26 de Noviembre del 2001 • Edición número 1,230
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Reflexiones sobre humanidad, razón e intereses



Por Jacinto Gimbernard Pellerano

Aquel señor, siempre anciano, venido de una de las Antillas holandesas, apacible, lento y misterioso, cuyo nombre, Leopold Emmanuel Vessoöp no olvido, como no desmemorio frases suyas cargadas y encorvadas de sabiduría trascendental decía: "gente no es gente", decía, con la condición inasible de su acento y la fuerza de una convicción doliente.

Por alguna razón fuera de mi alcance, aún en años en que me despedía yo de la infancia, entendía lo que el señor Vessoöp quería decir: Ser gente, ser humano, es haber evolucionado desde ser una especie biológica entre otras hasta elevarse paulatinamente para alcanzar la condición de humano. La idea de la humanización alumbró desde la antigüedad clásica. Quien inaugura la reflexión en torno al hombre (es decir, la especie, porque todavía estaba muy lejos el enredijo de lo masculino y lo femenino) es Protágoras de Abdera, el amigo de Perícles y Eurípides (ca. 480-410 a.C.) quien se vio en serios problemas por su obra Acerca de los dioses, que según transcribe Diógenes Laercio empezaba diciendo: "De los dioses no sabré decir si los hay o no los hay, pues son muchas las cosas que impiden el saberlo, ya la obscuridad del asunto, ya la brevedad de la vida humana". El asunto es que Protágoras con su idea del homo mensura, es decir, "el hombre es la medida de todas las cosas", funda el movimiento humanista. En el centro de la concepción que los griegos forjaron de la cultura -de la paideia-, está el hombre. Digamos, la especie humana.

He de reconocer que formo parte de los ilusos que confiaban en que el siglo XXI iba a ser la antítesis, el reverso de la moneda mala que fue el siglo XX, donde las crueldades se magnificaron hasta lo inimaginable, donde el odio ciego pero feroz de los nazis, creyendo que proclamándose arios puros (que no lo eran) tenían buena razón para exterminar totalmente a los judíos: la "solución final". Siglo éste, recién terminado, manchado con las "purgas" stalinistas y con la crueldad de dictadores de allá y de acá. Dictadores que siempre actuaron "a nombre de la democracia", "en defensa de la Patria", etc.

El caso es matar, exterminar, apropiarse de lo ajeno, con algún argumento justificatorio. Los mismos judíos en Palestina con apoyo británico (ya en 1917 el canciller británico Arthur Balfour declara que los judíos tienen derecho a una patria en Palestina) han demostrado una agresividad, explicable pero no justificatoria, contra los palestinos, con ayuda británica y luego norteamericana.

Los intereses despojan de la condición humana a quienes constituyen un obstáculo para sus logros pantagruélicos. O para la sed de venganza.

¿Fueron considerados humanos los miles de personas en New York? ¿Han sido considerados humanos los miles de inocentes, víctimas del espantoso bombardeo norteamericano a las misérrimas poblaciones afganas, eufemísticamente llamadas "ciudades" cuando son territorios mordidos por el hambre y toda carencia imaginable?

Si se pensara superficialmente, podría parecer un absurdo la manera en que Estados Unidos procura castigar a Bin Laden (si fue su organización y no otra la responsable del horrendo episodio de las Torres Gemelas. Recuerden a Hussein), pero es que la guerra siempre ha sido un factor importante para la industria y el comercio. Para quienes fabricaban espadas en la antigüedad, o elaboraban poderosos arcos con flechas envenenadas, o culebrinas, aquellos cañones móviles de escaso calibre, hasta el Grosse Berta alemán, cuyas granadas alcanzaban 120 kilómetros y todos los demás artefactos mortíferos de lo que mal llamamos "modernidad", siempre ha sido la guerra un buen negocio. No hay mejor remedio para una depresión económica que una guerra. Quienes mueren son los infelices. De un lado los fanáticos a quienes se les promete un paraíso maravilloso, de otro, ignorantes jovenzuelos pueblerinos hipnotizados en la creencia de que están al servicio del bien y la razón. ¿Cuántos de estos últimos cuestionaron la validez de sus motivaciones en intervencionistas? Sobre todo en Vietnam, donde el fracaso se quiso presentar como razonable victoria.

La guerra es una constante para Afganistán, un conglomerado de tribus incoherentes que se unieron precariamente en este territorio montañoso para resistir invasiones desde el siglo cuarto antes de Cristo, cuando Alejandro Magno pretendía su dominio, siguiendo hasta nuestros días, venciendo poderosos imperios como el británico y el ruso, y todo aquel que intentó romper su tenacidad.

La mejor manera de vengar el horror de las Torres Gemelas, no es este horror, que ha modificado la opinión mundial, originalmente tan solidaria con los Estados Unidos. ¿Es menos horroroso, menos terrorista, lo que están haciendo los bombarderos norteamericanos?

¿Por qué no se puso en marcha una acción directa, moderna, sofisticada, contra Bin Laden -si fue él y no otro grupo terrorista el culpable del horror de New York- y, en cambio, se procedió a una destrucción masiva desde el aire?

Muchos lo vemos como un mecanismo de intereses.

¡Valiente siglo XXI que nos ha tocado!


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