19 de Noviembre del 2001 • Edición número 1,229
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Joaquín Balaguer
Más de 70 años como cortesano del poder

El anciano caudillo y Tomás Bobadilla comparten el ser los políticos de más prolongada incidencia en esta media isla. Uno durante el siglo XX y el otro durante el XIX



Por Miguel Febles

Una discusión acerca del período más largo de un partido político en un ambiente de libre competencia tiene una solución rápida: ocho años. Es del Partido Revolucionario Dominicano en el período 1978-86. Antes se habían producido los 20 años del Partido Azul, los 31 años de Trujillo y su Partido Dominicano, y los 12 años de Balaguer y su Partido Reformista, pero en ninguno de estos casos hubo igualdad de oportunidades ni libre competencia en la carrera por la Presidencia de la República.

Ahora bien, la carrera pública más extendida que ha tenido el país de funcionario alguno que haya llegado a la Presidencia es la de Joaquín Balaguer, que desde 1927 ya se desempeñaba como un servidor del Estado.

Ingresó, según sus propias palabras —contenidas en Memorias de un Cortesano de la Era de Trujillo— como profesor de literatura en la Escuela Normal de Santiago. De aquel empleo público proceden sus Nociones de Métrica Castellana, manual que contiene las líneas generales de la versificación española.

Algunos hablan de los 70 años de Balaguer en la vida pública dominicana, con la vista puesta en su llegada al gobierno como parte de las huestes de la revolución liderada por Rafael Estrella Ureña y de la que finalmente se apropió Trujillo, que era líder del golpe contra el gobierno de su patrocinador, el general Horacio Vásquez.

Hasta el momento en que se escriben estas líneas los de Balaguer como servidor público son 74 años, desde que recibió su primer sueldo del Estado, y 78 años desde que empezó su vida pública, hecho que puede ser establecido en el 1923, cuando —según sus palabras— formó parte del movimiento nacionalista “y del grupo de jóvenes que acompañaron al licenciado Rafael Estrella Ureña, líder de ese movimiento cívico en el Cibao”. Esta revelación de Balaguer permite un enlace con otras circunstancias de su vida pública que ya son parte del mito de este hombre de longevidad y de incidencia excepcionales en la vida dominicana.

Una de estas circunstancias es el hecho de que el movimiento cívico nacionalista fue organizado y liderado por Américo Lugo, inspirador y defensor rabioso de la “pura y simple” (fórmula que reclamaba la salida sin condiciones del ejército interventor que desde 1916 pisoteaba el país), que algunos años después de instalada la dictadura se enfrentó moralmente a Trujillo y murió aislado; pero también se puede inferir que fue estrellista antes que trujillista, condición que no debe ser despreciada si se toma en cuenta que Estrella Ureña cayó en desgracia el mismo 1930, y al año siguiente salía al exilio junto a varios de sus allegados.

Ocurre, por demás, que mientras Balaguer dirigía proclamas desde una tribuna improvisada en Santiago contra la presencia de los marines en el país, Trujillo era uno de los agentes locales de ese ejército de ocupación. Allí no termina lo paradójico. Américo Lugo, como ha sido señalado, fue el espíritu del movimiento nacionalista, pero también fue uno de los discípulos de Eugenio María de Hostos, creador de la Escuela Normal. Viene a ser que Balaguer, que ingresó como servidor del Estado a través de esta institución, es señalado por sus contrarios políticos e intelectuales como uno de los principales responsables de la eliminación de la escuela hostosiana.

Pero la carrera pública de Balaguer, extendida como no ha habido otra en el país, muestra renovadas credenciales en los albores del siglo XXI: una pensión de expresidente, consejero del huésped de turno del Palacio Nacional y uno de los tres puntos de equilibrio del poder político en el país.

BOBADILLA, EL MÁS HÁBIL
La organización originaria del Estado dominicano culminó el 6 de noviembre de 1844. Es una institución que muerde la realidad de tres siglos diferentes, el primero de ellos desde poco antes de la mitad, el siguiente de principio a fin y el tercero lo vive plenamente, como un habitante de la aldea global al que afectan tanto el aleteo de una mariposa en China, como el atentado contra el Pentágono y el World Trade Center.

Los dos siglos precedentes —XIX y XX— han tenido sus ejemplares de extendida y excepcional vida pública. El XX tuvo a Balaguer como mito que todavía vive y el XIX tuvo a Tomás Bobadilla, un personaje tenido a menos por sociólogos e historiadores, pero que se encuentra presente en la médula de la dominicanidad y es, sin ninguna duda, la figura que puede explicar a Balaguer como nadador de la vida pública, a los políticos dominicanos como expresión del dios Jano (tiene una cara para cada circunstancia), el camaleonismo consustancial del ser nacional y al dominicano como ejemplo de tenacidad para ir adelante con el plan de nación concebido por Duarte, a pesar de las conspiraciones contra la idea, a pesar del pesimismo de la clase media, a pesar de la falta de fe de sus ricos y a pesar de las conspiraciones contra el territorio.

