13 de Mayo del 2002 • Edición número 1,254
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Tujillo: la verdadera Historia de su Fatidico final
Las motivaciones
de los conspiradores





Por Etzel Báez

(1 de 4)
Ciudad Trujillo
(hoy Santo Domingo de Guzmán).

MARZO DE 1961
Avenida George
Washington (Malecón).

Al alba de ese día un grupo de vehículos corren por la avenida y se van disgregando. Se estacionan a bastante distancia unos de otros. Una camioneta Opel se lanza velozmente por la carretera y rápidamente un Buick la persigue. Un Land Rover, del ingenio azucarero Vicini, trata de interceptar la Opel negra y blanca en fuga y que esquiva a otra camioneta que le cierra el paso. Finalmente, la Opel frena de súbito para evitar el choque con el Land Rover. La camioneta, el Buick y el Land Rover cercan la Opel en operación de ataque.

Era una cálida mañana de marzo del 1961.
Un grupo de dominicanos se preparaba con el propósito de ajusticiar al tirano Rafael Leonidas Trujillo Molina, quien gobernaba la República Dominicana desde el 1930, cuando tomó por asalto la presidencia luego de dar un golpe de Estado al entonces presidente Horacio Vásquez. Ahora los ocupantes de los vehículos bajan y se reúnen a discutir el ensayo. El plan elegido era interceptar y eliminar a Trujillo. En ese ensayo estaban Juan Tomás Díaz, Antonio de la Maza, Manuel de Ovín Filpo (inmigrante español y agrónomo), Roberto Pastoriza, Salvador Estrella Sadhalá y Huáscar Tejeda.

Huáscar: Definitivamente debemos tener un carro más rápido.

Juan Tomás Díaz: ¿Qué te pareció, Antonio?

Antonio de la Maza calla un instante, mirándolos a todos. Y entonces habla con firmeza y determinación.

Antonio de la Maza: Sí, carros potentes, nuevos. No podemos fallar. Todo lo que sea necesario para eliminar de una vez y por todas a ese bastardo.

Los conjurados de mayo del 1961 no fueron los primeros en conspirar contra la dictadura de Trujillo. Ya en junio del 1959 valientes patriotas llegaron al país por aire y mar, iniciando una batalla desigual contra las fuerzas del tirano.

Muchos murieron en las montañas de Constanza, de Maimón y en la playa de Estero Hondo. Los jóvenes que fueron presos murieron torturados por los esbirros del tirano. Al final, sólo cinco sobrevivieron, dos de ellos cubanos (vivo está el héroe nacional Delio Gómez Ochoa).

Algunos jóvenes criados al amparo del trujillismo, intentaron salvar a algunos compatriotas. Huáscar Tejeda, junto con su esposa, trató de convencer a funcionários del regimen y habló con Modesto Díaz, presidente del Partido Dominicano, única institución política de la época.

1959 Casa de Modesto Díaz
Huáscar Tejeda llegó a casa de Modesto Díaz en compañía de su mujer Lindín.

Huáscar: Modesto, tú y tu hermano Juan Tomás pueden salvar a esos muchachos. Debemos ayudarlos. Trujillo los matará a todos.
Modesto lo para en seco.

Modesto Díaz: Mira Huáscar, ese es un asunto muy peligroso. Ten mucho cuidado con quien tú hablas de esto. Una cosa es acabar con Trujillo, pero… no creo que esos sediciosos deban ganar. No te preocupes por esos comunistas y concéntrate en tu trabajo.

Ya en la calle
Huáscar se dispone a salir de la casa de Modesto. Lindín, su esposa, lo ha estado esperando en el carro.

Lindín: Huáscar, ¿y qué te dijo Modesto?

Huáscar: Qué va… No puede hacer nada, hasta él está en desgracia. Todos esos muchachos van a morir. Oye Lindín, estoy harto de esta vaina. Si Trujillo no fuera tan abusador las cosas estarían de lo más bien.

Casa de Juan Tomás Díaz
Los hermanos Díaz entran a la casa de Juan Tomás visiblemente malhumorados. Fuman persistentemente. En el trayecto del Palacio a la casa no abrieron la boca. Pero ya en la casa dan riendas sueltas a sus reacciones ante la humillación.

