25 de Marzo del 2002 • Edición número 1,247
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Rafael Peralta Romero
Retórica mujerista


Como cada año, el pasado ocho de marzo los medios de comunicación social fueron copados con una multitud de mensajes, crónicas, reportajes y entrevistas referentes al día internacional de la mujer. Y como en el pasado, todavía la oportunidad es aprovechada por algunas mujeres para expresar sus frustraciones y amarguras junto al discurso de presunta defensa de los derechos femeninos.

Escuché a alguna intelectual declarar olímpicamente, en un programa de televisión, que los hombres reclamamos la posesión de las mujeres como si se tratase de cosas. Creo que las mujeres que prefieren el lesbianismo como práctica sexual disfrutan para ello de una tolerancia muy desproporcional con las actitudes hostiles que muestran éstas hacia los hombres.

Este artículo no persigue la defensa del género masculino, ni mucho menos atacar al femenino, pero no temerá recomendarles a quienes viven de los derechos de la mujer que pueden ejercer su apostolado, profesión o negocio, según sea el caso, sin la necesidad de esa cháchara ofensiva contra el otro género. A fin de cuentas, el mundo sólo se compone de hombres y mujeres, y sería inhabitable si faltare uno de estos miembros.

Es muy observable el alto grado de demagogia contenido en el discurso feminista de hombres y mujeres. Todavía en esta fecha se reclama igualdad o equidad de género en una sociedad, como la nuestra, en la que el único ser que privilegia nuestra legislación es a la mujer.
¿Qué ley o disposición niega a las mujeres la oportunidad de estudiar, trabajar u ocupar puestos de dirección en el Estado, los gremios profesionales o en las empresas privadas? Pese a que la sociedad sólo se compone de hombres y mujeres, una ley obliga a los partidos políticos a ceder una cuota de cargos electivos a las mujeres, equivalente a la tercera parte de los mismos, al menos para diputados y regidores.

Ello permite la posibilidad matemática, por ejemplo, de que la Cámara de Diputados esté integrada en su totalidad por mujeres, lo cual no puede ocurrir con los hombres. Yo quisiera que ocurra lo primero, pero mediante el procedimiento del voto. La voluntad de los electores está por encima de hembrismos y de machismos.

Como en las venideras elecciones estrenaremos el sistema de votación preferencial para escoger a los diputados, con el que se prescinde del orden de los candidatos en la boleta, las voceras femeninas han comenzado a quejarse del nuevo procedimiento porque alegadamente las perjudica. Antes se quejaban del número en que se las colocaba en la papeleta electoral.

Las mujeres pueden desempeñar todas las secretarías de Estado, incluyendo la tradicionalmente más reservada a los hombres, que es la de las Fuerzas Armadas. Pero ya hay damas que ostentan el rango de oficial general de las tres ramas de los organismos castrenses y de la Policía Nacional. Lo que será difícil para un gobernante es soportar las presiones que originaría la designación de un hombre al frente de la Secretaría de la Mujer.

De tal modo, todos los ministros del Gobierno pueden ser mujeres, pero no es posible que todos sean hombres. Ni quiero yo que así sea, por supuesto. La aleación hombre-mujer ha de originar la criatura perfecta.

La igualdad entre hombres y mujeres está establecida hace mucho tiempo. Para perfeccionarla lo que falta es eliminar toda festividad, toda acción o normativa dirigidas a diferenciar hombre y mujer, sobre todo las que tienden a presentar a las hembras como desvalidas y débiles, pues no lo son en nada, aunque lo parezcan.

Hombre y mujer se necesitan y complementan, pero hay voces resentidas que siempre apuntan los dardos contra “el macho opresor”. Entre esas voces se cuelan las de mujeres que quieren andar en competencia irregular con los hombres para convencer a sus “compañeras” de que la gente de su mismo sexo las va a comprender mejor.

Las “dirigentas” del movimiento femenino hacen creer a las integrantes de su género que la lucha se libra entre hombres y mujeres, y las ayudan a olvidar que la opresión tiene otro carácter, más bien clasista o el propio de determinadas mentalidades.

Las mujeres que militan en los partidos políticos, aunque enarbolan el sazonado discurso de la “equidad de género”, al momento de votar lo hacen por los “machos” de sus partidos y nunca por las mujeres de otras organizaciones.

Sin embargo, las elecciones congresionales y municipales de este año ofrecen sólidas oportunidades para que las damas escojan a las nuevas autoridades con una “visión de género”. El principal puesto público que se va a disputar en ese proceso cuenta con una mujer –Peggy Cabral- en la boleta del Partido Revolucionario Dominicano.

Habrá mujeres para escoger en las boletas de todos los partidos. Falta que el discurso mujerista se acople a la realidad y las hembras acudan entusiasmadas a sufragar por ellas. Hay que vivir la actualidad. Cierto discurso antihombre luce muy atrasado.



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