10 de Diciembre del 2001 • Edición número 1,232
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Una clase media que empobrece

La falta de servicios públicos dispara el presupuesto de las familias dominicanas y deteriora su calidad de vida



Por Santiago Estrella Veloz

Cualquier familia clase media es ahora una especie de “Mini Estado” debido a que tiene que suplirse por su propia cuenta la mayoría de los servicios “públicos”, con lo que se disparan sus gastos porque eso no le exime de pagar los que el Estado o las empresas privatizadores deben brindarle.

Los ciudadanos pagan impuestos y reciben muy poco a cambio. La irresponsabilidad de los que tienen que garantizar la eficiencia de los servicios públicos ha hecho que se convierta en una especie de verdad la expresión de que “los servicios son malos porque la gente no los paga”.

La pregunta es ¿realmente no paga la gente los servicios públicos? La respuesta sin meditación previa es que la mayoría de la gente no los paga. Pero luego de un poco de reflexión se podría corregir esa expresión porque lo que “invierte el Gobierno” sale de los bolsillos de los contribuyentes.

Ahora bien, podría llegarse al acuerdo de que quien no paga las cuotas establecidas por un servicio determinado le sea suspendido, en especial cuando está en capacidad económica para hacerle frente a ese compromiso. Sin embargo, en República Dominicana eso no es suficiente porque el pagar religiosamente la tarifa no garantiza un servicio adecuado de energía eléctrica, el suministro de agua potable y la recogida de la basura.

Marcelino Vargas, de 34 años, casado y con dos hijos, pertenece a una clase media acogotada por las crecientes dificultades económicas derivadas de la falta de servicios públicos eficientes.

Se queja, con razón, de que mientras prácticamente todo aumenta, su salario permanece igual, cada día más disminuido porque una serie de factores así lo han determinado.

Vargas y su familia residen en la Urbanización San Benito, al Oeste de la ciudad, donde tienen su casa, construida con muchos sacrificios.

Pero en el sector el agua escasea, de manera que forzosamente tuvieron que comprar un tinaco, un gasto que no estaba previsto en su presupuesto de gastos. Tienen planes para construir una cisterna, pero por ahora el presupuesto no alcanza.

Apagones sin tregua
Los apagones no les dan tregua, como ocurre en otros sectores, lo que obligó a Vargas a adquirir un inversor, siquiera para encender un abanico eléctrico que les refresque después de una jornada agotadora, durante la cual tiene que “bregar con gentes de todo tipo”, pues la oficina donde labora es una tienda que produce y vende al por mayor equipos para oficinas.

Los dos hijos de Vargas y su esposa estudian en un colegio privado, porque el matrimonio pone en tela de juicio la calidad de la enseñanza en las escuelas públicas, auspiciadas por el Estado.

Pero ocurre que la tarifa del colegio sube, como igualmente sucede con los precios de los libros, sin que haya alguien ante quien quejarse.

Si Vargas decidiera cambiar a los niños de colegio, probablemente tendría que hacer un recorrido mayor para llevarlos, con el consiguiente gasto adicional de gasolina e inversión de tiempo, aparte de que posiblemente tendría que inscribirlo en un curso inferior, por provenir de otro colegio donde los métodos de enseñanza son diferentes.

Tanto el tinaco como el inversor- que no constituyen un lujo, sino una necesidad—requieren mantenimiento, que cuesta dinero.

Si no les da mantenimiento, el tinaco puede dañarse definitivamente y perder el dinero. Si no hace lo propio con la cisterna, cuando la construya tras enorme gasto, corre el riesgo de que se llene de algas o cucarachas, en perjuicio de la salud de la familia. Las calles de la Urbanización donde viven Marcelino Vargas y su familia están llena de hoyos. Cuando llueve, esos hoyos se llenan de agua y todo se enloda. En tales casos, sufre el vehículo, al que hay que lavar y engrasar más frecuentemente, lo que naturalmente no es gratis.

La compra de repuestos por ese motivo es una sangría en los ingresos de Vargas. Todo es una sangría, pues esta familia tiene que suplirse por sus propios medios los servicios que corresponde proporcionar adecuadamente el Estado o el Ayuntamiento.

Importencia ante la crisis
“Casi todas las mañanas tengo que dejarle dinero a mi esposa, para darle alguna propina a los que recogen la basura, pues de lo contrario no vuelven al otro día. Si uno quiere que ese servicio se ofrezca regularmente, y que uno paga a través del Impuesto sobre la Renta y otros impuestos indirectos, tiene que pagar adicionalmente pues de lo contrario los recogedores de basura no vuelven”.

