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Rafael Peralta Romero
Crónica de los engaños menores
Un casi anciano, escaso de carnes, carifresco y suelto de palabras, se presenta a un taller de reparación de vehículos. Lleva un ensarte de chucherías para vender, pero como se encuentra con un público masculino sólo promueve uno de sus artículos. El nuevo chinito, dice mientras lo muestra. Es un producto en latica, como las de las pomadas baratas para salpullidos y eczemas.
La particularidad de aquel producto es que el envase es de color rojo y la tapa tiene impresos unos caracteres mandarines en medio de los cuales aparece una palabra en español: chinito. Es presuntamente el nombre del bálsamo, vendido para hombres que quieran extender el acto sexual, retardando la eyaculación. Durante años a un producto con este nombre se le ha atribuido ese poder excepcional para dar pelas de sexo.
El producto original se comerciaba en frascos pequeños, como el de los perfumes. Lo que vendía el viejo descarnado y descarado era un ungüento elaborado para otro tipo de dolencias, con fragancia de canela, rojo, vendido con una marca que recuerda a los pobladores originales del Perú.
Andamos entre engaños y engañadores. Pero este artículo no se va a ocupar de las estafas políticas, de engaños financieros o de trampas para vender solares en la luna. He preferido una reflexión sobre las burlas que envuelven sumas pequeñas, pero que han costado un esfuerzo a quienes las idean o practican.
Los timos tienen carácter de clase. Los niños ricos pueden ejercer un fraude con tarjetas de crédito o una transacción vía Internet, en tanto los pobres preparan una lata de carbón coronada con pedazos grandes, mientras que en el fondo sólo cisco se ha de encontrar. Es un engaño de pobres para pobres.
Para menos pobres es la burla de quienes falsifican whisky ligándolo con agua de azúcar o el de los que recogen restos de cervezas, dejadas en el vaso o en la botella por consumidores, para sellarle la tapa y ofrecerla como nueva. De seguro que a alguien encuentran para realizar su plan.
Cada día sale un tonto a la calle, es un decir repetido y con mucho de verdad. Pero reitero, cada engaño tiene su gente. Un individuo entra a un colmado con el apuro de que le cambien un fracatán supuestamente premiado con doscientos pesos, pero con apariencia de que el premio es de dos mil. Debido a su urgencia él quiere ciento ochenta pesos, en tanto que quien recibe el boleto piensa que el sujeto no se fijó en que el valor real era dos mil pesos. Lo paga apresurado y luego se entera que no había ningún premio. El burlador iba lejos.
Verdadera gitanería fue la que viví en una farmacia cuando un tipo entró con un billete de cien dólares, de noche, y rogó para que se le vendiera leche para un recién nacido. No cambiamos dólares, se le dijo, pero el hombre persistió hasta conmover. Se le dio la treta, aunque la leche no le sirviera para nada, la devuelta en pesos legítimos, a cambio de dólares falsos, sí le sirvió.
Las aulas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo son escenarios frecuentes de embaucadores que apelan a la sensibilidad estudiantil en busca de ayuda para un fin. Desde hace tres décadas conozco esa situación. Pero nunca había visto un discurso tan bien articulado, argumentos tan bien expuestos como el del hombre que anda diciendo que padece el SIDA y pide auxilio para el tratamiento. Algunos engaños artificiosos, con apariencia de verdad, ya hieden de viejo. El célebre caso del individuo que se encuentra un anillo en la calle y quiere venderlo, pedir para un hijo enfermo, los que se montan en los carros públicos y reclaman devuelta sin haber pagado.
Hace un par de años un individuo de apariencia miseriosa y conducta miserable me detuvo en la calle Vicente Noble para ofrecerme dos gomas de carro que lucían en magnífico estado. El precio era para adquirirlas, aun sin haber salido a comprar. Cuando el gomero trató de montarlas me dijo las compraste en la calle. Eran sólo apariencia. El sujeto cambió de esquina y siguió en su tarea.
Que el limpiabotas no ponga suficiente betún a los zapatos, que un sastre los hay- cambie una tela por otra de menor calidad o que un pulpero mezcle aceite de oliva con uno más barato son realidades indiscutibles. Engaños que no producen mayores daños a las víctimas, pero engaños al fin. Engaños entre pobres. Los ricos engañan cuando disminuyen la calidad sus productos o los venden fuera del precio justo. No quiero hablar de tarjetas de crédito porque me saldría del tema, pero me choca el pequeño problema que ocasionan los bancos a sus clientes en negociaciones que envuelven fracciones de dólares. El banco no devuelve ni recibe divisa norteamericana en metálico. Me parece un engaño, aunque pequeño.
Hay más que decir, pero falta espacio. |

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