21 de Enero del 2002 • Edición número 1,238
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La plástica contemporánea
y su consagración



Por Rafael García Romero

Las artes plásticas en República Dominicana y un conjunto de pintores, escultores, dibujantes, tienen un espacio. Todavía se trate de un espacio breve, que no llega a estadio, a periodo. Un espacio que ha pasado por un proceso de desarrollo muy accidentado, el avance ha sido lento y no siempre continuo. En todo hay que involucrar la frágil estructura económica del país, acentuadas características sociales y la deficiencia de un sistema educativo.

Nadie ignora que el arte es el lujo de los pueblos. Y esto quiere decir que si vivimos marcados por los paradigmas que acompañan el desarrollo del país el arte viene después. El después en Santo Domingo significa que habrá arte si hay excedentes en las demás áreas básicas del desarrollo nacional. En la década de los ochenta hubo un indicio de desarrollo; pero terminó bruscamente frenado y sólo se reanudaría a principios de la siguiente década. En las artes plásticas aquella década resultó muy reveladora: nació el Colectivo Generación Ochenta, que aglutinó inicialmente a un centenar de artistas plásticos, en su mayoría egresados de la Escuela de Pintura de Bellas Artes.

En qué condiciones surgió ese colectivo. En el país no había muchos pintores, salvo los de siempre; tampoco contábamos con galerías formales. Las pocas que existían eran negocios para vender cuadros y sólo funcionaban en el Distrito Nacional o en dos ciudades importantes del país. Las exposiciones se armaban en recintos idóneos: la Escuela Nacional de Bellas Artes, el Palacio Consistorial, el Palacio de Bellas Artes, la Casa de Francia, el Museo de las Casas Reales, la Biblioteca Nacional, hoteles y bancos; pero no había una real disponibilidad de espacios habilitados para tales fines.

La asistematicidad, la informalidad y una incipiente demanda transformaron un edificio colonial en una galería de arte. Allí fue acogido por primera vez el arsenal pictórico del Colectivo Generación Ochenta. Ese lugar, Casa de Bastidas, alberga todo lo que culturalmente es el Voluntariado de las Casas Reales. Una institución, hasta hace poco dirigida por la señora Rosa María Vicioso, con el apoyo de la crítico de arte, Marianne de Tolentino, y que dio un impulso decisivo a las artes plásticas de una nueva generación.

No era para menos, porque hay que recordar que fue política y económicamente la década de los ochenta. Primero, fue el inicio de un período funesto de endeudamiento y fatal desde el punto de vista político; y en cuanto a las artes plásticas, ciertamente, comparto la opinión del artista José Ramón Medina, quien plantea que en esa década el panorama de las artes plásticas en República Dominicana era una negación total a las posibilidades de un artista joven para canalizar todas sus potencialidades creativas.

En el orden social el Colectivo tuvo que emerger con sus fuerzas y un arcoiris de talentos propios. Y no de inmediato se ganó un espacio; pero en cuanto a la realidad económica necesitó construir un mercado, despertar un público no sólo visual, que frecuentara las galerías y exposiciones, sino transformarlo en comprador activo; y con el tiempo en coleccionista.

El tiempo viene consolidando aquella generación de artistas plásticos. A la cabeza de la cual están Gabino Rosario, Hilario Olivo, Dionisio de la Paz, Genaro Phillips, José Ramón Medina, Lissette Mejía, Remberto Rondón, Luz Severino, Maritza Alvarez, Mayobanex Vargas, Belkis Ramírez y tantos más que la memoria reúne y el espacio nos impide mencionar.

Las exposiciones de las obras del Colectivo Generación Ochenta en importantes salones de exposiciones temporales de galerías privadas y su presencia espaciada en el Museo de Arte Moderno así lo confirma.

El presente año resulta en tal sentido idóneo para hacer un balance plástico. Nadie mejor, por su posición, su trabajo y su afianzamiento académico, para ofrecer una visión del momento que vive la plástica contemporánea, que José Ramón Medina, uno de los artistas plásticos que protagonizó el acto de sacar adelante el Colectivo Generación Ochenta, y quien entiende que se trata de un conglomerado de artistas visuales que marca la diferencia, hace un drástico corte en la historia y define un cambio en los valores estéticos e ideológicos en los últimos tiempos en República Dominicana.

