25 de Marzo del 2002 • Edición número 1,247
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Entrevist[a]
Al escritor Pedro Antonio Valdez

Armador de sagas
La herencia de un escritor que regresa



Los escritoras y escritores dominicanos de Nueva York heredan las dificultades editoriales de la isla. Quizás publicar y promover un libro sea más difícil en Nueva York. Salvo los pocos que han logrado publicar en grandes editoriales de lengua inglesa, el panorama es gris.

Por Rafael Garcia Romero


El escritor Pedro Antonio Valdez llevó hasta hace poco una vida fructífera en los Estados Unidos. Allí vio, escribió y triunfó. Ahora trae con él esa estela de éxitos y dos novedades: un libro de cuentos cortos: La rosa y el sudario. Nació en La Vega y tiene publicado varias obras. Un primer libro de cuentos: Papeles de Astarot hizo su trayecto y colocó su obra ante los lectores. Escribe poesía: Naturaleza muerta; novela: Bachata del ángel caído; teatro: Paradise. La segunda novedad es que próximamente la editorial Alfaguara publicará su novela Carnaval de Sodoma.

En La Rosa y el sudario Pedro Antonio Valdez llega a la seducción por diversas vías. Toma de la mano al lector y entra en un mundo de sagas con el primer cuento: "La ciudad de las estatuas perdidas" y lo lleva como hizo Virgilio con Dante a conjurar olvidos, a deshacer razones ante el Santo Oficio, a venerar amores, rehabilitar borrachos, a encandilar con oros, a incitar extravíos con lobos y mariposas hasta que finalmente queda de pie, absorto y transformado, frente a los altares perdidos. En fin, cada una de las siete sagas y cada cuento constituyen en su totalidad un arca de seducción. Sí, porque la seducción es una fragancia, un aroma que va y viene, que invade todo el libro y que explota Valdez con singularidad en una multitud de cuentos es cuando toma la verdad de la tradición y corta por un atajo alucinante, lúdico, recreado. Eso sucede con historias de Santo Domingo y de la fábula universal. Creo prudente de mención "Apócrifo de la princesa y el sapo"; "La verdadera historia de Caperucita y El Lobo"; "Cuento de cuna para un pequeñín y "De cómo yantaba el rey Midas"; pero no son todos.

[A] ¿Cuál es tu reflexión sobre el momento que vive la literatura contemporánea dominicana?

PAV.
En este lustro se han abierto nuevas puertas, que dan a una edición con criterios más profesionales y a una posibilidad de promoción más intensa de los autores dominicanos. Han surgido unos cuantos proyectos nacionales, y algunas editoriales internacionales empiezan a interesarse por la literatura local. Es un impulso que necesitamos y que, creo, merecemos. De manera que desde este importante ángulo, nuestra literatura parece apuntar hacia un buen momento.

[A] ¿En Nueva York los escritores dominicanos cuentan con un mercado para vivir de la literatura? ¿O qué alternativas o condiciones tienen que explorar los escritores para el desarrollo de su talento y la colocación de su obra?

PAV. Las escritoras y escritores dominicanos de Nueva York heredan las dificultades editoriales de la isla. Quizás publicar y promover un libro sea más difícil en Nueva York. Salvo los pocos que han logrado publicar en grandes editoriales de lengua inglesa -que no necesariamente pueden vivir de esas ediciones-, el panorama es gris. Creo que una buena alternativa sería la creación de proyectos editoriales -como lo son aquí La Trinitaria, Cole o Manatí- dispuestos a aprovechar el mercado neoyorquino.

[A] Entre Nueva York y República Dominicana, ¿qué grado de dificultad ofrece el medio para publicar y hacer llegar las obras a la gente?

