18 de Febrero del 2002 • Edición número 1,242
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Rafael Peralta Romero
Flojera del discurso político

La flojera en el discurso político nacional no se demuestra solamente cuando los dirigentes ofrecen declaraciones a la prensa o pronuncian alguna alocución ante el país. La ausencia de contenido se evidencia también en la propaganda visual que cubre nuestras calles.

Pero hemos de reconocer que los abnegados candidatos se esfuerzan en presentarse como lo que, según su entender, el electorado quiere que sean ellos. No hay empacho para atribuirse cada uno las cualidades que mejor le cuadran.

Esta columna no está para complacer peticiones, pero mal podría negarle atención a la observación que nos hiciera el doctor Virgilio Bello Rosa, profesor universitario y actual procurador general de la República, sobre el fenómeno de autovaloración de los aspirantes a cargos electivos. Es digna, más que de un artículo periodístico,de un estudio sociológico, la tendencia de ciertos políticos a enarbolar juicios sobre sí mismos como expresión de su filosofía política.

Ser candidato, con una democracia tan florecida, es un optimismo y realmente los aspirantes andan bien provistos de esta condición. Cada uno saca a relucir la condición que cree que le hará merecedor del puesto que aspira.

La capacidad intelectual y los merecimientos políticos serán exhibidos siempre como parte de la oferta persuasiva del pre-candidato o candidato. Pero muy pocas veces tiene el potencial elector, y hasta el seguidor cercano del candidato, la oportunidad de comprobar el desenvolvimiento del aspirante.

Debería resultar difícil para una persona ponderar sus propias virtudes, pero cuando se es político, y más aspirante a un puesto, decir de uno mismo que se es honesto, cabal, trabajador, cumplidor, leal parecerá un asunto común, tan simple como decir nombre y fecha de nacimiento.

La modestia y la sencillez están íntimamente asociadas a la decencia. Quienes hacen promoción de cualidades que supuestamente los adornan se arriesgan a caer en falta de pudor o delicadeza. Desde luego, que quien se propone para el cargo debe creer al menos que da para eso, como efectivamente puede estar sucediendo con la mayoría de quienes se están ofertando.

Cuando alguien se define como “un diputado de verdad” está poniendo en duda la condición de tales de los otros aspirantes. Cuestiones como “el que resuelve” o “yo arreglo esto” encierran un gran cúmulo de arrogancia que de por sí constituye una expresión de la vacuidad del discurso político de los sustentantes de dichas expresiones.

La ausencia de discurso en los aspirantes a dirigir el Congreso Nacional y los ayuntamientos queda evidenciada en la recurrencia a comodismos tales “el senador de X sitio” ,“Tu diputado” ,“El síndico de aquí”. Ahora, bastante atrevido es el lema de un aspirante a diputado que se considera “Tu futuro”. Realmente él podría decir “Mi futuro”. Menos pretencioso es el que dice de sí “soy diferente” o el que pide “Exprésame tu apoyo”.

Superior riesgo que éstos habrían de correr, si se tratase la nuestra de una sociedad con mayores niveles de criticidad, quienes se permiten afirmar que son “candidatos de consenso” o algo similar.

El individuo que monta su foto en postes, paredes y vallas sabe que no basta con hacer esto y decir “aquí estoy, me ofrezco para el sacrificio”, sino que se precisa remover ciertas fibras interiores de los electores, tanto en el proceso intrapartidario como en los comicios propiamente dichos. De ahí se derivan las argucias verbales para confeccionar frases de impacto destinadas a conseguir la aceptación popular.

Tenemos un pre-candidato que se presenta como “El hombre que da”, una motivación quizás menos presuntuosa que la de “El hombre que resuelve”, pero obviamente que más vergonzosa, precisamente por lo reveladora de la frase sobre nuestra realidad política y social.

Algunos caudillos hicieron su capital político a partir de la práctica del dar para luego recibir y el asunto ha marcado tan gravemente a los dominicanos, que ya parece una veta de nuestro perfil como pueblo. Y por supuesto que es una palpable debilidad de nuestro sistema político y una perceptible inconsistencia de la retórica política.

Quizás no resulte una deshonestidad, ni un despropósito similar a casos en los que políticos se atribuyen cualidades fuera de serie, pero provoca interés el uso que se hace de la figura de los viejos líderes, fallecidos o no, para captar simpatía para uno que fue su seguidor. José Francisco Peña Gómez, Jacobo Majluta y Joaquín Balaguer aparecen en carteles publicitarios de uno que otro candidato.

Uno de ellos ha llegado al punto de prometer que con su elección sería el “pensamiento de Balaguer” que va al Senado, lo cual sirve para atraerle como alejarle votos, dado el embrujo que ejerce el líder reformista sobre una amplia masa popular, así como el rechazo categórico de otro hemisferio poblacional hacia el mismo.

Como ven, la flaccidez de la prédica política se disimula con valoraciones que los propios actores de la política conciben sobre su persona. En muchos casos se cuela la falta de comedimiento y hasta de pudor.



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