En cuanto a los estadios y procesos que han marcado la plástica nacional considera que se avanza muy lentamente. De ahí que, según José Ramón Medina, podríamos hablar en el país de tres épocas claramente diferenciadas, “ya no en función de la fecha o época específica en que aparezca uno o varios artistas, sino en función de los cambios producidos”. En cuanto a los cambios, plantea que habría que tomar en cuenta a los pioneros, a partir de la segunda mitad del siglo diecinueve. Un periodo en el que tiene capital importancia Luis Desangles, y que se afianza con el trabajo de Abelardo Rodríguez Urdaneta, Leopoldo Navarro, Enrique García Godoy y Celeste Woss y Gil. En ellos, dice José Ramón Medina, recae la responsabilidad de un inicio. Son cinco artistas plásticos que llevan sobre sus hombros el inicio, son los precursores del arte plástico en República Dominicana.

Ahora, qué razones hay para tal convicción. La respuesta está en sus obras, según Medina, son precursores, porque trabajaron una plástica apegados a conceptos clasicistas, unos; y otros, a las corrientes impresionistas que les reveló, o llegó a ellos con la lentitud o prontitud que la tecnología del momento les permitiera.

En cuanto a un segundo período, se inicia con la gran oleada de inmigrantes europeos, sobre todo de aquellos españoles que a principios de la década de los cuarenta arriban a República Dominicana huyendo a la persecución y los horrores de la Segunda Guerra Mundial, o la Guerra Civil española.

A este período se debe la creación de la Escuela Nacional de Bellas Artes, en el 1942, y que será a partir de este momento cuando la academia marcará de manera disciplinada la historia de la plástica dominicana.

Un acontecimiento que dará sus frutos, pero que al mismo tiempo enfatizará la atención en la arritmia histórica que acompaña a través de los años a la plástica nacional, primero apegada a los cánones; y luego, a partir de los años setenta, hay un sendero que abre otras alternativas creativas, pero muy tímidamente. En cambio, la Escuela de Bellas Artes juega durante la siguiente década un papel decisivo para enfrentar el viejo orden creativo, sobre todo porque hubo una mayor atención a la escuela, a la formación académica, en busca de la técnica que ayuda al afianzamiento, a los experimentos y las investigaciones que pautan los caminos propios.

Un fenómeno así no vino solo. Entre otros factores asociados, ajenos a los políticos o sociales, están los de orden académicos, las nuevas escuelas de arte, entre ellas, las universidades Autónoma de Santo Domingo, Apec y la Pedro Henríquez Ureña, y de manera enfática la escuela de Arte y Diseño de Altos de Chavón, que contribuirían decisivamente a que los jóvenes dominicanos pudieran encauzar sus retos creativos.

Esa situación, una mayor cantidad de escuelas de formación, mayor apoyo y vínculos entre maestros y discípulos, facilidades de estudios aquí y en el extranjero, durante la década de los ochenta, tendría consecuencias inmediatas. Primero una explosión de las artes plásticas, con más artistas y mayor disponibilidad de obras; segundo, una mayor comunicación con el mundo, traducido en atención de importantes centros culturales, que abren sus salas y acogen los cuadros y promueven exposiciones individuales y colectivas; y tercero, preocupación por la inexistencia de un mercado de obras, sin salas o centros culturales idóneos para propuestas, exhibición y venta.

El Colectivo Generación Ochenta fue decisivo en la construcción de una voluntad ética cultural, la demanda y conquista de nuevos espacios y un promisorio mercado de arte. En muchos artistas, dice Medina, se proyecta la necesidad de cambios y comienzan a cuestionarse valores y concepciones del arte que confluían con manifestaciones folclóricas, del naturalismo, criollismo y otros tantas manifestaciones de límite, y que frenaban de manera dramática la libertad creativa y la fluidez de las potencialidades plásticas.


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