17 de Diciembre del 2001 • Edición número 1,233
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El derecho de cuestionar
Rafael Molina
Morillo


Los derechos humanos no son un regalo de los gobiernos.
Es al revés: los gobiernos existen porque los pueblos, haciendo uso de sus derechos, los eligieron para que luego rindan cuentas de sus actos.
En la semana que transcurre se celebra, a nivel mundial, el Día de los Derechos Humanos. Como si fuera necesario escoger un día determinado para que nos recordemos que todos los seres humanos del planeta tenemos una serie de derechos inherentes a nuestra personalidad, sin que nadie tenga que venir a decírnoslo.

Se trata de derechos con los que nacemos. Derechos que nadie tiene que reconocérnoslo, que no son concesiones del Gobierno, que están por encima de cualquier voluntad que pretenda ignorarlos.

Entre esos derechos hay dos que sobresalen como los más importantes y que se complementan: el derecho a la vida y la libertad de expresión. Si no se respeta la vida, lógicamente no se puede expresar nada después de la muerte. Y sin la libertad de expresión es muy difícil, casi imposible, defender el derecho a la vida.

De ahí la importancia del derecho a expresarnos libremente. Nadie, por encumbrada que sea su posición, puede pretender callar a los demás. Nadie puede quitarles a los ciudadanos el derecho a cuestionar a las autoridades que, por cierto, no son más que servidores del pueblo.

Todo el mundo tiene derecho a pedir cuentas a aquellos que manejan los asuntos nacionales, que nos competen a todos por igual.

La celebración del Día de los Derechos Humanos puede servir, por lo menos, para reflexionar en torno a lo dicho más arriba. Para que el derecho a cuestionar no nos sea regateado jamás.


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