31 de Diciembre del 2001 • Edición número 1,235
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El Mago y El Chino
Crónica de una desesperanza adobada con peligros mortales

Nacidos en la carencia y crecidos jugando en las fauces de la desesperanza, dos de los protagonistas de los cruentos sucesos que culminaron con la muerte del senador Darío Gómez son hijos de hogares desarticulados. Sus familiares y amigos refieren historias, nadie los apaña, pero algunos afirman que lo que hoy es noticia es, en realidad, la cotidianidad de los barrios de los olvidados


Por Pedro Canó

Le dicen El Mago. También Domingo La Ford. Tiene hijos que no mantiene. Seis dicen unos, cinco dicen otros. El admite que mantiene a dos de ellos; los demás, que se críen como puedan. Les ofrece, pues, a sus hijos, la posibilidad de crecer en un hogar roto, en una familia desarticulada, con un futuro incierto. Así creció él y no hace sino perpetuarse en su descendencia.

Es tornero, de los buenos dicen quienes le conocen. Sin embargo, lo que ganaba no alcanzaba y se lanzó a la calle a tomar lo que necesitaba.
“El Mago es un caso serio”. Mientras lo afirma esquiva la mirada, el vecino de la calle Caracas casi esquina Doctor Betances pone las manos sobre sus muslos y luego se los aprieta. El que a su lado está, también vecino de la barriada, parece no estar allí y, cuando mira a este redactor, lo hace de reojo, para mirar a su izquierda, al horizonte, cuando se percata de que volteo para mirarlo.

No es cuestión de juegos. Los vecinos del sector, como los del barrio 24 de Abril temen referirse a estos personajes.

De todas maneras, insistimos. Entonces, como retahíla, uno de los interlocutores, el más joven, empieza a relatar hechos.

“El Mago quemó a uno en esa esquina”, cuenta señalando a la Doctor Betances. Ya habíamos escuchado eso en la esquina anterior, pero nadie había querido entrar en detalles. “Era un muchacho de una familia barahonera, ‘los Cascajos’ les llamamos por aquí. El muchacho se pasó de la raya con El Mago y él se incomodó y le roció gasolina en esa esquina.

–¿En la calle?, pregunto.

“Medio a medio. Le roció gasolina y le prendió un fósforo para que se encendiera. El muchacho murió a los pocos días, quemado en el hospital. A El Mago nunca le hicieron nada por eso, ni siquiera cayó preso”. El relator termina con una sonrisa y un sorbito de la fría cerveza que toma sentado en un peldaño de la escalerilla de acceso a la vivienda. Sonríe con la complicidad que resulta de la impotencia.

El de al lado no sabe nada. “Yo soy un hombre serio, yo no sé nada de esas cosas”, espeta respondiendo apenas a una mirada de quien le busca los ojos y no los encuentra.

“Ese no fue su primer muerto”, prosigue nuestro relator. “Si él tuviera que pagar por todo, hummmm…, pero ese sale ahorita”, afirma con la seguridad de quien ve nublarse el cielo y espera lluvia.

Con la misma seguridad habla un tío político de El Mago cuando afirma que su sobrino no es asesino. En contradicción con lo relatado más arriba, dice: “El es un tipo sin miedo. Óigame bien, él no tiene miedo a nada, no importa donde haya que meterse, él se mete. Si usted es su amigo, él lo defiende en el escenario y en las condiciones en que haya que hacerlo; pero él no mata, no es un asesino”. Su planteamiento es tajante.

–¿Por qué, entonces, confiesa el crimen?

“Este país es muy complicado, amigo mío”, responde. “Aquí el dinero hace muchas cosas. Usted no se imagina lo que se puede hacer... Yo espero que avancen las investigaciones, que se aclaren cosas que están oscuras. Luego veremos. Yo sé que él no es asesino. Estaba en el camino errado, pero él no mata”.

–¿Cómo salió de la cárcel?

“El cumplió su condena, él hizo dos años”, afirma categórico. No es como dicen, él había salido hacía tres meses, pasaba por la acera y saludaba, yo lo veía hacía tres meses. El cumplió, pero volvió a lo mismo. Domingo”, así le llama su tío político, “es el producto de estos barrios, sin educación adecuada, de juventudes que no tienen oportunidades. Esa es una historia más de estos barrios. Ahora le tocó a él ser noticia, mañana serán otros. Esto hay que cambiarlo. Nosotros, nuestra familia, es una familia de bien. Somos perredeístas y devotos de San Gregorio y le prendimos un velón cuando supimos lo que le había sucedido. Oramos por él porque era un hombre bueno, un hombre de bien para este país. El quería cambiar esta situación, y hombres así valen mucho para un pueblo, pero nos tomó por sorpresa cuando presentaron a Domingo en televisión”. Niega con la cabeza cuando habla. “Yo no permito que Domingo visite mi casa, yo soy un hombre de bien con tres hembritas y un varoncito que van creciendo, y él iba por el camino del mal, pero él no mata”, vuelve a afirmar.

–¿Cómo se interna Domingo en ese camino?

“Esa historia es larga y no conviene, pero puedo decirle que una persona que vino de Nueva York, un tipo muy malo, introdujo a esos muchachos en el mal camino, les enseñó lo que saben y los animó, y después que tomaron esa ruta ya no la abandonaron más”, concluye mientras nos indica que la entrevista ha terminado, porque en este país “hay que cuidarse”.

