28 de Enero del 2002 • Edición número 1,239
 SECCIONES
 



Suscripciones
al teléfono

472-7694 de lunes a viernes de 9:00am a 6:00pm o al correo electrónico
El arte amañado
y el general Luperón



Por Jacinto Gimbernard Pellerano

No cabe duda, el dottore Cesare Lombroso, médico, antropólogo y criminalista italiano (1836-1909) "metió la pata' (y no la sacó a tiempo para quedar bien, como aconsejaba sabiamente Tres Patines). Lombroso consideraba, y exponía con vigor, que la herencia y las enfermedades nerviosas representan un papel capital en la psicología del criminal y aminoran en grandes proporciones su responsabilidad. De allí pasó a crear una arbitraria descripción de lo que llamaba el criminal nato. Atribuyó a hombres de genio coincidencias con los locos, y todavía queda la sombra de esa conexión entre la excentricidad creativa, el idealismo vigoroso e indeclinable, y la locura. Muchos estudios fueron inspirados por aquellas afirmaciones desaforadas pero, anteriormente, en la Edad Antigua, Aristóteles tomaba en cuenta la forma humana como señal de realidades interiores. En el Renacimiento aparece un fisiognomista como J. B. Porta y la intención continua con las observaciones de Carus y del pintor danés Sophus Schack.

Los rostros, el tronco o las manos no tienen una significación tan exacta como estos investigadores suponían, pero no cabe duda que la persona nace con una imagen física que se transforma conforme a sus verdades más íntimas. La honradez, la decencia, la astucia cobarde, el bien y el mal, dejan un sello en el rostro. Es por eso que me duelo y ofendo cuando miro la cabeza (porque no es un busto) del general Gregorio Luperón, esculpido en material rosado.

¿Esa mandíbula, ese maxilar inferior que termina la trayectoria de un rostro que brota hacia fuera a medida que desciende, tiene algo que ver con el rostro equilibrado del reverenciable general restaurador?
Existen fotos de este gran personaje de nuestra historia, un hombre en el cual convergían la valentía del guerrero con el patriotismo y con la acción esforzada en la justicia y la integridad.

Enemigo acérrimo del general Pedro Santana por el decreimiento de este último en la capacidad nacional para ser un país independiente y para defenderse del peligro haitiano, a la muerte de Santana, Luperón escribió: "Como hombre moral y honrado, ninguno ha podido serlo más que el general Santana en su país. Como soldado tuvo desde el primer día de su carrera, maravillosa penetración, gran perspicacia, admirable entereza, gallardo valor y extraordinaria energía. Era un táctico de notable superioridad, con espíritu verdaderamente organizador, amante de la disciplina, con peculiar pericia, gran serenidad y actividad infatigable. Era austero, probo, y apasionado por el orden hasta ser inexorable" (Rodríguez Demorizi: Retratos de Santana)

A lo que voy es al respeto que merece una persona como el general Luperón, de origen humildísimo, que de niño vendía piñonates en una bandeja por las calles para ayudar a su madre, y cuando tuvo contacto con la justa percepción de don Pedro Eduardo Dubocq se encargó de los trabajos de corte de madera en Jamao.

Entonces tuvo acceso a algo muy inusual en el campo: una biblioteca que lo magnetizó y movió a acercarse a un maestro inglés que lo enseñó a leer.

Ese personaje, que tenía veintidós años cundo la reincorporación a España el 18 de marzo de 1861, fue arrestado por haber propinado unos palos a quien habló mal de los dominicanos.

Se fugó y a los pocos días se embarcaba por Haití hacia Norteamérica. De allí regresó para luchar por la Restauración, sin nombre, sin fama y sin fortuna, alentado sólo por un patriotismo, una decisión y una valentía personal impresionantes.

Se trata de la Espada de la Restauración, en quien se funden las virtudes del gran soldado con la del ser humano rico en altos valores.

Esos valores, a pesar de errores en la fisiognómica, se reflejan en el rostro.

Si uno lee El lenguaje del rostro, del profesor y doctor Fritz Lange, Consejero Áulico de la Universidad de Munich u otras obras equivalentes en el estudio científico del rostro, se asombra de la significación que tienen los rasgos faciales. Todos ellos.

Tal vez por haber hojeado alguno de esos volúmenes antropológicos me afecta tanto ver una cabeza del general Luperón en la esquina de las avenidas Luperón y Anacaona, que deforma las facciones de tan respetable héroe.
Entendámosnos.

Las libertades (cómodas) del arte moderno no tienen nada que ver con el respeto que merece un personaje histórico excepcional como es el general Luperón.

Mírese el Balzac que esculpió Auguste Rodin y que está en una avenida parisina. Es arte moderno, pero respetuoso.
Aquel es Balzac.

Este no es Luperón.


Otros
artículos


Un destino de libertad
LIBROS

Cuando se pierde la lengua


VISITE LA WEB DE LOS PERIÓDICOS
Hoy|El Nacional


Revistas Nacionales, S. A. | Santo Domingo, República Dominicana | Todos los Derechos Reservados