Rafael Peralta Romero
El pobre Franklin
Acometer cualquier empresa conlleva, y por lo común suscita, cierto optimismo. La búsqueda de un cargo electivo implica buena dosis de fe y confianza de que la meta se conseguirá. Es algo para lo que la gente se prepara, como para una boda libre y deseada.
Ese optimismo se refleja hasta en la apariencia exterior del postulante. Fíjese, por ejemplo, como Justo Pedro Castellanos varió su aspecto. No es el mismo rostro adusto de frustrado magistrado anticorrupción, se afeitó el candado, y se dio un peinado y un toque de elegancia propia de un vicepresidente-ejecutivo de compañía muy productiva.
Por igual José Stefan Bosch, quien como el hijo de don Justo Castellanos, aspira a ser diputado, destaca en sus carteles el apellido Bosch, siendo el segundo, porque tiene la esperanza de que entre los peledeístas ser descendiente de Juan Bosch suma méritos a los de que por sí se hayan acumulado. Eso es ser optimista.
Ya lo hemos dicho, el territorio nacional se ha convertido en un gran exhibidor para acoger esta tumultuosa feria de las sonrisas. El entusiasmo no es exclusivo de los líderes o candidatos, sus seguidores y activistas se muestran briosos y contentos. Todos tejen ilusiones con las que adornan el proceso y se dan ánimo a sí mismos.
Sólo un pre-candidato está triste y su abatimiento contrasta con la seguridad que suele acompañar a quienes se lanzan a esas tareas. En medio de tantos rostros sonrientes, Franklin Almeyda aparece con semblante lúgubre planteando que no ha llevado su sortija académica a una casa de empeño porque le avergüenza hacerlo.
La compraventa es un mal diseminado en los barrios de la Capital donde la gente pobre acude tras unos chelitos dejando a cambio un artículo personal o del hogar de un valor mucho mayor al recibido. Se considera una verdadera desgracia recurrir a estos vividores legalizados. Hay quienes digan eso azara.
Una persona juiciosa debe asombrarse de que un hombre como el doctor Almeyda, que tantos esfuerzos ha dedicado a la educación, contribuya a fomentar una práctica denigrante como es el empeño de prendas personales.
Mientras todos los pre-candidatos se preocupan por aparecer con la indumentaria más atractiva, Almeyda sale en un mensaje de televisión sin corbata y con ropa de calle. Al no tener nada que ofrecer, se refiere a la situación económica del país alegando que el Gobierno a todos nos lo ha puesto difícil.
Esto es un anillo que como prenda el pueblo empeña para poder comer y esto está tan malo que por vergüenza no he ido a empeñarlo. Ahí está la sustancia de la filosofía de campaña del doctor Almeyda. Y remata con el lema Cambiemos el Congreso para que circule el peso.
Hace poco más de un año gobernaba la nación el Partido de la Liberación Dominicana, al que pertenece Almeyda, y se pregonó a los cuatro vientos que todo estaba bien, que ya podemos pensar como ricos, que todos estamos mejor y que se logró el sueño del Nueva York chiquito. Justo es preguntarse ¿cómo es que todo ha cambiado de pronto? ¿no queda nada de aquella bondad? ¿O el bienestar era falso?
Si es costumbre que el pueblo empeñe sus prendas para poder comer, como dice Franklin, la pobreza es cosa vieja. Al aspirante a la nominación senatorial le faltó decir, por ejemplo, que desde que Hipólito Mejía asumió el poder el pueblo comenzó a empeñar sus prendas.
El Departamento de Prevención de la Corrupción reveló hace poco que mil exfuncionarios del gobierno peledeista no han presentado la declaración jurada de bienes que establece la ley para cuando se deja el cargo desempeñado. ¿Estarán estos tan mal como señala el mensaje de doctor Alemeyda? Lo que puede presumirse es que algunos de ellos contribuyeron a acentuar la pobreza de muchos dominicanos.
Como soy amigo de Franklin Almeyda, me permito la confianza de advertirle que no es la suya buena forma de promoverse un candidato. La política, dicen, se nutre de realidades, y una realidad es que exige recursos. Es contrariante conducir un Lexus camino de una compraventa. Peor aún, si el objeto a empeñarse es la insignia publicitaria de ese candidato.
La pasada semana, al ser entrevistado en un programa de televisión, el doctor Almeyda dio otra muestra de angustia, al revelar que algunos contendores suyos, en el PLD, están regando papeletas para obtener el triunfo. Ahí está el detalle. La mística de los militantes peledeístas no es la misma de antes del 96. Resulta poco esperanzador seguir a un hombre que por vergüenza no empeña una prenda de tanto valor representativo.
El hijo del Conde, ¡caramba!/ me mandó un papel/ que si yo quería, ¡caramba!/ casarme con él/ yo le contesté ¡caramba!/ en otro papel/ que yo sí quería ¡caramba! pero no con él porque hombre sin dinero¡caramba!/ no busca mujer.
¿Recuerda este coro del folclore infantil? Candidaturas y matrimonio se buscan con buen ánimo. Buscar la senaduría de la Capital con ese mal semblante no resulta forma apropiada. Me temo para Franklin la suerte del hijo del Conde.
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