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Evocaciones de Semana Mayor
y las compuertas de la sensibilidad

Por Jacinto Gimbernard Pellerano
Ciertamente, es posible cerrar las compuertas de la sensibilidad. Y me refiero a cerrarlas a cal y canto, es decir, herméticamente, de manera muy segura. Hay quienes consideran beneficiosa tal acción porque, según ellos, se sufre menos siendo insensible.
¿Pero es eso sensato?
Me parece a mí una insensatez como la de quien renunciase a disfrutar plenamente el sabor de la comida para no echarla de menos cuando carezca de sabrosos alimentos.
Tengo la impresión de que mucha gente huye de las sensibilidades misteriosas que puede generar la Semana Santa, si uno se lo permite. Se asoma una remota responsabilidad por lo inconsecuente que ha sido la humanidad con el atroz sacrificio de aquel nazareno trascendental que, ya hace más de veinte siglos o 21, la exacta fecha no tiene importancia-- se sometió a torturas que culminaron en la crucifixión, predicando amor y paz, sin espada flamígera ni la vengativa actitud que esperaban los judíos, sometidos al yugo de Roma.
Me he investigado muchas veces sobre el misterio de la Semana Mayor.
Habiendo estudiado historia, sabedor de las deformaciones que otorgamos a los hechos realidad que he comprobado en tiempos relativamente recientes-- me pregunto ¿qué pudo haber sucedido en aquella semana de sufrimiento de Cristo, que no importa cuánto la muevan, conforme a las fases de la luna, nos impacta siempre, sin que importe si buscamos y encontramos evasivas?
Me parecía muy normal que me afectase aquí, en la capital dominicana, con su rosario de viejos templos, habiendo heredado un sentido trágico de esa Semana, que una vez había sido horrible para mi padre y mis tías, dado que mi abuela, que era la fuerza de la familia, murió de pulmonía un atardecer de Miércoles Santo y marcó una tristeza insuperable por su falta y por las miserias extremas con que hubo que enfrentar la situación.
Es que la Semana Santa me afecta por igual en New York, París o Barahona.
La Pasión de Cristo vuelve a suceder, y me duelo de los resultados.
Se trata de una sensación tan poderosa, que una vez mi padre, ya ciego de cataratas que se negaba a hacerse operar, venía siguiendo con la participación de obreros capaces de leerle, una serie de artículos filosóficos que yo publicaba en el Listín Diario. Al llegar la Semana Santa escribí, inevitablemente, un artículo que rompió la serie. Cuando lo saludé, a mi llegada, me dijo furioso:
--¿Qué vaina es esa que escribiste hoy sobre la luna de Semana Santa cuando estabas escribiendo tan bien, y ahora sales con esa pendejada?.
Apenas pude decir: Eso fue lo que me salió.
--Pues hay que tener cuidado agregó huraño y desmesuradamente molesto.
Luego he pensado ¿esas tristezas que yo siento en la Semana Mayor son las mismas a las cuales él le había huido? ¿Le había yo removido un atroz cuchillo en una vieja herida horrenda, que él quería que se esfumara en el olvido?
No puedo olvidar la frase de Hamlet, cuando le dice a su amigo Horacio que Entre el cielo y la tierra hay mucho más de lo que ha soñado tu filosofía.
No sabemos nada. Apenas intuimos que formamos parte de un todo, y que todo, en el todo, es importante, sin que cuenten dimensiones: moléculas, hormigas o planetas.
Lo he manifestado otras veces: La crucifixión era un castigo común en aquellos tiempos, traía la euforia popular ante una actividad que rompía la monotonía de la vida diaria y no dejaba espacio a inquietudes acerca de inocencias o culpabilidades de los condenados. Era un espectáculo, y no tan entusiasmante como las luchas de gladiadores o los empalamientos multitudinarios de enemigos de Roma, o el verlos arder como antorchas en las noches de aquel Centro del Mundo.
¿Por qué hoy tenemos tan en cuenta, aunque lo evitemos, una crucifixión más entre miles llevadas a cabo en aquellos remotos tiempos? ¿El castigo cruel a un inocente ha sido alguna vez tan importante?
¿No sigue sucediendo a menudo en nuestros días y apenas comentamos: ¡Qué barbaridad! y nos olvidamos del asunto?
La Semana Mayor envuelve un misterio.
Aun para los escépticos Cristo es un enigma.
No existe habilidad política capaz de mantener un mito, sobre todo cuando han existido tantos Papas indignos y una Iglesia no siempre digna y fiel.
Cristo es una realidad. La Semana Santa, también.
Pedro Machuca. El Descendimiento. Museo del Prado, Madrid. |
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