26 de Noviembre del 2001 • Edición número 1,230
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Max Puig
Sueño, dolor y solidaridad


De una forma u otra todos tenemos a alguien en los Estados Unidos: un familiar, una amiga, un conocido. Total, Nueva York es una de las grandes mecas del mundo contemporáneo. Nada tiene de extraño que se haya convertido en el destino por excelencia de un número apreciable de dominicanos y dominicanas. Tampoco sorprende que una buena parte de la gran urbe cosmopolita lata al ritmo de esta media isla caribeña.

Vivir el “american dream” se ha convertido en un sueño dominicano. Ya lo cantó con singular belleza y fuerza expresiva Juan Luis Guerra. Ese sueño es partir y poder, algún día, regresar. Superar la miseria y las limitaciones. Crecer, ofreciéndole nuevas oportunidades a los hijos. Dar apoyo a los familiares que quedan atrás. Mejorar la suerte de otros.

Se podrá argumentar que no se trata de un fenómeno particular. Que, al final de cuentas, todas las migraciones han sido iguales. No es tan seguro. Por variadas razones, las de la globalización son diferentes.

Las migraciones que conocieron los Estados Unidos hace apenas un siglo eran distintas. Los polacos, irlandeses, suecos e italianos que abandonaron la miseria al dejar sus respectivos países lo hacían con pocas esperanzas de volver, decididos a vivir de otra manera en la tierra prometida a la que arribaban.

El contacto mismo con la nación de origen se hacía difícil. Una dilatada carta, esperada con ansiedad, era el único vínculo en muchos casos. En otros, ni siquiera eso había. Entre muchos pobres de Europa se hablaba entonces del “tío de América” como de una figura mítica. Los Estados Unidos, por su parte, tierra de inmigrantes, se esforzaban por construir una patria con y para los que iban llegando de todas partes. La lejanía y el escaso contacto con el punto de origen, favorecían la integración en el crisol norteamericano.

Ahora es diferente. La conexión es directa y permanente. Se puede vivir en Nueva York y seguir de cerca la cotidianidad del barrio de Nibaje. Estar en Boston y palpitar en Baní. Estudiar en Newark y comer como en Nagua. Trabajar en una factoría en Queens y sólo pensar en la casa que se está construyendo para la vieja en San Francisco de Macorís.

La globalización acortó dramáticamente las distancias. Lo que se vive aquí se vive allá y viceversa. Por eso los ausentes no quieren ser considerados tales. La ausencia real se acompaña de una presencia virtual llena de consecuencias de todo tipo.

Los éxitos de miles de hombres y mujeres de la emigración han sido motivo de satisfacción y justamente celebrados. Lo que vale para los logros vale también para el dolor. De ahí que la tragedia del 11 de septiembre, sentida en todo el mundo, calara tan hondo en la República Dominicana. Las historias de vida de tantos esforzados compatriotas que perecieron en las torres gemelas poblaron las páginas de los diarios y la imaginación de los dominicanos que viven de los dos lados del mar.

La incertidumbre y, en cierta medida el pánico y la impotencia, se han hecho dueños de la población estadounidense. Al estrellarse el vuelo 587 de American Airlines la tragedia se hace presente de nuevo. El hecho ha generado un amplio sentimiento de solidaridad en el territorio nacional y en las comunidades dominicanas en el extranjero.

Muchos pueblos del país han estado llorando sus muertos los últimos días. A través de las lágrimas vertidas resalta la imagen de una nación solidaria. Que tiene en el convite una de sus raíces. Que entre sus valores culturales está el de considerar que un plato de comida no se le niega a nadie.

Solidaridad es sentir como propios los problemas ajenos. Es también aunar esfuerzos para superar las dificultades de los demás y tender la mano a quien lo necesita en un momento dado. A quien ha sufrido la pérdida de un ser querido, pero también, en un sentido más amplio, a quienes padecen una situación económica o social desventajosa o alguna forma de discriminación, abuso u opresión.

En sociedades cada vez más amenazadas por formas de organización económicas y estilos de vida que privilegian actitudes y comportamientos individualistas es importante la solidaridad que generan nuestros compatriotas del exterior frente a las adversidades que hoy se abaten sobre ellos. Es un valor positivo que mucho puede y debe contribuir a la construcción de la nueva República Dominicana del siglo XXI.




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