se desata y se expande como una vigorosa enredadera tropical. Ya se sabe que lo que quiso hacer aquel líder no se pudo lograr. Nunca se logra exactamente lo que se desea. No obstante se quiere mantener el mismo discurso para garantizar la solidez de criterios del instrumento político. La oferta que le dio fuerza, que alentó esperanzas en las masas y que, en algunos instantes, funcionó bien.

El asunto es que la política resulta ser un negocio formidable. Mucha gente vive espléndidamente de ella sin haber trabajado nunca. Sólo se necesita crear un núcleo capaz de crecer hasta convertirse en un ente visible y creíble, y asentarse bien a la cabeza del mismo. Ya con seguidores, el personaje parece entrar en territorios divinos. Algo mágico lo rodea y nimba. Y el halo misterioso alcanza en cierta proporción a quienes forman parte del círculo íntimo.

El dinero, por distintos mecanismos, empieza a llegar. Primero como llovizna. Luego como torrencial aguacero.

Así puede uno explicarse las inversiones fabulosas que conllevan las campañas electorales. En todas partes.

Dinero trae dinero.

¿Serían mejores las cosas sin partidos políticos?

No creo.

Como escribía Verlaine: Le ver est dans le fruit. El gusano está en la fruta.

Son cosas del hombre. Y la mujer.


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