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Cada vez son más extendidos los temores de que, por falta de credibilidad en los partidos políticos, caigamos en el error de pensar en la supuesta necesidad de una mano fuerte que nos gobierne, de un personaje providencial reservado por el destino para salvar a este país.
Los partidos políticos son necesarios para el buen funcionamiento del sistema democrático. En teoría, a través de los partidos políticos se canalizan las aspiraciones, las quejas y los objetivos de la sociedad, de manera organizada. Prescindir de los partidos equivale al caos. Pero para que en la práctica las entidades políticas llenen a cabalidad su cometido, es necesario que se cumplan ciertas condiciones:
o Tienen que practicar la democracia interna. ¿Cómo pretender ser garantes de la democracia si no la respetan dentro de sus propias filas? Unos más que otros, los dirigentes de nuestros partidos se reservan para ellos el derecho a señalar de dedo a los candidatos a puestos electivos, arrebatándoles esa prerrogativa a sus masas, que deben ejercerla a través de convenciones limpias.
o El continuismo en la dirección de los partidos debe cesar. De los dientes para afuera se critica la perpetuación de determinados líderes ubicados en la acera de enfrente
pero de hecho en todos los partidos estamos viendo a la misma gente desde hace muchos, pero muchos años, sin dar oportunidad a gente nueva, o los partidos deben ser escuela para la ciudadanía. Aquí hace falta mucha educación política, y nadie mejor que los partidos para enseñarla. Más que con palabras, con ejemplos. Desde luego.
o Y hablando de ejemplos, por último, deben los partidos y sus dirigentes constituirse en ejemplos de moralidad, de respeto a las leyes, de pulcritud, de honradez, de desinterés, de apego a los principios.
Solamente así se podrá creer en los partidos y se ahuyentará el fantasma del personaje providencial, reservado por el destino
para terminar posiblemente en otra dictadura.
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