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Un destino de libertad
Por Rafael García Romero
La literatura es un destino. Un destino de libertad, y cada escritor asume un destino a través de un género específico, que son los caminos, las rutas, la forma de llegar a un lugar específico, cuando se discuten ideas, conocimientos o se trabaja con la imaginación.
Max Henríquez Ureña, el tercer hijo de Francisco Henríquez y Carvajal y Salomé Ureña, tuvo un destino de libertad. Poeta narrador y ensayista. Nació en Santo Domingo el 15 de noviembre de 1885 y junto a Pedro le daría sentido a través del tiempo a la vida y obra de sus padres.
Los avatares políticos del padre y la precaria salud de Salomé pautaron el ritmo de vida de los hermanos Henríquez Ureña durante su infancia y juventud. Max, en una crónica panorámica, llama a ese periodo "días de inquietud y zozobra". Escribe que desde "el nacimiento de nuestra hermana Camila el estado de salud de nuestra madre se agravaba de día en día, razón por la cual ella se había decidido a cerrar el plantel de enseñanza que había fundado quince años atras".
En realidad Salomé y los niños vivieron con "inquietud y zozobra" desde que Francisco Henríquez y Carvajal viajó a París para hacer una especialidad en medicina, que se extendió de manera necia y tortuosa hasta el sufrimiento humano. Francia, sin ninguna duda, aportó mucho a la familia, a la calidad de vida, agrandó la visión de un hombre que sirvió de guía y revelación a Salomé y que constituyó un faro intelectual para sus hijos, pero de manera nefasta dividió la familia durante varios años.
El regreso del esposo y padre a República Dominicana no puso coto a los "días de inquietud y zozobra". No hay dudas que Francisco Henríquez y Carvajal atentó siempre con sus asuntos contra la unidad familiar. Era un político opositor y todo lo que hacía tenía una inmediata repercusión en su familia. En medio de la última convulsión económica había resuelto, inconforme con el régimen del Presidente Ulises Heureaux, emigrar y establecerse profesionalmente en Haití. Salomé estaba enferma y, según Max, llevarla a Cabo Haitiano era someterla a un esfuerzo demasiado fatigoso, ya que en ese momento no había transporte maritimo directo. Una solución intermedia surgió: Salomé se quedaría con Pedro y Max en Puerto Plata, que tenía un clima sano y favorable para ella.
Francisco Henríquez y Carvajal vivió un mes con la familia en una pintoresca casa próxima a la playa, en Puerto Plata y luego se estableció y abrió un consultorio en Cabo Haitiano. La noticia de la muerte de Ana Díaz, tía abuela de Salomé le abrieron la puerta a esos "días de inquietud y zozobra". Ese hecho funesto hace que Pedro vaya a vivir a Santo Domingo, con la tía Ramona y la abuela. Max cuenta: No tardamos en seguir sus pasos. Mi madre se sentía cada vez peor y tomó la resolución de regresar también a su ciudad natal, con el presentimiento de su próximo fin. Mi padre se apresuró a acudir a su lado para prestarle su constante auxilio, pero ella sólo sobrevivió unas semanas más.
Los "días de inquietud y de zozobra" nunca dejaron de ponerse en el horizonte de los Henríquez Ureña. En Nueva York, cuando el porvenir se presentaba halagüeño y venturoso, cambió el panorama. "El gobierno de Jimenes fue derribado por la revolución injustificable del veintiséis de abril de 1902. Mi padre se apresuró a comunicarnos que no podría mantenernos en Nueva York porque carecía de recursos para tal fin y se preparaba a trasladarse a Cuba en busca de un nuevo centro de actividad profesional."
A Max no hay que verlo esencialmente como un escriba. En realidad tiene una responsabilidad mucho más importante. Max es el artífice de la historia familiar, la memoria de relevo, quien se ocupa de la cronología y le da un carácter de trascendencia histórica a la familia: ordena papeles y conserva documentos, fotos, cartas, notas y mantiene vivo con la fuerza de su trayectoria intelectual y fervor eternohacia la diva y poeta Salomé Ureña.
Todavía queda un episodio memorable y gris que cierra los "días de inquietud y zozobra". Max Henriquez Ureña cuenta. "A mediados de 1916 mi padre fue llamado a la Presidencia de la República, por elección constitucional que de su persona hizo el Congreso Nacional en momentos de aguda crisis política, cuyo más sensible resultado fue el desembarco de tropas de los Estados Unidos de América en territorio dominicano."
El presidente Henríquez y Carvajal considera inaceptables las condiciones para pactar la desocupación y sale del país. Era Presidente de jure cuando en Estados Unidos inicia una campaña de protesta y levanta la bandera de la soberanía dominicana. "La situación de guerra mundial que entonces prevalecía y la entrada ya inminente de los Estados Unidos de América en el conflicto, hicieron de momento imposible la campaña proyectada. Inútiles fueron los esfuerzos de mi padre por hacerse oír en Washington; y en vista de ello se reintegró al ejercicio de su profesión en Santiago de Cuba."
