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Sierra Prieta
Comunidad que canta sus penas a ritmo de atabales
No hay empleo y los frutos de la tierra apenas alcanzan para sobrevivir. Tampoco hay servicios. A la espera de cambios, los pobladores apelan a la protección espiritual de sus antepasados

Por Pedro Canó
Cursaba el año de 1948 cuando el entonces mayor Pupo Román, amigo, subalterno y hombre temeroso de Trujillo, decidió ocupar una pródiga llanura circundada por montañas de pronunciada pendiente que se encuentra uno camino hacia Yamasá, luego de pasar Villa Mella.
Le interesaba a Román la cría de ganado en pastizales sanos. El problema que a decir verdad no lo era, ¡cómo iba a serlo para él que vivía a la ardiente vera de la gloria!- era que estaba ocupada, desde hacía mucho tiempo, por gente que no había conocido otra cosa que la vida en esos predios.
La solución del problema: desalojarlos de allí. Ni más ni menos. Nada se lo impedía.
Hecho lo propio, levantó potreros y cultivó o hizo cultivar- frutos menores para el mercado capitalino. No le fue mal al principio, pero años más tarde sus operaciones se hicieron deficitarias, y el propio Jefe tuvo que cubrir algunas de sus deudas para defender el apellido Trujillo, clan al que Román se vinculara por matrimonio.
La historia y los hechos de los hombres se encargaron de urdir la madeja que unió al tirano y al usurpador, para luego deshacerla entre traición, sangre y fuego.
Pero basta. Esta no es la historia de Román y las intrigas del poder, sino de la gente que él expulsó de los predios y abandonó a su suerte entre los confines de la llanura y una sierra empinada donde debieron aprender, nuevamente, a arrancarle vida a la tierra.
SUS DEVOCIONES
La comunidad de Sierra Prieta, que comprende algunos caseríos comunicados entre sí por un camino de tierra de aspecto lunar, se organiza en torno a varios altares iglesias los llaman los lugareños- cuya erección se pierde en la memoria.
San Ramón o Todos los Santos se celebran tirando la casa por la ventana, a ritmo de atabales y convidando a todos los asistentes con platos ceremoniales del menú afrocaribeño. Cada festividad tiene un lugar específico en el que se reúnen los lugareños y los visitantes de toda la región.
Todos somos devotos. El que no es de uno, es de otro santo, pero todos nos juntamos en las fiestas, no importa quién las organice, adelanta Francisco Evangelista, con voz que el tiempo ha ido tornando trémula.
A sus 82 años ha sido alcalde o subalcalde desde sus años mozos. Hoy, además de subalcalde, es el encargado de mantener vivo el fuego votivo de la Iglesia de finao, o de las ánimas.
Se tocan atabales ellos los llaman cañutos- desde la víspera del día de la divinidad invocada. Se cocina, se baila y se reza, además de cantar salves para honrar a Dios.
Un cura visita la comunidad desde Villa Mella y celebra misas católicas una vez al mes en cada iglesia, en un ambiente sincrético cuyo sabor a tierra enriquece el bagaje referencial devoto con nombres y narraciones fantásticas, para convencer al oyente de que el manto divino, expresado en bonanza campesina, en buenas lluvias y cosechas, cubre a los hijos de las lomas de esta serranía confinada.
Bernardina Figueroa cuida la iglesia de San Ramón. Es una promesa familiar. Cuando nació, rememora, ya existía la casucha rala que alberga rústicas cruces de madera sin pulir y un altar terroso con litografías, cuyo halo de santidad acentúan las velas. Varias cruces erigidas al borde del camino y alrededor de los ranchones marcan este suelo santo.
El aspecto del local a cargo de Francisco Evangelista es similar. A diferencia del primero, el altar es de madera. Ambos se sitúan en una extensión llana, con grama bien cuidada y varias enramadas a su derredor para albergar a los festejantes en los días felices que señala el calendario y en los tristes días de despedir a los fieles que se van.
En Sierra Prieta la trama social se teje en torno y a partir de estas devociones.
UNA MONTAÑA DIFÍCIL
Machete al cinto y botas enlodadas, José De la Cruz Bergson participa de todas. Soy de todos sin ser de ninguno. Yo soy hijo de esta tierra y todos me quieren. Es nuestro guía entre estas lomas y los caminos que las cruzan.
El arroyo Yuca, afluente del Ozama, cruza por acá al fondo de una garganta profunda. Abajo, los muchachos pescan la cena en sus aguas.
Yuca, maíz, batata, yautía se cosechan en las pendientes. Frutos para la subsistencia, porque no hay para más. Es difícil sacarle algo más a una ladera, lamenta De la Cruz Bergson. Nos quitaron la tierra de abajo; nos obligaron a subir, y aquí no tenemos manera de producir para vender. Sólo alcanza para alimentar a nuestras familias; para nada más.
Hoy, muerto Román, la tierra está en otras manos. Muchas naves avícolas tachonan la llanura en que también se encuentra el campo de tiro del Ejército. Entre las cumbres hay casas de veraneo de afortunados capitaleños.
En la llanura, varios potreros sorprenden al viajero entre las curvas del camino. Los propietarios, se lamentan De la Cruz Bergson y Evangelista, no dan trabajo a los lugareños. Traen a sus capataces de otro lado y prefieren emplear a
extranjeros Evangelista quiere decir haitianos- porque trabajan por poco dinero y viven de cualquier cosa. Al final, no dejan nada en esta comunidad. Ni siquiera la posibilidad de ganarse uno la vida aquí mismo.
Menos habituaos a las labores agrícolas, los jóvenes deben irse a trabajar a Villa Mella o a Santo Domingo. Trabajan en la construcción o en lo que aparezca, porque la tierra de sus abuelos ya no es suya, y lo que les dejaron no les permite reproducirse como grupo.El clamor es coro en sostenido. La comunidad se queja de malos caminos, por los que transitan, desde una mina a cielo abierto, los camiones que llevan el material para hacer las calles de Guarícano, de Villa Mella, pero que no sirven para adecuar la ruta que conduce al corazón de la tierra de los congos y atabales, tierra de gente que espera en oración el día de salir del hoyo umbrío en que vive.
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