8 de Abril del 2002 • Edición número 1,249
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Guillermo Moreno
Los partidos tradicionales


El sistema político dominicano está dominado por los partidos políticos. No se trata de un invento nacional, sino que ésta es la forma como la democracia representativa se ha hecho viable.

Sin partidos políticos hoy día no es concebible la democracia. Pero no siempre fue así. Los partidos políticos son un producto de la evolución de la democracia. En el proceso, los partidos han experimentado significativas modificaciones.

En un principio, más que de partidos, se trataba de grupos de partidarios de una persona o de un líder. También se desarrollaron partidarios de concepciones políticas, que se sintetizaban en programas políticos. El comité de partidarios, con el tiempo, se transformó en estructuras complejas manejadas por verdaderas burocracias y políticos profesionales.

Los partidos terminaron modelando la forma actual de la democracia representativa. De mediaciones para canalizar la soberanía popular los partidos se han convertido en los actores determinantes de la democracia representativa. Adquirieron el monopolio de la representación popular:

Sólo los partidos pueden postular candidatos a cargos electivos de entre los cuales se eligen los representantes y gobernantes.

Convertida la democracia representativa en democracia electoral, que reduce la soberanía popular a los escasos segundos en que se ejerce el sufragio cada cuatro años, los partidos se han convertido en verdaderas maquinarias electorales. El objetivo de los grupos internos y externos que inciden en los partidos es lograr que sus candidatos sean legitimados en los procesos electorales, para lo cual todo parece ser válido, con tal de hacerse del gobierno y el control de las distintas instituciones y funciones públicas.

Los partidos y candidatos se valen del clientelismo, la demagogia, las componendas, la simulación, la corrupción, de dinero de cualquier origen, con tal de ser electos.

Los partidos no sólo han participado en el diseño de la forma que presenta el actual sistema político y de desenvolvimiento de la democracia representativa, sino que son su principal sostén. Así, todo cambio o reforma tendente a modificar su protagonismo o a reducir el control de las cúpulas sobre las bases y los electores son impedidas o dificultadas desde las instituciones públicas que controlan. Se ha hecho característico que la ampliación de la democracia se produzca en una tensión entre partidos versus ciudadanía.

Los partidos tradicionales son aquellos que en su práctica reproducen y mantienen el funcionamiento de la democracia representativa, anclada en tres elementos característicos: El monopolio de los partidos sobre la representación popular, el control de las cúpulas partidarias sobre las instituciones y los representantes, y la dinámica y lógica corrupta que alimenta el funcionamiento del sistema político.

Visto así, el concepto de partido tradicional no alude tanto a si se trata de una organización vieja o nueva, de si es grande o pequeña, de si es de derecha o de izquierda, sino a la actitud que asume, fundamentalmente, frente al ejercicio de la democracia.

El partido no-tradicional sería aquel que asume como tarea histórica devolverle a los ciudadanos el ejercicio permanente de su soberanía. Que tiene por objetivo crear un sistema de control social directo sobre gobernantes y representantes, y no sólo el control inter-poderes, que obligue a aquellos a la transparencia y a la rendición de cuentas, incluyendo la capacidad de revocación del mandato. Además, tendría que desenvolver su práctica política con total transparencia en la financiación de sus actividades.

Lo que permite identificar al partido tradicional no es tanto su discurso (ellos acostumbran a decir lo que la gente quiere escuchar), sino su práctica política. Si una agrupación política no asume la participación democrática como método de decisión, si se presta a las componendas y acuerdos de aposento, si fomenta el autoritarismo, el verticalismo, el clientelismo, la demagogia o el populismo; si permite a sus dirigentes enriquecerse fruto de la corrupción o del dinero mal habido, si no es transparente en la financiación; si se desenvuelve así, no importa el discurso que enarbole esa agrupación, ni a nombre de qué promesas de cambio trate de justificar sus actuaciones. Se trata de un partido tradicional y su ascenso al gobierno significará la reproducción y profundización de los males que dice va a solucionar. En el partido tradicional el fin justifica los medios.

Antes de llegar al poder dicen que todo es válido porque lo importante es llegar al gobierno. Luego se dirá que lo importante es mantenerse o reelegirse. Al final resultará que es necesario acumular algunas reservas para resistir cuando se aproxime el ascenso de la oposición al gobierno.

Enmarañados en su propia lógica de reproducción los partidos tradicionales no tienen posibilidad alguna de transformarse a sí mismos. La renovación de la democracia y del sistema político dominicano tendrá que producirse en ruptura y en independencia de los partidos tradicionales. Hay claras manifestaciones en la sociedad dominicana de que, desde hace un tiempo, se ha iniciado un proceso de acumulación y confluencia de nuevas concepciones democráticas y de nuevas prácticas y nuevos liderazgos, que tienen por misión desmontar el actual sistema político dominado por los partidos tradicionales.



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