La vergüenza carcelaria
En República Dominicana no existe tal cosa como un sistema carcelario. Se trata de una ilusión que existe sólo en la imaginación de la gente. Los reservorios en que se acumulan cuerpos para apartarlos de la vista no reúnen las condiciones que satisfagan la más indulgente definición de penitenciaría. Antes que sistema, se trata de un mecanismol

Por Tony Rodríguez
No sabemos aún cuántos reclusos hay en las cárceles dominicanas. Sin esas estadísticas, todo intento de elaborar una política carcelaria racional y eficiente no es menos que un ejercicio del sarcasmo.
Suele culparse a las autoridades responsables por esta situación. Empero, un sistema judicial ineficiente en tanto es incapaz de encausar en tiempo satisfactorio a los que le son sometidos no escapa exento de máculas.
Por lo tanto el problema no es tan simple como señalar culpables. Más bien se trata de reunir voluntades que no se han revelado hasta el momento. Se requiere de una voluntad de poner al día los códigos y reglamentos en una cruzada que deben emprender el Poder Judicial y el Legislativo, para lograr que éstos respondan a las necesidades e intereses de la colectividad a la que hoy son extraños, por caducos.
Además, se necesita una revolución que logre hacer variar las actitudes del común y de las autoridades respecto de los reclusos, de manera que el mecanismo se convierta en sistema capaz de dar respuestas donde hoy sólo tenemos interrogantes y el silencio.
Mirando al monstruo desde dentro
Le llamaremos Juan Pérez, porque ni su rostro ni su nombre real pueden ser revelados. Ha sido recluso en La Victoria y no sabe cuándo pueda volver a verse entre sus muros nuevamente.
No es, precisamente, uno de los olvidados que describe en el relato que sigue, tiene dolientes que, cuando se ha visto encarcelado, se han ocupado de que no le falte nada. Accede a hablar porque todo lo que sea en beneficio de los muchachos presos está bien.
Mientras se está en el Palacio de Justicia, luego de haber sido detenido, todo es color de rosas, cuenta nuestro informante. Allí no hay grupos organizados que detenten poder sobre los reclusos, porque nadie permanece allí por largo tiempo. La comida es buena, porque es la misma que les dan a los miembros de la Policía Judicial, que reparten la propia entre los detenidos.
Hasta allí, todo bien.
Cuando llegas a La Victoria, te mandan de inmediato a un sitio que se llama La Plancha. Uno dura dos o tres días en ese lugar. Ahí te quitan todo lo que trajiste, sea ropa, utensilios de cocina o de higiene personal, dinero, todo, mientras lo dice aspa los brazos para enfatizar los rigores del despojo. Te lo quitan los presos que están allí, prosigue, pero ellos están allí para eso, en complicidad con los policías. La excusa para mantenerte allí es que en ese tiempo te fichan, te hacen tu record, que tiene toda la información sobre señas particulares, sobre tatuajes o cosas por el estilo.
Un momento de silencio y luego remata: Eso no tiene madre.
Además de dar la bienvenida, La Plancha sirve para castigar reclusos con mala conducta. Te llevan allí y te torturan, casi desorbita los ojos.
- ¿Cómo?
Te dan en la espalda con un cable tensor de poste de luz, no te salva nadie. El que se porte mal lo sufre en carne propia.
En La Victoria hay varias áreas, que corresponden a varias categorías de presos.
Unos van al Patio; otros al Hospital; otros tantos van al Consulado, o bien a La Embajada; los más pudientes, siempre con nuestro informante, a Alaska, una suerte de piso ejecutivo.
Para tener un espacio en Alaska hay que pagar mucho dinero. Ahí hay comodidades, todo es mejor.
- ¿A quién se le paga?
A los policías. Ellos deciden dónde va uno, y si hay dinero, vas donde quieras.
Las características del recinto
El Patio y Gualey son la misma cosa, dice en voz alta Juan Pérez y se levanta de su asiento.
Cada grupo se define en términos de procedencia. Hay un grupo que se hace llamar los crisitorreyanos, porque son de Cristo Rey; otro los gualeyanos, y cada área tiene sus grupos. Estos grupos, dice el informante, controlan las drogas y el crédito
-¿Crédito?
Claro. Allá se usa los que se llaman los cartones, que son lo mismo que una tarjeta de crédito. Allá se vende de todo, ropa, zapatos, comida de todo tipo, cocinada o cruda, embutidos, hay frituras, lo que tú quieras. Eso es otra ciudad. Cuando quieres algo, pides un crédito en un negocio, y te lo apuntan. El día de visita, cuando tus familiares se van, se supone que has recibido dinero y entonces pagas. Si no pagas, tienes problemas con las bandas, que son las dueñas de los negocios, o a las que los dueños de los negocios les pagan protección. Si nadie te va a visitar, no te molestan, porque se supone que no recibiste dinero, pero si te visitaron y no pagas, te cobran a punta de cuchillo. Es tanto así que todos los días de visita hay heridos.
- ¿Hay armas?
Todo tipo de armas blancas. Te dije que se vende de todo. Mira, la droga de La Victoria es más barata y de mejor calidad que la de la calle, porque, debido a la precariedad, no la pueden cortar en el caso de la cocaína-. Es más, yo tengo un primo que el perico cocaína- de su consumo va a comprarlo a Najayo, con eso te digo todo.
Consciente de que su relato es más que revelador, el informante mira a su interlocutor con una sonrisa mientras niega con la cabeza. Tú crees que es relajo, eso es el infierno, dice.
A seguidas, se queja de la promiscuidad, del hacinamiento, de la falta de salubridad.
