25 de Marzo del 2002 • Edición número 1,247
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Rosa Montero
La moda es el opio del pueblo


Llega Karzai, el presidente de Afganistán, a Estados Unidos, y toda la sociedad se rinde a sus pies. Se ha convertido en el hombre de moda porque a los occidentales nos parece elegante y exótico. Nos pirramos por su gorro de astracán, bárbaro y refinado al mismo tiempo, y por sus extrañas capas de color aceituna, que le hacen parecer un distinguido alienígena salido de La guerra de las galaxias. Su estilo periférico es hoy el último grito en Nueva York, de la misma manera que los antiguos romanos copiaron la moda de la barba de los remotos íberos. Y es que los imperios siempre se solazan adoptando el pintoresquismo de sus confines: cuanto más distantes, más grandioso el imperio.

Da igual la exorbitante cantidad de sufrimiento que se ha vivido y se vive en Afganistán: hemos dado el tema por cerrado y ahora lo digerimos con un satisfecho eructo en su aspecto más superficial. Y así, lo que hoy nos interesa es que los gorros cónicos de astracán pueden ser ultra-fashion, además de muy calentitos en el crudo invierno. Es verdad que, de cuando en cuando, algún pequeño incidente irrelevante (como, por ejemplo, la muerte por linchamiento, en el aeropuerto de Kabul del ministro afgano de Turismo) o alguna información fastidiosa y minúscula (como el hecho de que Asia Central posea el 40% de las reservas mundiales de gas natural; que la petrolera norteamericana Unocal haya proyectado un gasoducto a través de Afganistán, y que Karzai trabajara durante los años noventa para Unocal), ensombrecen un poco el apolíneo y confortable atractivo del nuevo Presidente afgano. Pero todo eso importa poco cuando uno está verdaderamente decidido a domesticar el horror y transmutarlo en un artefacto inofensivo. ¿Y qué mejor estrategia que traducirlo a la moda, que es el disfraz social por excelencia?

De hecho, este proceso de desvirtuación de los conflictos por parte de la moda es algo bastante común. Ahí tenemos, por ejemplo, el auge de la moda pobre, que, como todo el mundo sabe, consiste en unos vestiditos carísimos, pero basados en los harapos de los vagabundos, o sea, en el hambre y el dolor de los desheredados. Hay algo perverso en esa apropiación vampírica del aspecto de los marginados, en esa copia de su mugre pero sin mugre. Más que un sucedáneo es una traición.

No deja de asombrarme el enorme lugar que está adquiriendo la moda en el mundo occidental. De nuestras ciudades desaparecen poco a poco las pequeñas tiendas tradicionales, devoradas por las grandes superficies, y los locales vuelven a reabrir transformados en tiendas de ropa. Dentro de poco en las calles no habrá más que bancos, bares y boutiques. La ropa, y el culto a la ropa, y el consumo frenético de esa cosa intangible que se llama moda, se ha convertido en una especie de epidemia. En un libro verdaderamente delicioso, pese a su horrendo título (Tibet, mon amour, de Kate Karko, Mondadori), la autora, una británica que se casó con un nómada tibetano, cuenta cómo, a la llegada al campamento de sus parientes, sus sobrinos políticos se rieron de ella al ver que traía ocho mudas de ropa interior para seis meses. Repito: Kate llevó ocho bragas para medio año, y su nueva familia consideró que era una cantidad desmesurada. Dejando aparte que los parámetros higiénicos entre los tibetanos y Kate debían variar bastante, lo que no cabe duda es que su sentido de la posesión es la antítesis del nuestro. Un nómada ha de vivir ligero; por consiguiente, cada objeto tiene un valor excepcional y está cargado de sentido.

Nuestra sociedad de consumo, en cambio, destruye el sentido de las cosas. Somos como la antítesis del rey Midas: convertimos en basura lo que tocamos. Los objetos están hechos para ser comprados; sólo existen plenamente en el momento de su adquisición, y luego derivan con rapidez hacia el limbo de lo superfluo. Lo sé porque yo también padezco la fiebre consumista: compramos y compramos (compro y compro) con compulsión bulímica. Y cuanto menos valor real damos a nuestros objetos, menos nos valoramos a nosotros mismos. La ropa, en fin, es la guinda de esta tarta de ansiedad: tan fácil de adquirir y de tirar (hay moda para todos los bolsillos), tan rápida de cambiar, tan aparente pero tan sin sentido. La moda es el nuevo opio del pueblo. Una envoltura vertiginosa con la que ocultamos el vacío.



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