PAV. La edición de autor puede ser complicada, sobretodo porque allá no se cuenta con tanto tiempo disponible para hacer la tarea. La prensa hispana, más aún la que tiene un interés especial en el arte dominicano, es escasa. Por ejemplo, de los dos más grandes diarios latinos, sólo uno cuenta con suplemento de arte, y en éste apenas se dedica una pequeña porción a la literatura. Jorge Piña dirige un suplemento literario en La República, que es un semanario. Y los buenos espacios para la actividad literaria -entre los que se destaca el jueves literario de Librería Caliope- no son tan abundantes... Eso es una pena, porque allá hay escritores y escritoras de mucho talento que necesitan el apoyo de un aparato editorial.

[A] ¿Qué ponderación haría de tres escritores del pasado y del presente?

PAV. Del pasado hay tantos... Pedro Henríquez Ureña, Juan Bosch, Aída Cartagena, quienes con su actitud y su calidad nos han dotado de una raíz honrosa, sólida, a los autores de hoy. Entre los muchos del presente, podría mencionar a Marcio Veloz Maggiolo, Ángela Hernández y Pedro Péix, con una producción continua y vital.

[A] ¿Qué aportes hay en la literatura dominicana del sesenta hacia atrás y desde el sesenta a la fecha?

PAV. Uff... Antes de la década del sesenta tenemos los principales momentos de la literatura nacional: Postumismo, la Poesía Sorprendida, los independientes del ‘48... y se publicaron numerosas obras que son clásicas entre nosotros. Un tiempo que trajo cosas memorables. Luego de los sesentas la literatura parece volverse más telúrica y gana apertura temática. Son notorios los experimentos del Pluralismo y la explosión formal de la cuentística de los setentas; algunos textos de los colectivos de la postguerra; la intención temática de los poetas de los ochentas y el modesto, aunque significativo, impulso editorial del último lustro.

[A] ¿Qué hace falta en la Escuela para afianzar su labor académica, motivación hacia la literatura, interés por el libro, tomando en cuenta el presente milenio?

PAV. Motivación profesional entre los profesores de Humanidades. Esto significa exigir mucho más al cuerpo docente; ampliar y especializar más las ofertas de estudio humanístico en las universidades; desarrollar los recursos de investigación que se pueden gestionar a través de los centros académicos. Todo esto crearía un sano sentido de competición entre los profesionales del área. Claro, para implementar esto se requiere de un cambio en la compensación a los maestros, porque a un profesional no se le puede exigir mucho a cambio de 3 ó 4 mil pesos. En el estado en que hoy se encuentra nuestro sistema educativo, no podemos pedir mucho a los maestros, salvo que hagan el favor de fijarse en nuestra literatura.

[A] Todo artista tiene una valoración de su obra o sobre sí. ¿Cuál es la evaluación que hacen de usted a partir del tránsito hecho entre Papeles de Astarot y La rosa y el sudario, tomando en cuenta que es un autor multifacético que ya tiene novelas, poesía, cuentos y teatro publicado?

PAV. En general ha sido útil para mí, tanto para corregir entuertos como para confirmar posturas. Los detalles de esa evaluación se pueden observar en mi bibliografía pasiva.

[A] Entre los escenarios internacionales, ¿cuál tiene mayor importancia en la promoción y divulgación de su obra?

PAV. Hasta ahora, Puerto Rico y el ambiente hispano de Estados Unidos, porque en esos dos países es donde Editorial Isla Negra -la empresa que ha publicado la mayoría de mis libros- tiene su mejor mercado. Puerto Rico ha sido muy especial para mi desarrollo, porque allá hay una crítica actualizada, auspiciada por el sistema académico, que con sus comentarios comparativos ha ido situando mi obra en espacios generales.

[A] ¿Qué significado tiene su último libro La rosa y el sudario en la evolución y el contexto de la literatura contemporánea?

PAV. En ese contexto no lo sé. Ahora, en mi contexto propio, de autor, lo aprecio como un avance en mi esfuerzo por la síntesis y un texto que ha permitido plantearme el cuento corto como una expresión definida y diferenciable del cuento más común.

[A] Entre los aportes del Estado al arte, ¿cuáles reconocería como verdaderamente valiosos y coherentes a través del tiempo?