Eso es un mercado: sucio, con gente que vive una sobre la otra, con muchas enfermedades, y la comida es una m
, lamenta Juan Pérez.
El agua es mala, pero se venden botellones, funditas y galones. Ese negocio es del coronel
, ante la sorpresa, repone, el coronel es el dueño del negocio del agua. Hay otro coronel que tiene almacén en el pueblo, y los negocios que están dentro de la cárcel tienen que comprarle a él, si no, no les dejan entrar las mercancías. Mira, hasta los embutidos entran con factura. Allí todo es negocio. Los servicios médicos son elemento crucial en la supervivencia en tal ambiente. Nuestro informante se queja de la falta de recursos para que los médicos lleven a cabo una labor adecuada, pero admite que hay lo esencial. El personal; bueno y de trato humano.
Así llama Juan Pérez a los penales. Se explica.
Mira, aquí hay pocos delincuentes nuevos, lo que hay es un reciclaje de los mismos delincuentes. Las cárceles son cámaras de reciclaje de la delincuencia. Tú entras hoy porque tuviste un accidente y mataste a uno con tu carro, pero te ponen junto con uno que ha matado a varios, o a un violador, o a un ladrón. Qué se puede esperar. La cárcel transforma a los que entran. Tu vida cambia después que caíste preso. Hasta los asesinos y ladrones aprenden porque entre tanta gente, al final, adquieren nuevas técnicas que no conocían.
Cómo se escapa un preso
Cuando se presentó a la prensa a los supuestos asesinos del senador Darío Gómez, y se reveló que algunos estaban condenados, se hizo el escándalo. Cómo pudieron salir, se preguntaba toda la sociedad dominicana. Con dinero, responde el locuaz informante de AHORA. El día de visita, por ejemplo, alguien, con quien ya estás combinado, viene y declara que va a visitar a otro preso. Cuando está dentro, se cambia la ropa contigo y tú sales por él. Al rato, el visitante va a salir y lo detienen, porque se supone que ya salió. Lo investigan por unos minutos y, cuando se determina que no es un recluso, lo tienen que dejar ir, y todos felices. Claro, siempre hay dinero de por medio, asegura. Si me preguntas por el Mago, te puedo decir que lo conocí allá. Conocí a todo ese grupo. Ellos estaban presos allá y el Mago era cocinero en el Patio. Cómo salieron, no te lo puedo decir, pero de que hubo dinero de por medio, lo hubo.
El nuevo director de Prisiones
Tras una serie de escándalos que corroboraron las denuncias y sospechas de profundas deficiencias y la falta de controles en el mecanismo penitenciario dominicano, José Persia fue destituido como Director General de Prisiones, y en su lugar fue designado el general Miguel Mateo López (PN).
El recién designado funcionario no desconoce la situación carcelaria: ha sido comandante, es decir, encargado de seguridad, en los penales de La Victoria, Najayo, Baní y Monte Plata. Ergo, sabe en lo que se ha metido. Sabe que no es tarea fácil.
Miguel Mateo López es parco, reservado, piensa sus respuestas y parece saborearlas antes de darlas.
El problema carcelario no es de ayer ni de antier, es un problema antiguo, dice, refiriéndose a las deficiencias del mecanismo; parece adelantarse a quienes esperan soluciones rápidas. En efecto, a la pregunta respondió primero con una sonrisa de indulgencia y luego con las palabras precedentes.
En su opinión, no todos son problemas por resolver en el conjunto de penales que ahora tiene bajo su responsabilidad.
Hay muchas cosas buenas, mucho trabajo positivo que se realiza desde esta Dirección. Hay mucha gente que acude a ayudar a los reclusos, que viene de las iglesias a traer aquello que se necesita; siempre en colaboración con este despacho, con esta dependencia, asevera.
Parece ir descifrando las preguntas de entre las palabras, como si descodificara un mensaje secreto cuando se le cuestiona en torno a la histórica incapacidad del mecanismo para regenerar a los internos.
Nueva vez sonríe, indulgente, y se reclina en el negro sillón de su despacho. No se puede decir que quienes entran salen peor que como entra ron. Si bien puede que sea ese el caso de algunos reclusos, no es el de la generalidad. No. Por ejemplo, en el sector de Alaska, en La Victoria, hay muchas actividades que tienen un carácter reeducativo, que buscan reinsertar a los reclusos en la sociedad como personas sanas y de bien, dice mientras se lleva la mano derecha al mentón.
Aún con la mano en el mentón, que acaricia una piel perfectamente afeitada, recibe con mirada fija la siguiente pregunta, en torno a la corrupción, de tráfico de favores y de pases de dinero por debajo de la mesa en los recintos.
Ahora no hay sonrisas, sino una actitud adusta y una respuesta de calculada mesura.
El sistema no es corrupto en sí mismo, espeta con compostura. Si bien puede que sucedan casos aislados, no es un problema generalizado. Mire bien, como Comandante de penal tuve la oportunidad de investigar uno que otro caso en que se sospechaba que un custodio cometió negligencia, que violó el reglamento, pero por lo general no se trata de una actitud de los custodios; usted sabe, dondequiera se cuecen habas
Que no le quepa la menor duda de que, en sentido general, el personal de custodia de las cárceles no actúa de manera corrupta, pues pone en peligro su puesto, del que vive, y su carrera, que puede ser tirar por la borda diez o quince años de su vida.
Pasado el momento, una pregunta de rigor. ¿Dónde reconoce su mayor reto?
Hay que hacer un esfuerzo por computarizar los registros, porque todo quede en archivos informáticos, para facilitar y agilizar todos los procesos de esta dependencia. Ese es un reto que tenemos por delante.