28 de Enero del 2002 • Edición número 1,239
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Cuando se pierde la lengua



Por Marcio Veloz Maggiolo

Ante el aviso de la Unesco de que 6,000 lenguas están en peligro de extinción, la primera pregunta que nos hacemos es la de si las mismas serán consumidas poco a poco, digamos que deglutidas, por los idiomas predominantes de la globalización actual.

Las pequeñas comunidades selváticas, o las enclavadas en las zonas más agrestes de la tierra, o bien las que se dispersan por un mapa inmenso como el africano, por ejemplo, poseen en muchos casos lenguas, lenguajes, que nunca han llegado al papel. Sin dudas han sido las misiones religiosas las que con más afán las han estudiado al través de un largo proceso colonial que termina transformando la mentalidad, y también el lenguaje de las comunidades.

El proceso global impone hoy las lenguas del dominio mundial como las que habrán de ir quebrando y destruyendo las lenguas tribales y locales que se dispersan por la faz del globo. En la mayoría de los casos esas lenguas no tienen contacto con la globalidad, responden a sociedades en donde la comunicación es un hecho de supervivencia virtual que recoge costumbres, tradiciones e historias.

Mientras el proceso de la conquista de esas sociedades no introdujo nuevas “necesidades”, la lengua local les bastó, pero cuando esas sociedades cayeron dentro del círculo de la expansión de los lenguajes conquistadores e iniciaron el intercambio con sus vecinos nuevos o con sus conquistadores poseedores de mayor dominio tecnológico, las lenguas se acorralaron para seguir siendo intérpretes de una sociedad en desuso para la cultura imperialista o capitalista o bien para la cultura globalizante.

ALFABETIZAR CON LENGUA AJENA
La propia Unesco ha señalado en ocasiones la dificultad de lograr un proceso de alfabetización total. Al proceso se le ha dado una visión universalista, y el mismo sólo abarca lenguas mayores, o lenguas dominantes geopolíticamente de Estados ya integrados a la vida global. Dentro de esos Estados, sin embargo, muchos poseen la multilingüe realidad que los desune.

Pueblos, como el Perú por ejemplo, o como Guatemala, por sólo citar los hermanos más cercanos, poseen programas de alfabetización en castellano, pero no en maya, o en aymara o en quéchua; lo mismo pasa en otros medios mundiales en donde la alfabetización sólo se realiza en las más amplias gamas del lenguaje usual, quedando relegada la presencia de las pequeñas lenguas tribales, hijas de una cotidianidad milenaria.

Por tanto, el proceso global privilegia lenguas y deteriora lenguajes. Parece ser algo difícil la alfabetización total, incluso para las lenguas “estatales”. Las demás lenguas, parte de esas seis mil que la Unesco denuncia como lenguas en peligro, no tienen sentido para la alfabetización. Mueren lentamente en la medida en que las guerras tribales se desarrollan y mientras desaparecen las comunidades que las han usado durante milenios de comunicación oral.

La alfabetización de un maya en el marco de la lengua estatal significa la muerte de una serie de conceptos intraducibles y de costumbres que viven como parte de una lengua originaria. La nueva lengua aprendida termina afectando la lengua originaria porque la inserción en la sociedad de consumo exige de un lenguaje que va al mercado, a la relación humana estatizada y a un sistema de convivencia que obliga a la dependencia al través del lenguaje.

Si como dijera Miguel de Unamuno “la lengua es la patria del alma”, valdría considerar que esa basamenta es la expresión viva de una tradición milenaria que hoy se muere, porque la diversidad de lenguas nos habla de diversidad de culturas, y una vez fusionadas las mismas en el marco de modelos que afectarán definitivamente los lenguajes, asistiremos, seguiremos asistiendo, a la desaparición de por lo menos cuarenta lenguas cada año, según las estadísticas más recientes.

MUERTE DE LA CULTURA LOCAL
Durante los últimos viajes realizados por quien escribe, algunas experiencias explican la muerte del proceso cultural local gracias a la presencia monetaria, por ejemplo, o bien gracias al intercambio y a la protección del Estado para algunos grupos tribales.

En los años 70 visité las comunidades warao de la desembocadura del río Orinoco. He escrito en alguna parte cómo los indios perdieron, debido al comercio con el hombre blanco, su unidad idiomática milenaria y su modelo cultural. Estos recolectores de frutos, cazadores selváticos y pescadores de los caños del río, desconocedores de la agricultura en siglos pasados, pasaron a tener contacto con los comerciantes de la costa y de la isla de Trinidad, aceptando instrumentos de acerco, abandonando su sistema de vida, aprendiendo una agricultura para la venta, y variando su modo de vida al punto tal que la moneda deterioró su sistema alimenticio.

Aprendieron a cultivar yahutía para los mercados, en vez de comerse la caza y la recolección la usaron para la venta, presionando su ecosistema, empobreciéndolo para suplir demandas, y aceptando la moneda se “integraron” socialmente comprando refrescos, productos enlatados y alimentos no tradicionales que carecen del suficiente balance para mantener la dieta equilibrada. El cacique terminó vendiendo sardinas enlatadas y gaseosas. La lengua warao, ya simbólica en la zona, se fue deteriorando.

Un segundo modelo es el del Estado “proteccionista”, que al “proteger” elimina los valores culturales. En mi más reciente viaje a la Guayana francesa observé con curiosidad cómo existe este tipo de “integración estatal” capaz de producir la transición casi etnocida sin ejercer una violencia que no sea la de la cultura. El indio guayanés de la selva, como el intelectual de París, o el recolector de viñedos de Las Landas, es un “citoyen”, un ciudadano francés. En el caso, el Estado francés tiene que dar a los desempleados un salario legal de subsistencia. Los indios del Oyapock son ciudadanos franceses “sin empleo”, aunque posiblemente no serán integrados jamás a las formas de vida burocrática por razones ecosistémicas y de otro tipo. Como ciudadanos franceses, sus hijos reciben alfabetización en lengua diferente del dialecto caribe al que pertenecen.

En fin, la globalización comenzó en 1492, su evolución alcanza aún a las sociedades actuales, los métodos son nuevos, y muy posiblemente su efecto devastador será en el presente siglo más intenso que el desarrollado durante los últimos 500 años de historia.


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