12 de noviembre del 2001 • Edición número 1,228
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Se fue Juan Bosch
Rafael Molina
Morillo


La partida de Juan Bosch deja a la República como si le faltara un pedazo de su integridad.
Como político que fue, como escritor creativo, como cuentista y como investigador acucioso, Juan Bosch fue un hombre controvertido y polémico, con el que había que estar muy de acuerdo o muy en desacuerdo. Su personalidad y su carácter no permitían términos medios.

Aún así, los que fueron sus adversarios, ora en el terreno de las ideas o en el de los hechos, reconocen a la hora de su muerte que fue un hombre cabal, respetable, íntegro, honesto. Y que su partida definitiva de este mundo representa una pérdida sensible para el país y más allá de nuestras fronteras.

Un proverbio dice que “la muerte es como un jabón, que lava todas las manchas”. Esto no puede aplicarse en el caso del ilustre dominicano que acaba de partir. Junto a sus puntos luminosos, que fueron muchos, Juan Bosch tuvo también, justo es admitirlo, sus manchas. Pero éstas sólo pueden servir para reafirmar sus convicciones y redefinir su silueta de hombre sin dobleces ni hipocresías.

La República Dominicana, sin Bosch, ha quedado incompleta. Se siente que le falta algo. Sus enseñanzas y su ejemplo nos quedan como única herencia. Aprovechemos las primeras y sigamos el segundo. Nosotros mismos seremos los más beneficiados.



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