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Shaw, Bosch y las caretas de la idolatría

Por Jacinto Gimbernard Pellerano
Cuando George Bernard Shaw estrenó su comedia El carro de las manzanas (The apple car), en 1929, fue tan airada la reacción de los fervorosos partidarios de la democracia, entre los cuales se encontraban importantes críticos, que se vio obligado a añadir un prólogo a la próxima edición de la obra, impresa un año después. Allí decía: El que tantos críticos que se toman por fervientes demócratas se figuren que el triunfo, puramente personal, del rey hereditario sobre el ministro electo es un triunfo de la autocracia sobre la democracia, y que su teatralización es un acto de apostasía política por parte del autor, me convence de que la devoción que profesamos por los principios políticos no es más que una careta para nuestra idolatría hacia las personas más eminentes.
Esto lo escribía Shaw cuando apenas empezaba la década de los años treinta.
En verdad nuestro drama latinoamericano (y esto habla de la universalidad de la esencia humana) ha sido y sigue siendo nuestra idolatría hacia las personas más eminentes. No importan las características de tales eminencias.
Debo referirme, con pesar, al hecho de que la Historia dedica muy poca y volandera atención a la masa compuesta de individuos grises, corrientes, ordinarios y triviales que realizan el trabajo diario que requiere la vida y que, manejados con astucias y trapacerías, son llevados a otorgar poderes a personajes eminentes, que sobresalen de la multitud, la mayor parte de las veces por sus malas artes.
Por supuesto, hay eminencias bien intencionadas y eminencias del mal. A ambas las idolatramos indistintamente. Por eso funciona tan aceitadamente el enorme mecanismo de la impunidad frente al gran delito. Al delito eminente. Aunque eventualmente musitemos una crítica entre dientes a esos malvados que pasean desenfrenadamente sus muchos millones mal habidos. En el fondo vibra una admiración por estos personajes vergonzantes, a los cuales nadie les niega el saludo y la sonrisa cortés.
Tal desastre moral, tan antiguo que produce escalofríos, tal sumisión al atrevido, amoral e hipócrita, debe, por lo menos, debilitarse.
El recién fallecido Profesor Bosch creía firmemente en la educación y la disciplina, en la limpieza de las intenciones y las acciones. Lamentablemente, el proceso dignificador, adecentador, reposicionador, requiere del manejo de sutilezas que no estaban en la estructura mental y espiritual del creador de dos grandes partidos políticos: PRD y PLD.
Bosch tenía muy presente al hombre común. A ese era el que quería educar. Por eso adoptó un lenguaje llano y accesible. Impaciente por lograr sus metas, quiso crear un Partido de la Liberación Dominicana (PLD) que estuviese anclado en la disciplina, el estudio y los altos valores. Logró un partido élite en estos terrenos y pudo reunir personas muy valiosas, entre los cuales se destacó Fernández. No obstante, para alcanzar el poder, su partido debió efectuar negociaciones que, me parece a mí, si el Profesor hubiese estado en posesión de una buena salud no hubiese aprobado.
Bosch era una de las muy escasas eminencias positivas.
La lección de su trayectoria merece honda meditación. ¿Cómo equilibrar el patriotismo vigoroso y sano con los requerimientos movedizos de la política? ¿Cómo hacer, si la gente quiere que la engañen, que le ofrezcan lo que no se puede, ni se debe, ni conviene al país?
Es necesario modificar el valor que se otorga a ciertos personajes eminentes. Pero es un proceso lento.
Shaw decía que la devoción que profesamos por los principios políticos no es más que una careta para nuestra idolatría hacia las personas más eminentes.
Tenemos que separar un poco la careta de nuestro rostro. Levantarla siquiera a ratos, para poder ver y para que nos puedan ver.
Esencialmente, tenemos que ajustar, que enfocar, las imágenes de las eminencias, de los personajes a reverenciar.
Sólo así combatiremos el desorden nacional. La inanición cultural.
Que no es un mal reciente ni de fácil solución.
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