PAV. Si hay que mirar el limitado aporte positivo de nuestro Estado al arte, yo mencionaría parte de la infraestructura artística aportada por la era de Trujillo: hablo de esculturas; murales de Zanetti; obras de arquitectónicas -aunque a menudo copiadas de la estética nazi, aportes que aún mantienen vigencia y que no parecen haber sido superados por nuestros gobiernos democráticos posteriores. Asismismo ciertas edificaciones e instituciones creadas en los últimos 40 años... Prefiero destacar la infraestructura, porque en aspectos de superestructura los logros no suelen ser perpetuos y estables. Me tienta mencionar algunos proyectos recientes: el Festival Internacional de Teatro, la Bienal del Caribe, el festival de cine, la Secretaría de Cultura... pero, no sé, son proyectos recientes -así como tantos que han aparecido y desaparecido en el tren estatal- que no sabe uno hasta dónde llegarán.

[A] La presencia en páginas de periódicos a través de columnas y colaboraciones, ¿ha dado más al escritor que el escritor al ejercicio periodístico?

PAV. En término de presencia, sin dudas me ha sido beneficioso. En lo creativo, no he sacado gran cosa de mi tanteo periodístico; mas bien he aplicado a mi incursión periodística mi experiencia literaria.

[A] En los planes inmediatos, luego de tu obra La rosa y el sudario, ¿está la posibilidad de un libro de cuentos o de una tercera novela?

PAV. Hay dos proyectos para editar. Uno es mi novela Carnaval de Sodoma, que Alfaguara ha anunciado para el primer trimestre del 2002. El otro es mi libro de relatos Narraciones apócrifas, que Editorial Isla Negra planea lanzar a mediados del próximo año.

[A] ¿Qué le falta a la literatura dominicana para que se abra un camino de mayor incidencia internacional y, de hecho, para que alcance niveles de mayor consumo?

PAV. Trabajar con mayor ahínco, sin desfallecer, sin ver la literatura como un relax dominguero. Que le demos duro a este talento que se nos ha dado para gloria y ensalsamiento del Señor. Lo otro depende de editores, distribuidores y libreros. Creo que tener fe en el trabajo de las autoras y autores dominicanos podría ser muy, pero muy rentable.

[A] Entre todas las batallas que libra un escritor dominicano, ¿cuál es la que mayor fatiga le causa?

PAV. Me fatiga -dulce fatiga- la investigación. Investigo sin cesar, y siempre quedan cosas por investigar. Por ejemplo -y que sirva esto como una disculpa pública a Andrés L. Mateo- en La rosa y el sudario una de las miles de cosas que investigaba era al autor de este verso: "¡Yo no soy Job, coño!", que había leído no sé dónde en mi adolescencia. En Nueva York nadie me supo dar el nombre del autor, y entre las personas que consulté allí ninguna sabía. Así que lo incluí como un epígrafe anónimo... Ya impreso el libro, unos amigos me dijeron que ese verso era de Andrés. Bueno, es un entuerto que se corregirá en la próxima reedición, que según las proyecciones será dentro de muy poco tiempo. He lamentado mucho ese asunto, porque soy muy cuidadoso con la investigación.

[A] ¿En su vida hay un escritor insignia que con el paso del tiempo ya alcance la categoría de símbolo? En todo caso, un símbolo que siga, distinga o venere. Háblame de tu experiencia de toque y el encuentro con ese escritor en su propia carrera.

PAV. Escritores insignia, no tengo. Sí algunos textos dispersos que los escarbo sin saciarme. Por ejemplo, Los amos, de Bosch; Pedro Páramo y Luvina, de Rulfo; Down by the Salley Gardens, de Yeats; Los Babus de Nayanjore, de Tagore; La siesta del martes y El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez; la Elegía de Machado que inicia con el metro: “Yo quiero ser llorando el hortelano”; Las dos botellas de salsa, de Lord Dunsany; Adventure, de Sherwood Anderson;Morir del cuento, de Estorino... Son textos perfectos que no puedo acabar de leer sin que una lágrima de profunda emoción se me asome.


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