En 1924 se definió la desocupación de República Dominicana y se marchan las tropas norteamericanas; pero ya era muy tarde para reagrupar la familia. Francisco Henríquez y Carvajal se quedó en Cuba y reafirmó su vida al lado de Natividad Lauransón y su nueva familia. En el destino de los Henríquez Ureña Cuba resultó una tierra de albergue. Allí también quedó Max, país al que arribó luego de su estadía en Norteamérica y donde residió durante muchos años, obtuvo el título de Doctor en Filosofía y Letras. A Pedro le sucedió igual. Volvió de los Estados Unidos a Cuba, luego hizo camino a México, regresó de manera muy efímera a República Dominicana, viajó a Francia y se estableció definitivamente en Argentina. La distancia creció, y nuestras vidas -escribió Max- se bifurcaron cada día más.
Si Cuba resultó un puerto de llegada para su padre, a Max la política y su fama de gran orador, sin olvidar su sólida cultura, ya que igual era un excelente conferenciante, lo llevarían a distintos escenarios. Así viajó por los Estados Unidos, España, México, Argentina, Brasil y Puerto Rico, países, junto a otros de Hispanoamérica, donde vivió temporalmente y expandió sus conocimientos humanísticos.
El astro de Max, no obstante, creció en Cuba. Allí prácticamente se hizo escritor, fue profesor de literatura de la Escuela Normal para Maestros, director del Ateneo y de la Academia de Derecho González Lanuza; y miembro de Número de la Academia Nacional Cubana de Artes y Letras; pero su destino dio un giro impresionante con un hecho de naturaleza política: el ascenso de Rafael Leonidas Trujillo, en República Dominicana, lo aparta definitivamente de Cuba. La familia y los méritos propios hicieron que entrara en servicio y alcanza importantes posiciones: Ministro Plenipotenciario de la República Dominicana en Londres y en Washington, Secretario de Estado de Relaciones Exteriores, Superintendente General de Enseñanza, Secretario de Estado de Interior y Policía.
Era muy joven Max cuando se conoce su poemario Anforas. En ese género publicaría Fosforescencias (1930) y Garra de luz (1958); pero con anterioridad había publicado su novela La independencia efímera (1938). La historia resultó un filón poderoso, que cautivó su atención y dio cauce a su prosa con tres novelas más: La conspiración de los Alcarrizos (1941), El arzobispo Valera (1944) y El ideal de los trinitarios (1951).
La novela, sin dudas, fue un género que trabajó de manera muy sistemática. Entre principios de la década del cuarenta y finales de la década siguiente publica tres novelas (La conspiración de los Alcarrizos. Lisboa: Sociedad Intrustrial de Tipografía, 1941. El Arzobispo Valera. Río de Janeiro: Fundacao Romao de Mattos Duarte, 1944. El ideal de los trinitarios. Madrid: Edisol, 1951); dos ensayos (Les influences Francaises sur la poésie Hipano-Americaine. París: Institut de Etudes Americaines, 1938. Poetas cubanos de expresión francesa. Revista Iberoamericana, 1941) y un libro de historia literaria (Panorama histórico de la literatura dominicana. Río de Janeiro: Companhia Brasileira de Artes Gráficas, 1945). Eso quiere decir que fue la década de su mayor intensidad creativa.
En la década siguiente, que corresponde al periodo que muere, apenas publica tres libros (Quasimodo: ensayos sobre las literaturas contemporáneas. México: Tezontle, 1960. Panorama histórico de la literatura cubana. San Juan, Puerto Rico: Ediciones Mirador, 1963; y Breve historia del modernismo. México: Fondo de Cultura Económica, 1964).
El ensayo resultó el segundo género de su atención, pero el que más explotó con el tiempo. Publicó: Tablas cronológicas de la literatura cubana (1929), El retorno de los galeones (1930) y Les influences Francaises sur la poésie Hipano-Americaine. 1938. Poetas cubanos de expresión francesa. 1941. De Rimbaud a Pasternak y Quasimodo: ensayos sobre las literaturas contemporáneas, 1960.
En fin, la producción habla que Max tuvo un destino de libertades, pero no fue un escritor imaginativo, de creatividad fantástica. Todo lo contrario, tenía una fuerte fijación a sus raíces, tanto cubanas y dominicanas. En realidad, raíces insulares que lo llevan a novelar la historia, a escribir ensayos y relatos.
En la postrimería de su vida quiso escribir un libro muy cercano a él y a su familia, que ya estaba documentado. A Camila, cuando se hallaba en Puerto Rico y ella en Cuba, le pidió hacerse cargo de los papeles del papá y otros documentos familiares. "Muchos de esos papeles los he de utilizar, si vivo lo bastante, para el libro que quiero preparar con el título Mi padre, al cual espero poder dar comienzo antes de un año". Ese libro, Mi padre, si Max lo empezó no hay constancia que avanzara mucho. La muerte lo sorprendió en Santo Domingo, el 23 de enero de 1968. |
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