El único relacionado que accedió a dar su nombre fue Don Vinicio, abuelo materno de Ernesto Meléndez. “Cheo –no conocía el apodo de El Chino– es la oveja negra de esta familia”, adelanta con rostro preocupado.

Don Vinicio está de pie. Su señora, abuela de Meléndez, está sentada, luce agobiada, como si el peso de la situación la lastrara insoportablemente.

“Ese niño se fue de aquí para Santiago y por allá se perdió”. Casi en llanto, explica que su nieto estuvo con ella en la casa más humilde de este patio del barrio 24 de Abril. Un día se fue y regresó con mujer y “mañas”, como ella llama a la peculiar manera en que su nieto decidió ganarse la vida.

“El ha deshonrado a nuestra familia”, se lamenta Don Vinicio. “Uno de mis hijos –tío, pues, de El Chino– es oficial de la Policía Nacional. Su vergüenza no se puede comparar con nada. Como la mía y de su abuelita”.

Su hermana, madre de dos criaturas de apenas semanas, luce conturbada. No es pose. Antes de abordarla, la observamos desde la distancia y por su conducta preguntamos.

“Yo soy su hermana y estoy muy dolida con él”, se mantiene cabizbaja. “A nosotros no se nos crió para eso, sino para hacer el bien, pero él ha traicionado esas enseñanzas”.

Nadie se explica cómo llegaron hasta allí, pero todos son capaces de describir el tortuoso camino que desembocó en el crimen de aquella noche. Atisban, coligen, sospechan qué los guió hasta allí, pero hasta ahí llegan los relatos, las referencias. Después, sólo el silencio.

Un asalto perpetrado por el grupo

En la madrugada del 3 de noviembre pasado un grupo –ocho personas en total– jugaba dominó en la acera, frente al colmado Las 4 Hermanas, ubicado en la calle Club de Leones a esquina Juan Goico Alix. El colmado estaba cerrado, los parroquianos, incluida una hija de la propietaria del negocio, habían participado en la fiesta que cada viernes celebran los vecinos para esperar la Navidad. Pasada la medianoche siguieron jugando, pasaba la gente del barrio y los veía jugar. Todos saludaban al pasar.

Cerca de las dos un hombre se acercó de repente por el flanco izquierdo de donde se encontraba Aracelis Báez, hija de la propietaria del colmado.

“Esto es un asalto”, dijo mientras abanicaba una pistola por encima de las cabezas de los parroquianos. Era Domingo Minaya, El Mago. Tenía una media de mujer a modo de máscara. Anunciado el propósito de su presencia, detrás de Minaya aparecieron otros dos, también enmascarados. Eran Ernesto Meléndez, El Chino, y Pedro Urbano Piña, Kelly. Desde el otro lado de la cuadra apareció un cuarto, que hoy identifican las víctimas del asalto como Carlos Jerónimo, King.

“En realidad”, relata la señora Báez, “el único que hablaba era el que llaman El Mago. Ningún otro abrió la boca, pero me di cuenta que recibía órdenes de otro. Hoy sé que quien daba las órdenes era el que llaman King, el de los collares”.

Los hicieron tirarse al suelo, boca abajo, sin chistar, pues quien lo hizo recibió ya una patada, ya un maquinazo, ya un pescozón.

Sometidos todos a la obediencia, reclamaron todo lo que hubiera, prendas, dinero, y armas. “¿Dónde están las armas?”, preguntaba insistentemente El Mago. No había.

“Pensaron que, como había varios vehículos de lujo aparcados allí, habría un arma de fuego, pero no era así”, prosigue Báez, “aunque uno de los que estaban aquí es sargento del Ejército, pero estaba desarmado”.

“Por suerte”, ahora habla uno que fue golpeado, “porque si encuentran un arma y un militar, quién sabe lo que hubiera pasado aquí”.

“Se llevaron todo”, continúa Báez, “las carteras, las prendas, las llaves de los vehículos, revisaron los vehículos y El Mago preguntó si debían llevárselos, pero King, con una señal, ordenó no llevárselos. Revisaron todos los carros, se llevaron lo que había dentro y se fueron”.

Al día siguiente, una llamada anónima recibida en casa de Aracelis Báez le hacía saber que sus pertenencias estaban en una zanja en la Calle 8 esquina Calle 13, en el barrio 27 de Febrero, que debía recogerlos cuanto antes, pues la gente los estaba revisando y tomando algunas cosas.

Efectivamente, así fue. Recuperaron casi todo, incluyendo una de las medias que usaron los asaltantes para cubrirse el rostro y que luego, en el curso de un asalto que duró no más de 4 minutos, se quitaron, lo que permitió que el grupo completo de parroquianos los identificara cuando los mostraron en la televisión como acusados del crimen de Darío Gómez.

El grupo nunca se querelló formalmente ante las autoridades. Cuando se fueron los asaltantes, llamaron al número de emergencia de la Policía, que no respondió a su solicitud de presentarse. Tuvieron que ir al destacamento más cercano y solicitar que vinieran. Tuvieron que llamar nuevamente, molestos; sólo entonces apareció una patrulla de oficiales molestos también, que terminaron discutiendo con los asaltados.


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