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FRANK FERNÁNDEZ
Un huracán en la escena

Por Antonio Gómez Sotolongo
El pasado 7 de noviembre, en la Sala Eduardo Brito del Teatro Nacional, en Santo Domingo, se presentó la Orquesta Sinfónica Nacional, en un concierto que se tituló Rapsodia 2001, y que se convocó a beneficio de la parroquia Santísima Trinidad. En esta ocasión el programa estuvo integrado, en la primera parte, por la obertura de la ópera Don Juan, y el Concierto No. 21, en Do Mayor, K. 467, para piano y orquesta, de Wolfgang Amadeus Mozart; y en la segunda, por la Obertura cubana, y la Rapsodia en Blue, de George Gershwin. Fuera de programa se escuchó La Comparsa, de Ernesto Lecuona, en un arreglo para piano y orquesta sinfónica de Mario Romeu. El director fue Álvaro Manzano y el solista Frank Fernández.
Frank Fernández es quizás el pianista a quien más he podido escuchar durante las últimas tres décadas. En 1971, cuando estudiaba yo en la Escuela Nacional de Arte, en La Habana, él acababa de terminar sus estudios de piano en Moscú, y con sus veintitantos años ya era un punto al que todos volteamos para mirar. De entonces acá llovió mucho y pasaron muchas notas bajo sus dedos, y su energía desbordante se encauzó, y su inteligencia comprendió como pocos las partituras todas, pero entre todas, éstas que interpretó junto a la Orquesta Sinfónica Nacional, el pasado 7 de noviembre, son dos de sus más grandes conquistas.
Con la Rapsodia de Gershwin, Frank se presentó con casi todas las orquestas de Cuba, e incluso hizo giras nacionales e internacionales, algunas de ellas acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, también se presentó más de una vez con la Orquesta Sinfónica de Matanzas y en muchas de esas oportunidades tuve el placer de estar en el público, o entre los músicos de esas orquestas. El 21 de Mozart ha sido otro tanto en su carrera, incluso, si la memoria no me traiciona, lo ha grabado dos veces en diferentes épocas de su vida.
Frank siempre sube al escenario a cautivar al público, desde la primera vez que lo vi en escena me impresionó su personalidad, y sigue siendo así, incluso su figura era estremecedora cuando sus versiones de otros tiempos, alguna que otra vez, hubieran estado salpicadas de imprecisiones digitales y tempos galopantes.
Este Frank Fernández que se escuchó aquí, y que el público tuvo la oportunidad de ver con toda el aura que despliega en la sala, es el mayor de todos los que escuché en tantos años. Frank Fernández, a sus cincuenta y siete años de edad, está en la cumbre de su carrera como intérprete, es el más grande que pude escuchar nunca, porque a todo ese nervio en carne viva, a toda esa tromba que es su figura, a toda esa energía desbordada sumó, como nunca antes, una limpieza digital deslumbrante, el dominio absoluto de los tempos y una compresión absoluta de las partituras. Él tiene en sus manos las riendas de su alma, y la va guiando por los recovecos de la música para entregar al público versiones impactantes, con un altísimo nivel de maestría técnica y artística. Su capacidad para producir una amplia gama de colores, con ese dominio que posee del toque, la conjuga con una precisión digital pasmosa. Sus sonidos son bellos, limpios y estremecedores.
El estilo, un concepto tan controversial y vapuleado, Frank lo domina, desde su intelecto, con toda responsabilidad. Mozart es Mozart, Gershwin es Gershwin y Frank es Frank.
No tengo la menor duda de que éste fue el concierto más espectacular del año. Si bien es cierto que el monográfico de Prokofiev, que condujo Álvaro Manzano el pasado 3 de octubre, en la apertura de la Temporada Sinfónica 2001-2002, fue el más dramático, éste que acaba de dirigir, teniendo al Maestro cubano Frank Fernández como solista, fue el más deslumbrante.
La orquesta, trabajada por el Maestro Manzano, fue capaz de complacer todas las exigencias del solista invitado, y en las oberturas sonó, simplemente sonó. Salvadas las infinitas dificultades, pudo sembrar en el auditorio la impresión de que estaba haciendo lo más fácil del mundo.
La Obertura cubana es la imperfecta comprensión que tiene un estadounidense de los ritmos exóticos del Caribe, es la versión gringa del Son, al que le llaman rumba; es la versión de la guaracha, a la que le llaman rumba; del danzón, al que le llaman rumba, y de la extensa gama de ritmos cubanos a los que ensacan, inevitablemente, en la palabra rumba, y en época más reciente en la palabra Salsa y otros eufemismos. La Obertura cubana está basada en motivos de la pieza de Ignacio Piñeiro titulada Échale salsita, un Son-pregón que escuchó Gershwin en 1932 cuando visitó Cuba y frecuentó la emisora radial CMCJ, donde se presentaba el Septeto Nacional de Piñeiro. La Obertura de Gershwin tiene además, en su parte central, todo el ambiente español muy lejano ya en la música del treinta en Cuba. Sin embargo, y a pesar de que la obra no es de las preferidas por el público, es una obra de gran valor estético y que cuando cae en los atriles de una orquesta en el Caribe, respira, toma aires nuevos y puede servir de magnífico preámbulo para que Frank Fernández interprete su deslumbrante versión de Rapsodia en Blue.
Al final, el público ovacionó al Maestro cubano, quien regaló una más, y entonces se escuchó una bellísima versión de La comparsa.
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