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Del Segundo Concurso de Interpretación Musical
La trampa de marfil y la horca de cuerdas

Por Jacinto Gimbernard Pellerano
Como entre otras muchas veces, en una ocasión, deslumbrado por el arte pianístico de Manuel Rueda, escribí un artículo dedicado a él y titulado La trampa de marfil. Señalaba la manera acogedora, sencilla, en que el piano suele ofrecerse como instrumento. Cualquier indocto puede acercarse al teclado de un piano, presionar varias teclas y obtener sonidos agradables, afinados y acústicamente atractivos. Fácilmente se pueden aprender piececillas con las cuales agradar a una audiencia familiar, sin que se ofenda mínimamente las exigencias de un oído musical bien entrenado.
Es la trampa de marfil, la trampa del marfil de las teclas de un piano. Porque luego de esa entrega tan dócil y acomodaticia a quienes caen en el error de tragarse la aparente facilidad del piano, éste saca las uñas de unas mullidas patitas que en un principio fueron acariciantes y aterciopeladas.
A medida que se avanza, resulta que el piano es un instrumento extremadamente complejo. Cada persona tiene su sonido, a pesar de que existe todo un proceso mecánico entre la tecla inicial y el afelpado martillo que hace contacto con las cuerdas. Ahí empiezan los misterios. El piano es tan sensible que he escuchado música antes de que un gran pianista (me ha sucedido con Horowitz y Rubinstein), sentado ante el piano, empiece a tocar.
Rueda produjo esa sensación en ocasiones, cuando al apoyar las manos sobre el teclado, sin presionar ninguna tecla, ya sonaba la música.
El 30 del recién pasado noviembre finalizó el Segundo Concurso de Interpretación Musical, organizado por el Consejo Nacional de Música en el Conservatorio.
La valiosa participación de jóvenes pianistas en el Concurso, en relación con otras disciplinas, su número y calidad, podrían haber dado la falsa impresión de que el piano es más fácil.
No lo es. En absoluto.
Simplemente es más engañoso. Ofrece sus mieles con ligereza y va presentando astutamente sus dificultades de modo que su prisionero no se le escape. Cuando viene a darse cuenta de las enormes dificultades que presenta ya es tarde. Se ha pasado un montón de años recibiendo caramelos del piano y, ya pasados miles de días, se entera de que lograr el color, la sensación difusa y de poética lejanía que demanda Debussy, o la contundencia nuclear de Beethoven, o la magia cristalina de Mozart, la irónica picardía trágica que demanda a veces Prokofieff o la inevitable y sempiterna pulcritud y honda comprensión que demanda Juan Sebastian Bach
lograr una consecuente interpretación de lo que nos legaron los grandes genios es algo de lo que el pianista se entera cabalmente cuando está atrapado por toda una vida de exigencias progresivas de su instrumento.
Yo no creo que ningún otro instrumento es tan astuto en disfrazar sus dificultades.
El violín y los demás instrumentos de cuerda se presentan como gatos engrifados desde un principio. Tocar una nota afinada y grata al oído es imposible para el principiante. Han de transcurrir bastantes meses de terco empeño soportando maullidos y chillidos de gatos torturados, para que se asome un sonido que no ponga los pelos de punta. Los instrumentos de viento, de metal o de madera, aunque no sean tan desorbitadamente crueles con los principiantes, desesperan a cualquiera.
Las cuerdas presentan su horca desde un principio y la siguen presentando hasta el final de la vida del instrumentista. Lograr una afinación perfecta en ellos es labor de invariable constancia que ha de estar cabalgando sobre un talento sin desesperaciones ni prisas.
Me he sentido muy bien con los resultados del Segundo Concurso Dominicano de Interpretación Musical. Nuevamente, el piano atrapó promisorios talentos, que confiamos en que sepan sortear todas las dificultades que continuará presentándoles durante toda la vida. El violín y el cello se vieron representados por jóvenes talentosos, dueños de una convincente musicalidad, que supieron vender la beligerancia ácida con que los recibieron sus instrumentos cuando los abordaron por primera vez, y por primeras veces. Naturalmente, ya no pueden aducir sorpresa ante las dificultades que se les plantan por delante, día a día. El concertino Pavle Vuicic comentaba, con toda razón, que con el violín se está empezando todos los días. Igual el cello y las demás cuerdas, pero el violín oculta menos las desafinaciones, los sonidos rasposos, las indecisiones, las debilidades en el arco y en la limpia caída de los dedos.
Pero no se puede decir que es engañoso, o que lo ha sido
con una excepción: a veces le hace creer al instrumentista que algo es fácil o que lo tiene dominado. Y no es así. A todos nos ha pasado alguna vez.
Otra satisfacción del Concurso fue la participación de los cantantes, que fue sorprendentemente promisoria.
Felicidades a la presidenta del Consejo Dominicano de la Música, profesora Ana Silfa y a todos los profesores, estudiantes concursantes y personalidades que hicieron posible tal evento.
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