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Episodios universales del crimen

Por Rafael García Romero
La muerte de Julio César fue un crimen. El propio Julio César inmortalizó con una frase su muerte y a su criminal. Esa frase de César cuando descubrió que un amigo, Bruto, estaba entre los criminales anónimos ha hecho una justiciera peregrinación a través de los siglos.
En toda la historia criminal de República Dominicana hay una frase acuñada que varía y se transforma. Ese ha sido una suerte de discurso, recurso y norma.
Los dictadores siempre necesitan, promueven o despiertan el asesino que los colaboradores cercanos llevan dentro. El caso del dictador Ulises Heureaux llama la atención ya que entre los suyos refinó los vicios, pero a la vez cuidó perfeccionar la maldad. Entre las hazañas de su genio criminal una brilla: el Batallón Azuano, que lo reservó para el noble servicio del crimen.
Los criminales ganan su ascenso gracias a las marcas del crimen. El de marca mayor gana el privilegio de la cercanía y la atención inmediata del tirano. Pronto la amistad reclama el compadrazgo, negocios comunes y fiestas de exceso. Así ascendió Joaquín Campos ante los ojos de Lilís y terminó comandando el Batallón Azuano.
El propio Lilís, cuando ya Joaquín Campos había perdido la cuenta de ahorcados, víctimas de atrocidades y desaparecidos puso precio a su cabeza y mandó por él a nuevos asesinos.
En la dictadura de Trujillo el circo, falto de imaginación, no era diferente. Normalmente el crimen era de horca. O en los últimos años, con vehículos que perdían el rumbo. En la entrega a la familia decían que tratándose de un hombre muy serio, y al ver que iba preso por primera vez en la vida no pudo soportar la vergüenza que ese hecho le causó.
La entrega del cuerpo sin vida era asquerosa. Necesaria para el escarmiento y el miedo. El escuadrón de la muerte tiraba el cadáver y apenas disimulaba una abierta sonrisa ante la viuda, hijos y curiosos.
En la Era hubo un asesino de colección llamado José María Alcántara.
En la región se hacía llamar el azote de los haitianos.
Un día sale y deja una orden de exterminio. La tropa, harta de crímenes, desobedece. A su regreso no hay indicios de muerte. No hay sangre, no hay cadáveres. Alcántara entra a la celda, y ya tiene todos sus pensamientos en orden. En estado de pureza, bajo una calma fría busca el rostro de los haitianos tirados en un rincón. La manada de rostros negros lo mira con terror. No hablan español o casi nada; pero el militar habla para que escuchen su grito no las palabras, qué importan las palabras.
En cambio, los soldados no olvidarían esa noche de muerte cuando les dijo, levantando la voz:
Miren, partida de pendejos, aprendan cómo se hace con estos salvajes. Hay que tener guevos y estomago, nada más.
Los soldados miraban. Eran diez haitianos en la celda. A sangre fría el teniente Alcántara ahorcaba a los infelices. Uno a uno, entre gritos de pavor y miradas de inútil clemencia.
En la historia de la dictadura trujillista hay criminales que celebran en el silencio absoluto del anonimato el gozo de sus innúmeros crímenes. El gozo toca a los criminales de Freddy Valdez, en la cárcel de la fortaleza Duarte, de San Francisco de Macorís; a los criminales de Andrés Requena, asesinado en un ascensor de Nueva York.
La víctima siempre ve los rostros de los que luego se ocultan en la infame muchedumbre de los criminales anónimos. En muchos casos les grita: ¡Asesinos! ¡Cobardes! ¡Miserables! ¡Ya llegará su hora! ¡Tarde o temprano esa maldita hora llegará!
Así, criminales anónimos que mostraron su rostro mataron a Mauricio Báez, Ramón Marrero Aristy, Daniel Ariza, Eduardo Vicioso. En cuanto a la historia contemporánea del crimen hay muchas víctimas que mueren por intercambios de disparos. Una historia que, hasta hace poco, registraba en su lista de criminales anónimos a los que mataron a Orlando Martínez.
A Trujillo le gustaba el crimen anónimo. En toda su dictadura se practicó al abrigo de la impunidad. En las acciones del crimen anónimo celebran y promueven la primera víctima, es la cuota de matrícula para ingresar al Club. Las atrocidades y desmanes vienen desde los tiempos inmemoriales de la historia.
El Club se rige por una regla de oro. Cada socio va haciendo méritos, acumula víctimas y goza de fama hasta que un día llega otro socio: más anónimo. Avido de fama inmediata y lo liquida. En muchos socios de Criminales Anónimos se opera el cambio del que se civiliza. No hay tal cambio. Impera el juego de la hipocresía. En realidad dan un salto del estadio de la barbarie a la personalidad múltiple. En público hace un mea culpa. Displicente, afable. En su nombre levanta una cruzada moral. Desprecia la vulgaridad de la violencia, prefiere y busca la comunicación con los espíritus cultivados, y se interesa por la convivencia en armonía.
En vida, el propio Trujillo un día, y sin ningún rubor, vio crecer su bestia con el intransferible gozo que da matar con sus propias manos a criminales anónimos.
Esa inolvidable oportunidad se la dio su hermano Aníbal Julio, que había levantado un principado de terror. En el Ejército nadie desconocía su exquisita fama de sanguinario, de cuyas filas reclutó hombres para un escuadrón de la muerte. En un lugar de su finca ordenó hacer un pozo profundo y, un día, media humanidad empezó a desaparecer sin dejar rastro. El cuerpo hizo méritos inmediatos gracias a su eficacia de acción. Nadie del pueblo se aventuraba cerca de aquellos lugares de fatalidad. El propio Trujillo sintió temor. La fama asesina de su hermano creció sin límites y quiso salir de él.
Vaya a la finca de mi hermano y tráigalo vivo o muerto -ordenó a un brigadier.
El brigadier regresó con el resultado de la misión. La finca fue ocupada con despliegue de hombres. El informe fue sucinto: No hubo bajas y su hermano estaba bajo protección domiciliaria en casa de su madre.
En el patio principal de la casa central de la finca, Trujillo quiso encarar personalmente la situación. Interrogó a la gente de su hermano. En el pozo de la muerte había de todo: cadáveres putrefactos, huesos blancos, gente recién asesinada, incluyendo cuerpos vestidos con uniformes militares.
Entonces preguntó. Enterado de ordenes y responsables, quería saber cuándo nació aquel infierno y quiénes mataban .
Nosotros, bajo órdenes expresas -dijo un militar frente a un grupo de ocho hombres.
El dictador lo miró a la cara, con un enfado frío.
Hombres como estos no debieron haber nacido -arrebató una ametralladora de mano que portaba el brigadier a su lado y de inmediato se escuchó una sola ráfaga. ¡Asesinos como estos no pueden estar vivos!
En el suelo los cuerpos formaban un charco de sangre. El brigadier tomó el arma que ofrecía su jefe.
Imagínense la paz que espera a este país con gente así. ¿Qué nos espera si esta mala yerba se extiende -dijo, y con una pistola en la mano encajonó a cada uno de los cadáveres un tiro de gracia en la nuca.
Los dictadores siempre incitan, promueven o despiertan el patriota que los oprimidos y desafectos cercanos llevan dentro. Rafael Leonidas Trujillo un día vivió el último día de César. Era de imaginarse la paz que esperaba a este país sin gente así. La muerte fue brutal. El acto hizo justicia y fue justiciero. No sé qué genio descubrió un día la Muerte por intercambio de disparos y reagrupó el club. Esa frase, contrario a la de César, ya tiene aquí una estela infame.
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