Max Puig
Los partidos políticos
en la encrucijada
En los días que corren se habla mucho de crisis en los partidos políticos. No es para menos. Abrir los diarios o escuchar las informaciones que ofrecen las estaciones de radio o de televisión, permite constatar una serie de hechos preocupantes. Los conflictos se manifiestan por doquier. Las pugnas por el liderazgo están a la orden del día. Muchos legisladores no obedecen a sus mandos partidarios. El interés particular parece imponerse sobre el interés general en el seno de las organizaciones políticas. Prima el espíritu de fracción. Las luchas por las candidaturas o por conservar u obtener el control partidario se caracterizan por su crudeza. El irrespeto entre militantes de una misma parcela campea por su fueros.
Además se extiende la percepción de que se han perdido los valladares éticos y de que los indispensables controles institucionales, propios a una sociedad democrática, no acaban de ser establecidos. La creencia generalizada es que el otorgamiento de privilegios y la corrupción se practican ahora sin disimulo alguno.
Todo esto produce desazón y desconcierto en buena parte de la ciudadanía, generando rechazo hacia la actividad política y hacia quienes la ejercen. Son cada vez más numerosos los ciudadanos y ciudadanas que no se sienten debidamente representados dentro del marco de las instituciones democráticas.
Al igual que en la República Dominicana este sentimiento está muy extendido en toda América Latina. Algunos de los autores que han estudiado el tema se atreven a afirmar que la crisis por la que atraviesan las organizaciones políticas conducirá a un colapso del sistema de partidos en muchos países de la región en un plazo relativamente breve.
Esta constatación es motivo de alarma, ya que pone en juego la estabilidad de los sistemas políticos y, al final de cuentas, la de las sociedades afectadas por el fenómeno.
Esto explica, en parte, la orientación de muchos de los programas de cooperación impulsados desde importantes organismos internacionales o financiados por la cooperación bilateral de los países más desarrollados, así como por entidades privadas de signo diverso originarias de estos mismos países.
El rasgo común de todos estos programas es el desvelo por la gobernabilidad democrática, lo que implica poner atención a toda una serie de factores que le darían sustento a esta visión destinada a garantizar la estabilidad de las sociedades en desarrollo.
Al considerarse que este tipo de gobernabilidad no puede darse sin una cultura acorde, se fomentan los valores que deberían sustentarla. Se trabaja también a favor de la consolidación de las instituciones públicas, tratando de hacerlas más funcionales y democráticas, y de fortalecer las organizaciones de la sociedad civil.
El esfuerzo por hacer de los partidos políticos instrumentos idóneos dentro de este esquema, se sitúa en este contexto. Sin embargo, la transformación de los partidos en esta dirección no es algo tan sencillo como aparenta.
Durante los siglos XIX y XX el marco fundamental en que se desenvolvió la política en la mayor parte del mundo fue el Estado nacional. Clases y grupos sociales trataron de controlar su dirección e imprimirle su sello: hacerlo federal o unitario, laico o confesional, autoritario o democrático, capitalista o socialista.
Los partidos políticos se organizaron y desarrollaron precisamente para poder cumplir con ese propósito de control y orientación del Estado en uno u otro sentido. Poco a poco se fueron delineando sus funciones en las sociedades democráticas. Dentro de estas se fueron precisando las de representación, de convocatoria, de elaboración de proyectos o de propuestas, de administración de gobierno o de oposición, de agregación de demandas y de canalización de conflictos, de reclutamiento de los dirigentes políticos y funcionarios públicos.
En los países de menor desarrollo democrático los partidos no han podido cumplir plenamente este conjunto de tareas sociales. El paternalismo y el clientelismo han afectado su capacidad como instrumentos de desarrollo político y social.
La internacionalización creciente de la producción y de la vida social que ha conllevado la globalización, así como el proceso de disgregación y de explosión de los particularismos y las identidades que se da al interior de las sociedades han colocado a los partidos políticos frente a desafíos que no habían encarado en toda su historia. ¿Podrán los partidos políticos dominicanos, inmersos como están en una profunda crisis, hacerle frente a la nueva situación?
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