19 de Noviembre • Edición número 1,229
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Temporada Sinfónica 2001-2002
FIN DE LA PRIMERA PARTE
Estrenos y reestrenos


Por Antonio Gómez Sotolongo

Durante la noche del pasado miércoles 31 de octubre, en la Sala Eduardo Brito del Teatro Nacional, en Santo Domingo, concluyó la primera parte de la Temporada Sinfónica 2001-2002, con un concierto que incluyó la obertura “Fra Diavolo”, de Daniel François Auber; el Concierto en Re Mayor, para piano y orquesta, de Joseph Hydn, y la Sinfonía No. 2, de Alexander Borodin. Jazmina Gavrilovich, fue la solista invitada, y el Maestro Álvaro Manzano, Director Titular de la institución, fue quien tuvo a su cargo la conducción. Las obras de Auber y Borodin se presentaron en estreno nacional.

El ciclo, que comenzó el pasado día 3 de octubre, está matizado por los estrenos y la reposición de obras que dejaron de ser tocadas durante algún tiempo por la Orquesta Sinfónica Nacional de la República Dominicana. Una grata repetición resultó ser el primero de los conciertos de la temporada, donde se volvieron a escuchar, después de más de una década, la Suite No.2, del ballet Romeo y Julieta, y la cantata Alexander Nevski, de Serguei Prokofiev, dos obras fundamentales en el repertorio sinfónico. Menos alejadas en el tiempo estaban las audiciones del segundo programa, dedicado a la música española, en el que se volvieron a escuchar la Célebre serenata española Op. 181, de Isaac Albéniz; Fantasía para un gentil hombre, para guitarra y orquesta, de Joaquín Rodrigo, y la música del ballet El Amor Brujo, de Manuel de Falla.

En el tercer programa, la institución tuvo un buen desempeño artístico. En la obertura, el ensamble sonó empastado, con acierto en el tono, y muy seguro en los cambios de dinámicas. En la obra de Hydn, la pianista yugoslava radicada en el país, Jazmina Gavrilovich, recordó al público lo establecido en su debut aquí, acaecido el 17 de enero de 2001, cuando asumió, junto a Víctor Mitrov, la interpretación del Concierto en do menor, para piano, trompeta y orquesta, del compositor ruso Dimitri Shostakovich. Entonces, como ahora, se presentó como una instrumentista dotada de una sólida técnica, con una gran musicalidad y una fuerza capaz de estremecer al auditorio. Certera en el toque, en la digitación y el uso de los pedales, Jazmina consigue revertir en sentimientos toda esa precisión mecánica. Pulcro sonó también el tratamiento estilístico y toda esa calidad artística fue premiada por el público con una cerrada ovación. Tanto en su debut, acompañada por el Maestro mexicano Eduardo Diazmuñoz, como en su última actuación junto al Maestro ecuatoriano Álvaro Manzano, Jazmina estuvo cómoda ante la partitura, la asumió desde un profundo conocimiento y la interpretó con maestría.

En la Sinfonía de Borodin, la orquesta mostró una de sus cualidades más notables: La ductilidad ante los requerimientos del Director. Esta es una orquesta que responde rápido, a pesar de cualquier otra deficiencia, y el Maestro Manzano, aparentemente, ya le tomó el pulso a ésta y otras peculiaridades de la agrupación. Con la obertura, y también con Borodin, Manzano enfrentó a los músicos con una partitura que ofrece un grado de dificultades técnicas y musicales que están en un escalón más alto al habitual, pero en un escalón alcanzable luego de un período de entrenamiento medianamente razonable y utilizando los métodos adecuados. Estas dificultades, que fueron resueltas algunas de manera muy loable, se convirtieron inmediatamente en pasajes que agradaron, en primer término a los intérpretes. Hubo pasajes muy delicados en la cuerda que sonaron como pocas veces, en una prueba fehaciente, para músicos y público, de las potencialidades de la agrupación, de lo que son capaces con un esfuerzo bien encaminado. No se han visto todavía en estos últimos cuatro programas de la Orquesta Sinfónica Nacional pasajes técnicamente inabordables, puesto que las obras llegadas a los atriles, según parece, fueron muy bien escogidas.

De nada vale enfrentar a la orquesta con piezas técnicamente inabordables, o piezas sin dificultades. Tanto unas como otras dejan a los intérpretes con el amargo sabor de la frustración. Es bueno ir “haciendo la orquesta” poco a poco, y cada Titular eso es lo que hace: crear una agrupación a su imagen y semejanza. Por el momento, ese trabajo emprendido por el Maestro Álvaro Manzano, ese trabajo de “hacer la orquesta”, anda por buenos derroteros y ya se le ven cuatro conciertos de magnífica factura, cuatro conciertos, entre ellos tres de Temporada, en los que la institución emprendió la subida, escalón por escalón. Ojalá que esa labor metódica, racional, en la que se empeña el conjunto llegue tan lejos como su capacidad técnica y la imaginación del Director Artístico lo permitan, sin presiones externas en otros sentidos. Ojalá.


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