Juan Tomás: Está bueno de aguantar vainas… Yo no sé lo que tú vas a hacer, pero yo sí sé lo que voy a hacer, yo sí sé…

Modesto: Hay que hablar con Antonio de la Maza, te lo he dicho mil veces. Acuérdate lo que sufre con el asesinato de su hermano Tavito.

Juan Tomás: El Jefe que se cuide del mocano ése. Ahí la sangre pesa más que el dinero, por más que le den contratas del gobierno para comprarlo… No señor, los De la Maza se la van a cobrar a Trujillo.

Palacio presidencial
Antonio de la Maza llega al despacho de Trujillo, quien lo saluda con un abrazo.

Antonio fue oficial del ejército y dado de baja por caprichos del tirano. Pero su resentimiento y odio contra éste se originan en la muerte de su hermano Octavio, alias “Tavito”, y quien había sido acusado de la muerte del piloto norteamericano Lester Gerald Murphy, que había traído al país al intelectual español Jesús de Galíndez, y quien luego de ser secretario de Trujillo abandonó el cargo refugiándose en Estados Unidos, donde organizó una campaña contra el régimen trujillista. Secuestrado en territorio norteamericano fue traído a los pies de Trujillo, quien lo torturó hasta la muerte.

Trujillo: Antonio, te mandé a llamar porque necesito que tú te encargues de la construcción de la carretera que va de Loma de Cabrera a Restauración… Antonio cierra los ojos, muerde fuertemente y los músculos de la cara quedan tensos, traga y siente el beneficio de la contrata como un veneno que cae en su corazón lacerado por la pérdida de su hermano a manos del dueño de aquellas palabras. Disimula, pues ya en su cabeza anda la respuesta ante tantas indignidades.

Trujillo: A propósito, quiero recordarte lo de Tavito, un oficial ejemplar, meritorio. Ah, cuántos chismes, todavía hay gente que piensa en que la Policía tuvo que ver en su muerte.

Antonio vuelve la cabeza hacia arriba, en sus adentros pide a Dios que lo ilumine. No sabe de dónde viene una mueca que se convierte en una sonrisa y logra dar una respuesta.

Antonio: Nosotros no le estamos diciendo, ni tampoco lo estamos pensando…

Trujillo extiende la mano hacia Antonio.

Trujillo: Mira, aquí tienes un cheque para que comiences a trabajar.

Carretera Duarte,próximo a Santiago
Antonio de la Maza se encuentra con Angel Severo Cabral, quien albergaba la misma actitud conspirativa contra Trujillo. Conversaban sobre Miguel Angel Báez Díaz, primo de Juan Tomás y Modesto Díaz, quien era uno de los hombres del gabinete de Trujillo, pero que se había sumado a las actividades conspirativas.

Repasaban nombres como el de Salvador Estrella Sadhalá, hijo del general Piro Estrella, muy amigo de Antonio de la Maza, también sumado a los planes contra Trujillo.

Antonio: ¡Qué barbaridad! Fíjate lo que le hicieron a las hermanas Mirabal. Un crimen asqueroso. A este loco ya le cogió con matar mujeres.

Sadhalá: Trujillo hace mucho tiempo que se pasó de la raya, no oye a nadie, hace lo que le da la gana. Ni la Iglesia se salva. Reniega del Concordato que él mismo firmó con la Iglesia Católica. Esa Carta Pastoral cortó la luna de miel…

Las masacres del regimen trujillista contra los héroes de junio del 1959, contra los del Movimiento 14 de Junio y el asesinato de las hermanas Mirabal fueron hechos que pesaron para que la Iglesia Católica, profundamente dolida, dirigiera un mensaje de protesta y clemencia, la Carta Pastoral del Episcopado Dominicano.

Antonio: ¡Tenemos que hacer algo para acabar con ese loco!

Sadhalá: Se está pensando en eso. A propósito, tengo otro amigo para esto, él tiene un hermano condenado a 20 años, ese es otro preso de Trujillo.

Antonio: ¿Quién es? El amigo mío se llama Antonio Imbert Barrera y el hermano preso se llama Segundo.

Antonio: Ese Imbert Barrera, sí lo recuerdo, trabajó en la Cédula y fue gobernador de Puerto Plata cuando la invasion del 49.

Sadhalá: Anjá, ese mismo. Desde aquella vez, no sé si tú te acuerdas que hubo una confusion y muchos de los invasores quedaron vivos, entre ellos Horacio Ornes.

Antonio: Sí, me acuerdo de todo eso. También me habías hablado del teniente García Guerrero.

