18 de Febrero del 2002 • Edición número 1,242
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El sudor rosa de los demonios
de Pedro Antonio Valdez


Por Franklin Gutiérrez



Luis Medrano
Pedro Antonio Valdez
La rosa y el sudario es, como la mayoría de las obras de Pedro Antonio Valdez, un libro para reflexionar. Pese a su extrema brevedad, las historias que lo conforman son intensas en demasía y contienen numerosas referencias sobre aspectos del conocimiento humano que distan considerablemente de las trivialidades cotidianas a que nos tienen acostumbrados la mayoría de los narradores dominicanos contemporáneos.

El libro está dividido en siete partes denominadas sagas por el autor. Cada saga contiene siete historias, menos la séptima que contiene seis, y están agrupadas temáticamente de acuerdo a la función demonológica de Sargatanas, Agaliareth, Satanachia, Nebiros, Lucífugo Rofocale, Fleuretty y Astarot, siete de las deidades más representativas del universo demonológico, a quienes Pedro Antonio Valdez adjudica la escritura de estas historias, repitiendo así la vieja tradición popularizada en nuestra lengua en la época cervantina de atribuirle sus creaciones a autores imaginarios. La primera saga se titula "Para conjurar olvidos"; la segunda, "De la razón ante el Santo Oficio"; la tercera, "De amor, o tortura venerada"; la cuarta, "Para espíritus borrachos; la quinta, "De oros"; la sexta, "Del Lobo Peludo y su extraviada mariposa" y la séptima, "De los altares perdidos".

Las deidades malignas responsables del temor que sienten los creyentes religiosos hacia sus dioses han estado presentes en todas las culturas desde hace muchos siglos. En Grecia, por ejemplo, Hades representaba el infierno; entre los escandinavos Loki tenía la facultad de confundirse con los monstruos perversos para combatir a las divinidades pregoneras del bien. Y el gran Marduk, dios supremo de los babilonios, fue el único capaz de aplastar los monstruos, las serpientes y los dragones engendrados por el perverso Tiamat, creando así, con la sangre del enemigo, el firmamento, y la tierra y sus habitantes.

En nuestra cultura occidental generalmente acusamos a Satanás, a Lucifer o a Berzebú de los fracasos y las desgracias de la humanidad. ¿Sugiere acaso la presencia de tantos diablos burlones en La rosa y el sudario que Pedro Antonio Valdez invoca a los demonios para que éstos acudan a defendernos de los peligros que nos amenazan, o simplemente se apoya en ellos para hacerlos cómplices de sus escritos y liberarse de los posibles desacatos de sus personajes. Ni una cosa ni la otra, pues en esta obra hay tres temas fácilmente identificables: la religión, la denuncia social y el amor. De modo que la conexión de estos textos con dioses, ángeles, santos y demonios es puramente circunstancial y premeditada.

LOS DEMONIOS DE VALDEZ
En cuanto al primer tema, la religión, el título de la obra La rosa y el sudario, así como la cruz de sangre de cordero del cuento "El día del fin del mundo" y las numerosas alusiones y evocaciones a divinidades cristianas en muchos de los 48 cuentos de este volumen, nos conducen a una conclusión: los demonios de Valdez son, por un lado, un recurso usado por él para reflexionar sobre numerosos males que afectan al medio social que lo circunda y, por el otro, criaturas terrenales con las que podemos compartir nuestro espacio físico sin temor a ser asediados por ellas. Evidentemente, se trata de un juego atrevido tras el cual el autor, además de mostrar su inconformidad social, reafirma de algún modo su apego a los valores religiosos impuestos por la tradición cristiana. Sin embargo, el concepto valdeziano de la religión es muy particular, ya que nunca reverencia a los dioses ni a los ángeles, como acostumbra a hacerlo un buen cristiano. Por el contrario, se mofa de ellos y los jalonea con habilidad de experto titiritero.

En “¿Buscando la voz de Dios?”, por ejemplo, un hombre desconsolado y prácticamente derrotado dirige su vista al cielo pidiendo la mediación de Dios para la solución de sus conflictos existenciales, pero en vez de recibir un aliciente divino que satisfaga su clamor escucha una voz salida de las ramas de un árbol que le grita: ¡Hey, cabrón!, ¿nunca ha visto hacer el amor sobre un árbol? ¡Siga su camino! En otro cuento titulado "Apócrifo: segundo milagro del Señor de las aguas", el narrador rechaza la veracidad del archifamoso milagro de la caminata sobre las aguas narrado en las sagradas escrituras. No existe tal cosa, es sólo un mito, escucha decir el mago fríamente, mientras éste lo deja abandonado en la soledad del desierto a media noche. La denuncia social está presente mayormente en La ciudad de las estatuas perdidas, La cuenta de seis, y Kremlin Fine Art. La ciudad de las estatuas perdidas cuestiona la incapacidad de las autoridades gubernamentales para planificar un desarrollo urbano adecuado y beneficioso para el pueblo. Aunque se refiere específicamente a situaciones dominicanas, la colocación de estatuas en lugares inapropiados es un mal común en muchas partes del mundo. Eso explica, como confirma este relato, que la estatua de Benito Juárez aparezca en la avenida Winston Churchill y la de Fray Antón de Montesinos en la avenida George Washington, ambas en la capital dominicana, sin que nadie repare en ello ni le importe tampoco. "La cuenta de seis" relata el infortunio de un profesor que enloqueció al enterarse que había repetido su lección erróneamente durante sesenta y seis años, maleducando así a todos sus discípulos. El enriquecimiento material mediante dolo y el saqueo estatal, práctica muy en boga en la actualidad por los políticos de turno en casi todo el mundo, aflora con fina ironía en "Kremlin Fine Art", una historia cuyo protagonista huye secretamente de Moscú llevándose una cuantiosa riqueza compuesta por estatuas, bustos, pinturas y medallones de personajes famosos de la Rusia socialista, los cuales posteriormente exhibe y vende en París, ciudad donde se refugia.

