18 de Febrero del 2002 • Edición número 1,242
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El amor
todos los días




Por Jacinto Gimbernard Pellerano

Ida Hernández Caamaño, con su última publicación, El amor todos los días, renueva y revuelve remotas preocupaciones en torno a este sentimiento, a esta sensación, a esta avidez que no cesa nunca, a esta gula extraña e incomprensible, que requiere de alimentación continua.

El dedo frío de la historia sitúa en el siglo trece, en el Languedoc, el nacimiento (que llama “invención”) del amor que hoy conocemos, y que constituye una necesidad tan imperiosa como el respirar, el comer, el beber o el dormir. Pero ninguna de estas necesidades sugiere, ni remotamente, el pensamiento y la expresión poética que produce el amor.

Ciertamente, los antiguos no conocieron ese amor sublime, embriagador, fulminante, más fuerte que todo, ese amor que se aparece con promesas de eternidad y se niega a aceptar barreras impedidoras.

El héroe homérico desencadena una guerra de Troya, más por orgullo de que le hubiesen arrebatado a su esposa Helena, que por celos. En la Ilíada, Helena tiene un rol secundario. Así Penélope, la de Ulises, es una esposa honorable más que una enamorada. Y es que para los griegos de la época clásica todo amor que llegaba más allá del deseo era locura. Veinte siglos después Baudelaire exclamará: “¡Pasión, te conozco y te odio; retírate!”. Y es que la llamarada del amor naciente, tal como la conocieron los antiguos, es, lamentablemente, de corta duración, no es el rescoldo, la brasa resguardada por la ceniza, capaz de perdurar resistiendo embates de viento y agua.

Poniendo las cosas en su sitio, podríamos asegurar que toda intensidad máxima es, necesariamente, de corta duración. Los amores trepidantes siempre han sido breves. Los ha cortado el hacha congelada de la vida, cuando aún vivían su ardiente euforia, cuando las dificultades para verse y tocarse eran terriblemente difíciles. Francesco Petrarca vio por primera vez a Laura, quien fuera su musa, en 1327 en la iglesia de Santa Clara, en Aviñón.

Se entiende que se trataba de Laura di Noves, esposa de Hugo de Sade. Le escribió unos trescientos sonetos maravillosos. Pero ella nunca estuvo con él, estaba arropada por el misterio de la distancia hasta la temprana hora de su muerte. No obstante, tiempo después Petrarca se referiría al tedio infinito que caracterizaba todas las uniones, en todos los lechos, todos los barrios, todas las casas…

Es que el amor es poesía y requiere de una transformación continua para poder mantenerse vivo. Y puede mantenerse vivo, fresco y lozano, pero no ateniéndose a un fuego pasional sino a la infinitud de una ternura inmensa. Que evidentemente es posible cuando en la pareja existen afinidades esenciales y no rechazos agobiantes ni conflictos imposibles de solucionar.

Hemos sido víctimas de una distorsión del amor cortés creado por la poesía de los trovadores medievales y por el surgimiento de la novela de amor y de los productos cinematográficos que le dieron continuidad desde el mundo irreal de Hollywood, donde el happy ending era regla perfumada y ensoñadora.

La novela de amor se desarrolló –como muy bien lo ha visto Albert Thibaudet y apoya André Maurois– aproximadamente en la época de las Cruzadas, alentada por dos grupos de lectores: el de los peregrinos que viajaban extensamente hacia Jerusalén, a Santiago de Compostela, hacia Roma. El viajero, alejado de la mujer, la imagina más deseable y perfecta, y esas novelas en las cuales los protagonistas, irreales y sublimes, poblaban sus sueños, crearon fantasías maravillosas. Por otra parte las mujeres, que en la Edad Media recibían una instrucción casi igual a la de los hombres (dentro de ciertos circuitos, naturalmente, como también sucedía con los varones), eran lectoras devotas de las novelas de amor casto, puro, lejano y trágico.

Los relatos de Ida Hernández Caamaño nos presentan cuadros realistas del amor de todos los días. Amor fiel, amor frustrado, amor clandestino, pecaminoso, resentido. Es un abanico de panoramas anímicos que modifica a la novela rosa, dándole una dimensión realista dentro de un ejercicio poético y un romanticismo posible y sincero.

Ida escribe con la propiedad que habla, con una sensibilidad impregnada de vida vivida, de vida escuchada, sospechada o intuida.

La vida es una novela, pero no una novela rosa, es un acontecer que sobrepasa grandemente la fantasía. Bastante a menudo el escritor se ve obligado a filtrar su conocimiento íntimo de ciertos hechos para hacerlos creíbles y espantar lo que podría parecer el fantasma de una imaginación desbocada.

Los textos de Ida Hernández Caamaño tienen la fuerza tersa de su personalidad, que escapa del feminismo a ultranza para internarse en honestas apreciaciones de la vida, sin superficialidades, amarguras o eufemismos disfrazantes.

Agradecemos al Banco Central de la República la publicación de este libro de Ida, y felicitamos a la autora por haber encontrado una fórmula sincera y atractiva para ofrecernos valiosos relatos dentro de una temática como la del amor.
Complejo e insondable.


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