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Los hijos del gran desorden

Por Rosa Montero
Ya lo dijo Darwin hace 150 años: los seres vivos somos hijos del azar. Ni siquiera las mutaciones genéticas tienen un sentido; es decir, no es que las criaturas cambiemos para adaptarnos mejor al medio, sino que las mutaciones se producen a tontas y a locas, de manera espontánea y caprichosa, y luego la selección natural se encarga de que sólo prosperen aquellas transformaciones que resultan favorables para el organismo. Lo cual equivale a decir que nuestra construcción genética es el resultado de una especie de rifa. A pesar del tiempo transcurrido desde la publicación de la teoría de Darwin, la idea del azar como el centro de todo sigue siendo un pensamiento desolador y difícil de asumir. Nos pasamos la vida intentando darle un sentido y un orden a nuestra existencia, y la sola intuición del gran desorden universal nos deja tiritando.
Pero no es preciso subirse por las ramas evolutivas para saber que nuestra realidad depende de la más extravagante casualidad. Si tu padre no se hubiera encontrado con tu madre al perder aquel tren, al salir de aquel cine, en aquella oficina, ¿ahora dónde estarías? Más aún: si en el justo momento de tu origen hubiera nadado con más fuerza otro espermatozoide, o si el feliz encuentro entre el panzudo óvulo y el afanoso nadador se hubiera producido varias horas antes o varias después, ¿tú seguirías siendo tú, o serías tu hermano? Ya ves: con lo importante que eres para ti mismo, y en realidad dependes de una nimiedad vertiginosa.
El número de octubre de Historia 16 incluye un fragmento del libro Crónica del Holocausto (Ed. Libsa), que es un conjunto de textos y fotos sobre el nazismo. Las páginas seleccionadas por la revista hablan de Hitler, que, como es de todos sabido, tuvo de joven ambiciones artísticas. Era un pintor de gusto tradicional, al parecer bastante malo; dibujaba paisajes y edificios con una factura de lo más vulgar. A los dieciocho años se fue a Viena, que por entonces era una de las grandes capitales culturales del mundo. Puedo imaginar al feroz Adolfo Hitler cuando todavía no era más que un adolescente feúcho y esmirriado, un zangolotino lleno de complejos. Intentó matricularse en la Academia de Arte de Viena e hizo el examen de ingreso (una prueba de dibujo) los días 1 y 2 de octubre de 1907; se presentaron 113 candidatos y el tribu nal admitió a 28. Ni que decir tiene que entre ellos no se contaba el joven Adolfo. Qué diferente hubiera sido el siglo XX si Hitler hubiera estado entre los aceptados, apunta escalofriantemente Crónica del Holocausto.
Hasta hace muy poco, los intelectuales influidos por el pensamiento marxista concedían mucha más importancia a las estructuras económico-sociales que a los individuos. Según esta concepción del mundo, Hitler sólo habría sido una pieza más dentro de un engranaje; y aunque no hubiera existido ese pintamonas fracasado, de todas maneras habría habido otro Führer.
Es verdad que la situación histórica era muy compleja, y que el origen del nazismo no está sólo en Hitler, sino también en el Tratado de Versalles, y en la humillación de Alemania, y en el miedo al comunismo, y en veinte mil malditas circunstancias más que se cerraron sobre sí mismas hasta construir esa trampa para la humanidad que fue el Tercer Reich. Pero lo espeluznante es justamente eso: que la realidad es un juego de carambolas, que los ingredientes se suman o se restan al azar y que la variación en uno solo de los componentes puede producir un resultado totalmente distinto. De manera que es posible que si aquel tribunal escolar hubiera aprobado al inseguro Hitler, el horror del nazismo no se hubiera dado. Cabría preguntarse, de igual modo, en qué momento se torció el pasado de Bin Laden, qué nadería convirtió aquel adolescente hippy y rico de las fotos en este frenético santón espiritado.
Somos hijos del azar, en fin, y mejor será aprender a tragar tan amarga píldora. Pero, por otra parte, y aunque los humanos no controlamos lo que nos sucede, sí somos dueños de nuestra respuesta ante el destino. La manera en que nos comportamos frente a las circunstancias depende de nosotros; a veces, el margen de elección es mínimo, pero aun así siempre podemos escoger, siempre podemos decidir. Y es esa opción, por ínfima que sea, lo que nos hace libres dentro del caos.
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