11 de Febrero del 2002 • Edición número 1,241
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En el mundo de las contradicciones
y las beligerancias


[Quiera Dios que el Presidente Mejía comprenda que debe controlarse. Que la palabra no es aire caliente, sino energía contundente. Más en su posición]




Por Jacinto Gimbernard Pellerano

Mientras el mundo exista, las contradicciones serán inevitables. Nunca cesará la lucha de los antagonismos. Y me apresuro a afirmar que los antagonismos son sanos y necesarios cuando cumplen una función sincera, cuando son fieles a la esencial necesidad de movimiento. La vida es, ante todo, una maravillosa creación fundamentada en el movimiento, en la combatividad antagónica. Glóbulos rojos (hematíes) contra glóbulos blancos (leucocitos).

Todo el proceso de adaptación al medio ambiente es consecuencia de la lucha permanente de todo lo creado contra realidades del mundo físico-químico, como la temperatura, el agua y la luz, así como las alteraciones biológicas manifestadas por alteraciones en la función de los complejos sistemas orgánicos.

Un eminente ensayista francés, Nicolas Berdiaev (De l'esclavage et de la liberté de l'homme) nos ha dejado una frase contundente: "La persona es la invariabilidad en la variación" y él la considera una de las definiciónes esenciales de la persona. Y añade: “El pensamiento filosófico es una formación compleja, y aún en los sistemas filosóficos más lógicos y consecuentes es fácil descubrir la presencia de elementos contradictorios".

Uno de los casos demostrativos de las enormes contradicciones está en las revoluciones. Las revoluciones hacen subir a la superficie nuevas capas sociales hasta entonces oprimidas, cambian panoramas, modifican el ámbito dentro del cual se ejerce el poder, que rápidamente cae en los mismos defectos que motivaron la acción revolucionaria.

No es imprescindible remontarse a la Revolución Francesa, que se sumergió en la sangre de El Terror y emergió en la grandeza humana e inhumana de Bonaparte. Siempre fue así. Toda la Historia nos presenta ejemplos de tragedias revolucionarias para los humildes, para los débiles y también para los valientes defensores de lo justo, que no encuentran apoyo hasta que sus ideas vienen a ser convenientes para los deshonestos y oportunistas amorales.

Entonces caemos en que la vigencia efectiva de las contradicciones es de primera importancia. Si en toda la Creación la coexistencia de elementos antagónicos y beligerantes es una realidad, que sería harto fatigoso tratar aquí, a menos que estemos dispuestos a que el lector mayoritario abandone hastiado la lectura de estas líneas -lo cual no deseamos-, debemos comprender que el antagonismo beligerante es una actitud marcada con fuego en todo lo creado.

Entonces debemos respetar y ejercer el antagonismo dentro de un marco razonablemente positivo. Hacia fuera y hacia dentro.

Mirémosnos bien. ¿No somos un envoltorio de contradicciones?

Nuestra conducta ¿no está a menudo contradiciendo nuestras creencias y aspiraciones? ¿Nuestros deseos y más altos valores?

¡Cuán terrible, incesante y dolorosa es la lucha por ser lo que quisiéramos ser!

Quienes avanzamos en lo esencial de la vida, somos quienes aceptamos sin renuencias ni disfraces nuestras contradicciones y las vamos debilitando hasta lograr una vigencia clara de nuestros valores más altos y nobles. Y logramos, al fin, ser consecuentes con ellos.

No hay n0sada malo en la contradicción y la beligerancia, siempre que estén dirigidas a la positividad y el bien común.

Lo malo está en la apatía, en la negligencia y en la irresponsabilidad.

Los franceses nos han dejado una frase profunda: ¡Vive la différence!
Usualmente se aplica a la diferencia entre los sexos, pero la idea se interna en territorios más amplios.

Penetra en todas las áreas de la vida.

En el mundo de las contradicciones.

Y las beligerancias.


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