El amor propuesto por Valdez en La rosa y el sudario vence todos los convencionalismos. El discurso trasnochado, la ternura preconcebida, la ingenuidad disfrazada y la pasión desenfrenada con que usualmente nos acercamos al sexo opuesto sucumben ante las artimañas, la astucia y la franqueza de historias como “La elección del amante”. En este cuento la protagonista, obligada a elegir entre dos amantes, quiere saber cuál de ellos es capaz de morir en su lugar, si fuere necesario.

MEJOR VIVO QUE MUERTO
El primero, interesado en reafirmar su amor ante ella, expresa su disposición de hacerlo. El segundo, en cambio, se niega rotundamente porque le parece ridículo y estúpido morir por el amor de una mujer habiendo tantas en el mundo. Ella, entonces, convencida de que el hombre vivo le será más útil en la cama que el muerto, elige al segundo a quien entrega su carne desenfrenadamente. El corazón no funciona como un órgano vital del cuerpo humano ni tampoco como un refugio de pasiones en el relato "El mecanismo del corazón", sino más bien como una máquina trituradora con múltiples cuchillas diseñadas para devorar a quienes intenten penetrarlo con el propósito de estacionarse permanentemente en él.

En “Esperando a Alfonsina”, motivado en la azarosa muerte de la poeta argentina Alfonsina Storni, el narrador toma el lugar del amante porque lo cree incapaz de recuperar el amor de una mujer, que luego de sentirse ultrajada e incomprendida por sus coetáneos, de haber rechazado la virginidad como sinónimo de pureza y de odiar a quienes la preferían nívea y virgen, decide penetrar en la profundidad del mar hasta que sus aguas la consuman con la facilidad con que se absorbe una copa de vino. Alfonsina, mientras tanto, permanece indiferente y dormida porque para ella esa es la mejor forma de liberarse de su amante.

Otros dos aspectos que merecen atención en La rosa y el sudario son las leyendas antiguas y los elementos paremio-lógicos, los cuales funcionan como referentes culturales que enriquecen notablemente estos relatos.

De las leyendas incluidas en este volumen cabe destacar “De cómo yantaba el rey Midas”, una extraña historia que alude a la capacidad del rey macedonio Midas para convertir en oro todo lo que sus manos tocaban. “De cómo yantaba el rey Midas” está asociada, de alguna manera, a la fuerza petrificante de Medusa, uno de los tres monstruos infernales de la mitología griega conocidos bajo en nombre común de Gorgonas, cuya fama de transformar en piedra a quienes la miraban la convirtió en una de la deidad marina diabólica más temida de su época. De las leyendas y fábulas incluidas en esta colección la más cercana a nosotros es la de la Ciguapa. La Ciguapa, mujer de pies invertidos, calificada de extremadamente bella, enamorada y seductora, pero al mismo tiempo capaz de morir de celos y llevarse consigo a su pretendido, es el más sólido de los mitos dominicanos. En el relato de Valdez, sin embargo, la extraña no es la Ciguapa, sino quienes no la igualan físicamente.

Es justo destacar la presencia de refranes en La rosa y el sudario. Primero, por lo difícil que resulta, según los propios paremiólogos, encontrar el refrán apropiado y el espacio adecuado donde colocarlo en la historia y, segundo, por la naturalidad con que Valdez aplica este recurso. De hecho, la lectura de otras de sus obras como Papeles de Astarot o Bachata del ángel caído confirman mi aseveración. “Veinte años no es nada”, pregonó Gardel, pero para mí son un siglo de fracaso, pensó el tenedor de libros del cuento de Valdez “Veinte años no es nada”, luego de regresar al mismo punto de partida veinte años después de iniciada su caminata y encontrar todo envejecido.

Impresiona la facilidad con que Valdez asocia el origen del refrán popular “Que le echen la comida en la boca y después que se la echen que le muevan la quijada” con la fábula contada por Plinio el joven sobre el sistema de alimentación y la longevidad del rey Midas. Pero el más acertado de todos los refranes de La rosa y el sudario es “Lo descubrieron asando batatas”, incluido en el relato “Plagiario”. Y aplicado a un escritor de mala muerte quien fue sorprendido plagiándose a sí mismo porque ya no sabía de qué escribir.


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