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Acerca de la interioridad de ascensos y descensos

Por Jacinto Gimbernard Pellerano
Existe una extraordinaria similitud en todos los procesos de la Creación. Tanto en las naciones, en los imperios, en los poderes, como en cada ser humano, el ascenso y el descenso dependen de un proceso interior. Tanto la elevación como la caída de los imperios, de las potencias o de las personas, dependen de actitudes interiores.
Refiriéndose al derrumbamiento de las potencias, Arnold Toynbee niega en su monumental A Study of History (volumen IV) que el derrumbe sea inherente a una férrea ley que gobierna el mundo físico, sino resultado de una negligencia no decretada por ley alguna. Se trata -dice Toynbee- de un fallo humano del cual no hay necesidad.
Como siempre he considerado fatídica la presencia de la política en tan altísimo grado en nuestro país, y he evitado ponerle mucha atención, no puedo asegurar que fue el doctor Peña Gómez quien afirmó que el Partido Revolucionario Dominicano sólo podía ser derrotado por el PRD. Es decir, sólo desde dentro, por ellos mismos.
Pero eso se aplica en todo. Los derrumbes son interiores. Si bien los crecimientos tienen lugar -y así lo dice Toynbee- a través de personas creativas o minorías creativas, cuyas acciones están condicionadas por un movimiento de retirada y avance ("withdrawal and return"), los derrumbes, los debilitamientos y caídas -eso lo afirmo yo basado en esencias de su pensamiento- se producen por la ruptura de la minoría creativa, la que piensa con prudencia y habilidad.
Estamos perdiendo lo poco que hemos tenido de ambas virtudes.
A la prudencia la ha sustituido la impremeditación. A la habilidad, el manejo tosco que astutos pescadores de río revuelto aplauden alegremente, con eufórico vozarrón o con silenciosa sonrisa ladina, dependiendo de la inmediatez de sus propósitos y de su validez.
Yo no veo la hora en que la política descienda de esa superficie malévola en que se encuentra desde que, tras el fin de Trujillo, la malignidad de un régimen dictatorial fue sustituida por la malignidad de las ambiciones desorbitadas, cambiada por la visualización y puesta en práctica de la política como el negocio más formidable y redituable.
Y la política se ha convertido en una artesanía de mentiras. Porque ni siquiera llega a la condición de arte.
En tiempos de Ulises Heureaux y de Trujillo, la mentira estaba confinada al lucrativo elogio del dictador: el "Pacificador", el "Benefactor", y así se escapaba de la crueldad ejercida contra los disidentes, a la vez que se obtenían importantes beneficios.
Lamentablemente los períodos de ordenamientos nacionales han estado ligados a un régimen de fuerza. Aunque no sea adecuado mencionar al presidente Ramón Cáceres en este contexto, señalaré que tras la Convención dominico-americana de 1907, en el gobierno de Cáceres, los levantamientos armados y las protestas (la rebelión de Zarzuela, del general Candelario de la Rosa, de Enrique y Mauricio Jimenes, Perico Lazala y Nemesio Guzmán) fueron aplastados por la famosa "Guardia de Mon Cáceres" y luego hubo tranquilidad. El término preso por la Guardia de Mon todavía es referencia de drasticidad contundente.
Mi esperanza, mi ilusión, mi aspiración -un tanto etérea y anémica-, es que la política deje de ser tan fantástico negocio en nuestro país (por lo menos aquí), porque se llegue a controlar e investigar las fortunas repentinas, hijas de la palabrería y la mentira.
Sueño con que la justicia sea eficiente y poderosa. Que un fiscal, un Procurador General de la República, sea capaz de cuestionar severamente a cualquier alto funcionario que incurra en faltas de cualquier tipo: sea que robe, mienta o permita mentiras y latrocinios.
Nuestro país puede ascender en base a la acción de cierta moralidad interior, por una fuerza interna generada por un grupo. Como ha sido siempre en todos los procesos ascencionales en todas partes.
La solución no está en los yankees, ni en los coreanos ni en los papúas de Nueva Guinea. Está aquí.
Dentro de nosotros.
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