31 de Diciembre del 2001 • Edición número 1,235
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Paráfrasis al “Alone” de
Edgar Allan Poe



Por Jacinto Gimbernard Pellerano

El tiempo de Navidad es propiciador de honduras que nos esforzamos por ignorar, empujándonos hacia alegrías y superficialidades, hacia risas y alborozos que son mayormente ficticios. Hay algo íntimo en la Navidad, algo conmovedor y solitario. La unicidad de cada persona pareciera resquebrajarse y por misteriosas hendijas del sentimiento se cuela un extraño pesar por los demás seres humanos, que también se sienten recónditamente solos y desconcertados por el enigma del vivir.

En torno a la soledad íntima y recóndita he recordado un poema de Edgar Allan Poe, que habla de la soledad, y así se titula: Alone [solo]. Hace tiempo escribí una paráfrasis o un contracanto del poema, que me permito ofrecer en estas páginas, por impulso de sensaciones remotas.

Y conmovedoras.
Dijiste Edgar:
“Desde las horas de mi niñez
nunca fui como los otros fueron…”
Y es,
simplemente,
porque nadie es igual a nadie más.
Insististe:
“Nunca ví como los otros vieron,
no tomé mis tristezas del mismo manantial que los demás,
ni pude despertar mi corazón a la alegría con un tono común”.
y es que, en verdad,
el Creador no se repite
nunca en todo el impensable espacio de su obra sin fin,
sin comienzo cognoscible
ni transformación final que escape al misterio transparente.

Por eso, Edgar Allan,
por eso,
en el laberinto ofídico del millón de dudas,
creíste privilegio que todo lo que amabas lo amabas tú solo
(“all I loved, I loved alone”).
Y todos, Edgar Allan, todos,
amamos solitariamente,
irrepetiblemente,
irremediablemente,
inusitadamente;
y lo vemos todo como nadie lo vio nunca
o lo verá jamás.
Y quienes nos aman, Edgar,
quienes nos aman, lo hacen
solitariamente,
irrepetiblemente,
irremediablemente,
inusitadamente.
Y todo lo ven como nadie lo vio nunca
o lo verá jamás.
Verdad es que somos distintos,
pero todos somos distintos, Edgar,
–puede que ya lo sepas–
y todos vemos de manera distinta, aunque no veamos mejor,
y bebemos todos nuestros dolores de fuentes diversas,
aunque no sean las aguas más dolientes nuestras aguas,
por ser nuestras.
No somos aristócratas del sufrimiento, Edgar,
aunque nuestra vanidad nos ponga en la pendiente de la idea
y rodemos envueltos en la capa raída de Antístenes
para alardear humildades mentirosas,
hacia adentro y hacia fuera.

Ese sol tuyo, tintado de oro de verano,
ese relámpago del cielo
y ese trueno,
y esa nube
“que cuando el resto del cielo era azul,
tenía un demonio a mi vista”
nada de eso, Edgar Allan,
amigo,
compañero de afinidades incomprensibles,
nada de eso es nuestro como también yo creí.
Porque el ardor veraniego en el color solar
tiene un oro distinto para cada uno
tan multivalorable que puede hasta ser ignorado;
y el relámpago tiene sugerencias y formas infinitas,
y el trueno,
trae alegrías de lluvias o redobles de espantos hórridos.
Hasta tu nube, Edgar,
tu nube de cielo azul,
tiene su demonio para cada uno.
Brillando al fondo de una pupila de cualquier color.


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