Sadhalá: Ah, sí. Amadito, tan buen oficial, buena persona, pasa por una penosa situación y está terriblemente disgustado, él y muchos jóvenes oficiales.

Cuartel del SIM
El teniente Amado García Guerrero era miembro del Cuerpo de Ayudantes Militares de Trujillo, era uno de los pocos oficiales escoltas del tirano. Por esa condición era vigilado. En cierta ocasión, por sospecha, se le puso a prueba de lealtad por el Jefe, cumpliendo órdenes se presentó al despacho del jefe del SIM, el temible asesino Johnny Abbes, quien personalmente lo mandó a matar a un jovencito que era prisionero del regimen.

El muchacho permanecía sentado en una silla, terriblemente golpeado. En la habitación sólo estaban Abbes, Amadito y el prisionero.

Johnny Abbes: Teniente, aquí sabemos que usted anda medio disgustado con el Jefe.

Tte. Amado: No. Yo lo que estoy es inconforme con que el ejército no me haya dado permiso de casarme con mi novia. Usted también se sentiría así. ¿No?

Johnny Abbes: No, porque la mía no es familia de enemigos de Trujillo. Y quien es amigo de los enemigos del Jefe es un conspirador. Usted está aquí para probar su lealtad. Termine.

Amadito está tenso, la respiración se va haciendo corta. Lanza una dura mirada al siniestro Abbes, quien levanta la cabeza, lo mira con el rabillo del ojo y lentamente baja el rostro dirigiendo su funesta mirada al prisionero, recalcándole en ese gesto la orden de matar. Ahora espera la ejecución a manos del confundido oficial. El joven condenado comienza a sentir su tragedia, intenta hablar y solamente le salen suspiros, sólo eso se escucha en la habitación. En cuestión de segundos, el ruido característico de una pistola al ser sobada corta el gemido del muchado y una bala disparada rompe aquella joven vida con un tiro a la cabeza. Amadito guarda su arma de reglamento, y en ese instante siente que su paz desaparece. Su mirada no es la misma, está perdida. Oye una voz que le dice que se vaya, pero no se mueve y la voz insiste.

Johnny Abbes: Teniente, le dije que ya se podía marchar, váyase. Preséntese ante sus superiores. ¡Teniente, carajo!

Abbes lo agarra por un brazo para sacarlo de su despacho. Amadito hace un movimiento brusco y se suelta. Sus miradas chocan y el temible asesino siente que aquel joven oficial está alterado, por lo que cambia de táctica.

Johnny Abbes: Por favor, teniente…

Amadito sale del despacho, va aumentando el paso hasta salir finalmente del edificio que alberga al SIM. Quisiera gritar, se contiene y finalmente sentencia.

Amadito: Juro, aunque sea lo último que haga en mi vida, Dios perdóname, no soy asesino… Qué han hecho conmigo, Virgen de la Altagracia, maté, maté, Dios del cielo, ayúdame… Yo sé, eso es lo que haré. Voy a usar la próxima bala para terminar con ese criminal. Trujillo, te lo juro…

Casa de Juan Tomás Díaz
Reunión conspirativa. Junto a Juan Tomás están Amadito y Pedro Livio Cedeño, también oficial del régimen caído en desgracia por sospechas del tirano.

Pedro Livio: Juan Tomás, tú sabes mi posición con relación a Trujillo. Ese mierda está jodiéndonos a todos.

Amadito: Fifí Pastoriza piensa lo mismo.

Pedro Livio: ¿Ese no es Roberto…?

Juan Tomás: Sí. Roberto Pastoriza y Huáscar Tejeda ya están con nosotros.

Pedro Livio: ¡Ah, caramba! Pero a ellos les dieron varias obras del gobierno. Coño, aquí hay mucha gente disgustada…

Juan Tomás: Te digo que esos dos ingenieros no están ciegos. Y están dispuestos a jugársela.

Pedro Livio: Eso mismo, gente con cojones para acabar con esta vaina. Ah, y me enteré que también se sumó a nosotros Imbert Barrera. ¿Qué tú vas a hacer con él Juan Tomás?

Juan Tomás: No sé, de eso que se ocupe Antonio, talvez vaya en el grupo de acción, pero no es seguro.

Ante la respuesta Amadito y Pedro Livio se miraron, luego advierten que Juan Tomás está pensativo y tratan de cambiar el tema.

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