Guillermo Moreno
Partidos y democracia
Algo huele mal en nuestra democracia representativa. Hace unos años era el continuismo, la reelección, los fraudes electorales, la falta de institucionalidad y de garantías, y de libertades políticas, los motivos de nuestras insatisfacciones con el sistema democrático. Pero resulta que los últimos tres procesos electorales han sido sin crisis; se ha producido una alternabilidad en el poder, los partidos mayoritarios han experimentado procesos de democratización, celebran incluso primarias internas para escoger sus candidatos. Con la excepción de siempre, han desaparecido los grandes liderazgos personales. A pesar de todo esto, se oye la queja constante en torno al funcionamiento de nuestro sistema democrático; se siente la falta de fe en las instituciones y en los representantes electos. Una frustración colectiva parece apoderarse de grandes segmentos sociales. ¿Dónde buscar la causa de todo esto?
La democracia se caracteriza por ser el sistema de gobierno en que las autoridades son electas por el voto popular. Pero ¿de dónde provienen estas autoridades electas? ¿de dónde surgen los presidentes y vicepresidentes de la República? ¿y los senadores y diputados? ¿y los síndicos y regidores?
Como es sabido, todos ellos son postulados como candidatos por los partidos políticos.
Los partidos se han asegurado un sistema electoral que les otorga el monopolio en la postulación de los candidatos. Pero ahí no queda el asunto. Corresponde al Poder Ejecutivo nombrar a los titulares de las secretarías de Estado y a los empleados de éstas. Los síndicos nombran a los empleados municipales. Como es natural, todas estas funciones pasan a ser desempeñadas por los militantes y simpatizantes de los partidos que ganan las elecciones o que controlan estos poderes del Estado, fomentando el clientelismo político. No es casual que, a pesar de llevar varios años de promulgada, no se ha puesto en vigencia la Ley de Servicio Civil y Carrera Administrativa.
Por su parte, el partido o los partidos que controlan el senado de la República son los que eligen los jueces electorales.
Así mismo conocemos, por experiencia reciente, el peso determinante de estos partidos en el Consejo Nacional de la Magistratura en la selección de los jueces de la Suprema, desconociendo incluso la Carrera Judicial.
Es decir, la democracia representativa funciona regenteada por los partidos políticos. Los militantes y simpatizantes de los partidos políticos vienen a constituir una nueva casta social, destinada a administrar y dirigir el Estado. Como sería lógico suponer, bajo ese designio ha de esperarse que los miembros de los partidos políticos sean entrenados y preparados para el eficiente desempeño en las tareas del Estado. Nada más alejado de la realidad. Los partidos políticos no dejan de ser entidades privadas con intereses propios y autónomos de los de la sociedad.
Muchos de los miembros de estos partidos que ganan una precandidatura y luego son electos a los cargos, han de hacer grandes inversiones en la campaña electoral, dinero que deben buscar a sus expensas. En la escuela que ha dominado la práctica política criolla, el entrenamiento para ser un buen político conlleva lecciones de demagogia y simulación; de clientelismo y de capacidad de pactar aliados políticos y económicos, sin importar su procedencia y naturaleza; se les entrena con el ejemplo para ir a las funciones públicas a servirse de ellas y asegurarse su futuro económico y político.
En este punto se devela una contradicción fundamental del funcionamiento actual de la democracia. Los representantes son electos para servir al interés general de la nación. Pero ellos, amparados en un sistema político hecho a su imagen, superponen al interés de los ciudadanos, los intereses de su partido (en realidad de la cúpula dirigencial) o de la tendencia interna a que pertenecen o los intereses propios de ascenso económico o todos a la vez.
El ascenso de los partidos políticos en el control y regencia de la democracia ha supuesto, no sólo asegurarse, a través de los sistemas electorales, la exclusividad en la postulación de candidatos, sino ir suprimiendo toda forma de participación directa de los ciudadanos en la toma de decisiones. También se ha desarrollado una particular visión del funcionamiento de la democracia en que, pasado al evento electoral, se traspasa la soberanía del representado al representante, despojando a aquél de la facultad de revocación del mandato. Asimismo, se ha perfeccionado el sistema de control inter-poderes, en perjuicio de los sistemas de control social sobre los poderes públicos, que obliguen a la transparencia y a la rendición de cuentas frente a los ciudadanos.
Una sola conclusión. Los grandes problemas que acusa nuestro sistema democrático en lo referente a la inequitativa distribución de las riquezas, a la falta de oportunidades, a la crisis en los servicios públicos, a la falta de institucionalidad y de respeto al estado de derecho, y sobre todo, al cáncer de la corrupción, no tendrán solución mientras no se produzca una renovación profunda del sistema político. No se trata de eliminar los partidos políticos, sino de resituarlos y devolver al único soberano, el pueblo, las formas de participación directa en la constitución del poder político y de control sobre éste. Definir cómo y quienes están llamados a jugar este papel será tema de una próxima entrega.
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