Sostiene que cuando una persona ve desaparecer ciertas cosas que se le facilitaban, se siente mal y tiende a experimentar cambios psíquicos que incluso pueden reflejarse en enfermedades.

“Nosotros que pagar colegio, auxiliarnos con el servicio de agua comprando tinacos o construyendo cisternas; tenemos que auxiliarnos con inversores por la precariedad del servicio eléctrico; tenemos que aceptar el picoteo a que nos someten los que recogen la basura, porque el Ayuntamiento no lo hace con eficiencia, de manera que nosotros tenemos que subsidiar servicios que deberían brindársenos”, argumenta Vargas.

Con tono de preocupación manifiesta que en el país el Estado no sirve de garante de que los servicios lleguen con eficiencia, o que al menos se correspondan con el pago que realizan cada mes.

El de Vargas no es un caso aislado. Eso le pasa a cualquier familia de la clase media dominicana.

A ese rosario de deficiencias de servicios, José Luis Arbaje agrega que hasta para la seguridad pública tienen que pagar a pesar de los impuestos que cobra el Estado.

La familia Arbaje-Piantini
Reside en la Urbanización Ciudad Real, al Oeste de Santo Domingo, y al igual que Vargas ha tenido que comprar un tinaco para almacenar agua, comprar agua de botellones para el consumo, un inversor para tener electricidad alternativa, pagar a un particular para que le recojan la basura tres veces a la semana, a un sereno (costeado por todos los vecinos de la calle donde vive)y a una persona para que mantenga limpia el área verde del sector.

Un inversor cuesta al menos diez mil pesos, para un tinaco debe disponer de más de dos mil pesos y si se decide por una cisterna el gasto es mucho mayor, al que le recoge la basura debe pagarle cien pesos mensuales, 150 pesos mensuales para el sereno y cien pesos más para el mantenimiento del área verde.

Lo triste es que en adición a eso tiene que pagar la tarifa a la empresa eléctrica, el agua a la Corporación Dominicana de Acueducto y Alcantarillado y los impuestos con los que el gobierno mantiene a la Policía Nacional y le entrega el subsidio al Ayuntamiento del Distrito Nacional.

José Luis Arbaje es un empleado privado residente en la Urbanización Real. Según dice, “la calidad de vida que hoy día le están dando al ser humano es muy mala. Nosotros ahora mismo estamos pasando por un proceso difícil. Ahora mismo aquí no hay luz, como usted puede ver. El agua llega cada cuatro días o cada cinco días. Para poder tener luz hay que tener un inversor, hay que tener un tinaco para tener agua. Las calles están tan deterioradas que los vehículos viven rompiéndose”.

Arbaje no tiene duda de que los servicios públicos son pésimos, mientras los salarios permanecen estancados.

“Todos los días las cosas siguen subiendo: la comida, los colegios, las piezas de los carros, la tarifa eléctrica, menos los sueldos. Los sueldos siguen igual”, añadió Arbaje en una entrevista con reporteros [A]HORA.

Este joven profesional explica que tiene a su hijo en un colegio privado porque la enseñanza pública es deficiente. En eso coincide con otros ciudadanos entrevistados, que opinan lo mismo. “No le dan al niño la calidad que requiere una buena enseñanza”, argumenta.

Su esposa, Carol Piantini de Arbaje, interviene para decir que los colegios aumentan las tarifas todos los años, con impactantes reflejos en el presupuesto familiar.

“¿Cómo hacemos cuando a nuestros esposos se les achica el presupuesto?. Simplemente, gastar lo necesario, lo que se pueda”, dice la señora Arbaje al preguntársele sobre el desenvolvimiento presupuestal ante la precariedad de los servicios y el aumento de los precios.

En ese sentido, tanto ella como su esposo explican que han tenido que limitar bastante las diversiones, como por ejemplo ir a un cine, a una fiesta o a un restaurante, porque todo está caro y no es posible hacerlo a menudo con los ingresos que tienen.

“Nosotros antes íbamos casi todos los domingos a algún restaurante, pero ahora casi no lo hacemos. Sencillamente, no podemos”, dice Arbaje.

“Las precariedades han llegado al punto que a veces ni comprar una pizza puede uno. Los niños a veces no entienden eso, de modo que les afecta psicológicamente”, coincide el matrimonio.

“Estamos siendo más pobres cada día. Esa es la realidad”, dijo. La esperanza de la familia Arbaje- Piantini es que mejoren los servicios.

“Pero ahora no veo un camino real que indique que los servicios mejorarán”, dice Arbaje.

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