Bobadilla nació en Neiba, 1786, y ya a los 23 años, esto es en 1810, ingresaba a una vida pública de la que saldría con la muerte, que lo alcanzó 59 años después en Puerto Príncipe prestando sus servicios a uno de los tantos caudillos que produjo el turbulento siglo XIX dominicano.

Si las metamorfosis de Balaguer les parecen notables a contrarios y admiradores —nacionalista en 1923, estrellista en 1930, trujillista del 30 al 61, demócrata en el 62, instrumento de la transición de la dictadura a la democracia del 66 al 78, liberal del 86 al 96 y parte de una triple entente del 97 al 2001—, las de Bobadilla serían para erigirle un mausoleo. Nuestro hombre fue bobo, como la España a la que sirvió hasta 1822, año en que pasó a ser una figura de primer orden del gobierno haitiano sobre toda la isla; expresiones salidas de su pluma acerca de Boyer no tienen que envidiar a las que salieron de la cabeza de los panegiristas de Trujillo durante la Era, y sin embargo todos conocemos el papel que jugó en el movimiento de la independencia nacional, participación que permite que algunos intelectuales vean en el Manifiesto del 16 de enero de 1844 una obra de su mano —lo cual es perfectamente posible— papel que le permitió hacer una apología de sí mismo en la que reclamó la paternidad de la patria a propósito de uno de sus más fuertes choques con Santana en 1847.

Bobadilla fue el primer presidente de hecho de la Junta Central Gubernativa, puesto que cedió a Pedro Santana en cuanto éste mostró las agallas; fue, además, quien sugirió la inclusión del artículo 210 que desnaturalizó la primera Constitución y un par de años después, cuando llegó el primer disgusto de importancia con Santana, se las arregló para ser designado diputado y salió al exilio para volver al país del lado de Manuel Jiménez, quien sustituyó a Santana. De Presidente había pasado a ser santanista y de santanista a jimenista y poco después era de nuevo santanista para pasar a poco a ser baecista y de nuevo santanista y así de uno a otro hasta ser de nuevo español en 1861, nacionalidad de la que había adjurado cuando Boyer imponía su dictadura sobre toda la isla.

La capacidad de adaptación mostrada por Bobadilla no tiene comparación en la vida pública dominicana, tanto por la violencia de los cambios como por el ambiente en el que ésta vino a manifestarse: la España Boba, la administración haitiana y la confrontación de caudillos iniciada el mismo 1844 y concluida con su muerte en diciembre de 1871, cuando Báez imponía su política de disolución.

DOS HILOS CONDUCTORES
La continuidad del Estado, de lo dominicano, estuvo garantizada en el siglo XIX por la participación de Bobadilla en la administración y la vida públicas desde 1811 hasta 1871. A la hora de su muerte quedaba, es cierto, un largo trecho por recorrer al joven Estado para concluir el siglo XIX, pero ya en esa fecha el Partido Azul era una realidad, del lado del que se había colocado en su oposición rabiosa a Buenaventura Báez. Treinta de esos 60 años de vida pública los vivió bajo el gobierno colonial, un período efímero con Núñez de Cáceres y un lapso de 22 años bajo el régimen haitiano. Pero si hacemos caso de los comentaristas de nuestra historia, especialmente a los que dicen que el sentimiento dominicano puede ser establecido con claridad desde el mismo siglo XVIII, podemos conceder que a pesar de la ausencia de un Estado independiente los hechos políticos, sociales y económicos del siglo XIX de principio a fin son típicamente dominicanos.

En el siglo XX esta continuidad de la vida pública puede ser establecida siguiendo el quehacer de Balaguer. Con él se toca el hecho troncal del siglo, que lo fue la administración de los marines (1916—24), la administración de Horacio Vásquez, en la que empezó su carrera como servidor del Estado —administración que fue a su vez el enlace entre la realidad del siglo XIX y el siglo XX dominicanos y el que determinó nuestra realidad política desde julio de 1899 hasta febrero de 1930— y la Era de Trujillo, en la que se materializaron los caminos trazados en el período 1915—1924.

Balaguer estuvo presente en la conspiración de la que surgió el Trujillo gobernante; estuvo presente durante los 31 años que duró su gobierno; estuvo presente como actor de primera línea en los sucesos que siguieron a la muerte del dictador; fue figura principal en el período de transición y establecimiento de las bases de la República Dominicana de hoy iniciado en 1966 y concluido en 1978; fue la piedra de toque que obligó a los desbordados líderes de la nueva realidad política social y económica dominicana a poner los pies sobre la tierra, y ha venido a ser uno de los tres pilares sobre los que hace equilibrio hoy día la concreción de lo dominicano en términos políticos.

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