12 de Noviembre del 2001 • Edición número 1,228
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Conversación callejera de guerras y crueldades



Por Jacinto Gimbernard Pellerano

Como si fuese a explotar, rojo de nerviosismo, uno de esos conocidos de mi infancia, de esos que vagaban y tonteaban por el vecindario colonial cercano a la imprenta de mi padre, se me acercó, apartándose del hombre con el cual discutía. Tuvo el buen gusto de no abordarme con las angustiosas preguntas ¿Te acuerdas de mí? ¿Cómo yo me llamo? No. Él me dijo su nombre y me atacó de otra manera: Ven acá, Jacinto, ¿tú crees en las guerras religiosas?

- No --repuse sin dilación.
- ¿Por qué?
- Porque… bueno… las guerras están generadas por intereses de dominación, a menos que no se trate de guerras de independencia, que están harto justificadas.

- ¿Y qué piensas de este conflicto bélico en el Medio Oriente, donde unos y otros dicen defender su fe en el Creador, a quien le ponen distintos nombres y ya le dicen Alá, como Jehová o God?

- Pienso con tristeza en lo poco que ha cambiado el ser humano --repuse con renuencia y lentitud. Pienso en el inmenso sacrificio de Cristo, realizado únicamente para dejar sentada una doctrina de amor al prójimo, de bondad y sencillez, algo totalmente diferente, opuesto al líder espiritual que los judíos esperaban para que, con poderes sobrenaturales, con fuerza divina, sacara a sangre y fuego a los invasores romanos. La decepción judía al comprender que Jesús no estaba a favor del odio y la violencia, sino del amor y la paz, los movió a llevarlo a la crucifixión. Hoy siguen siendo crucificadas sus enseñanzas, tanto por quienes dicen seguirlas como por quienes las retuercen con envolturas del Antiguo Testamento --que tiene de todo, como es de suponerse en textos producidos en muy diferentes circunstancias y con variados propósitos. También están otros que niegan la divinidad de Cristo y se aferran a las confusiones mahometanas. Mira, los ancestros de los palestinos llegaron al extremo Este del Mediterráneo --a ese territorio árido y de montañas de media altura, al Norte de Jerusalén, y con una gran depresión en la región del Mar Muerto-- más de tres mil quinientos años antes de Cristo. A lo largo de siglos son dominados por los egipcios, los asirios, los caldeos, los persas, los romanos, los hebreos y también por las cruzadas cristianas. Viven cuatrocientos años bajo el yugo del Imperio Turco Otomano. En la Biblia se la designa con los nombres de tierra de Canaán, y también con el de tierra de promisión o tierra prometida, por haberla ofrecido Dios a los hebreos; asimismo se la conoce como Israel y en parte por Judea. El nombre de Palestina fue usado por primera vez por Herodoto y originalmente se refería a la zona costera entre Jaffa y Gaza.

- ¿Dónde quieres llegar con eso… crees que la tierra es de quienes llegaron primero?

- No. Todos somos invasores, conquistadores y dominadores. Si la tierra fuese de quien llegó primero, tú y yo estaríamos, como el resto de los dominicanos, entre España y Africa. Aquí estarían los taínos y en el resto del continente estarían los mayas, los aztecas, los sioux, los apaches y toda la interminable variedad de indígenas aplastados por los europeos. Donde quiero llegar es a la expresión de un gran desconsuelo por el absurdo comportamiento de nuestra especie. Guerras y más guerras. Odios y exterminios que no decrecen y que se manejan quitándole la categoría humana al enemigo que la conveniencia ha creado… y encima, argumentando que todo se hace en nombre de la justicia, del bien…¡y de Dios! ¡Qué extraño Dios, ese que se enarbola para el exterminio, la saña y el horror!

- Se pensaba que el siglo veinte, con el espantoso Holocausto que protagonizaron los nazis y con las insospechables crueldades ejercidas por tantos dictadores, de por allá y de por acá, por Stalin, por Pinochet y muchos más, contando nuestro Generalísimo, iba a ser --ese siglo recién terminado-- el punto más alto de las actitudes inhumanas, brutales, atroces… sádicas. Parece que no.

Parece que no --dije en un suspiro agónico mientras me alejaba.


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