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Max Puig
Geografía de las guerras y revoluciones
Una gran guerra está en marcha. Aunque sus repercusiones son mundiales, su escenario directo se sitúa en Afganistán. Para tratar de entender el grave conflicto todos nos hemos visto obligados, de una forma u otra, a interesarnos por las características particulares de ese país del Medio Oriente.
Herat, Kandahar, Kabul, Jalalabad, Mazar-al-Sharif y el paso de Khyber, entre otros lugares de la geografía afgana, comienzan a resultarnos familiares. La economía, las lenguas y los conflictos étnicos del país musulmán resultan también insoslayables cuando se procura entender, aun fuera en una mínima medida, los acontecimientos.
Tremenda paradoja la de esta primera guerra del siglo XXI: los adversarios que en ella se enfrentan de manera directa son la nación más poderosa del planeta y uno de los países más pobres y menos desarrollados de la Tierra.
Las guerras y las revoluciones se producen en ámbitos geográficos y por razones económicas y sociales específicas. El estudio del sistema capitalista que realizó Carlos Marx le condujo a prever el enfrentamiento entre burgueses y proletarios como el gran conflicto social del mundo contemporáneo. Esta conclusión le llevó, a su vez, a considerar que los países europeos de mayor desarrollo industrial se constituirían en el epicentro de la gran revolución social por venir.
No resultó así. Lenin cambió la geografía de la revolución proletaria al producir la revolución soviética. Lo quiso justificar de dos maneras: primero, demostrando que Rusia era un país capitalista, como intentó hacerlo en su libro El Desarrollo del Capitalismo en Rusia; luego, con su análisis de las contradicciones entre las grandes naciones capitalistas plasmado, principalmente, en El imperialismo, fase superior del capitalismo. Si la revolución proletaria triunfó en Rusia eso se debió, según Lenin, a que este país era el eslabón más débil de la cadena imperialista.
León Trotsky entendió las cosas de otra manera. A su juicio, sería imposible construir el socialismo en un solo país, por lo que la revolución bolchevique solamente podría preservarse y garantizar conquistas sociales duraderas si triunfaba la revolución social en los países europeos más avanzados. De ahí sus tesis sobre la revolución permanente y la revolución mundial.
Pero la revolución encabezada por Bela Kun fracasó en Hungría y lo mismo sucedió con la revuelta de los espartaquistas en Alemania. Las nuevas revoluciones triunfantes profundizaron el giro que había iniciado Lenin. Las revoluciones que se produjeron después de la soviética tuvieron lugar en países en desarrollo y se articularon a movimientos o guerras de liberación nacional. Este fue el caso de China, Vietnam, Corea, Cuba y de muchos movimientos independentistas africanos.
En cuanto a la geografía de las guerras mundiales, ésta ha seguido un curso muy particular. Las grandes guerras del siglo XX fueron guerras europeas. A la primera se la llamó inicialmente la gran guerra europea. El calificativo de mundial se le otorgó después. La segunda guerra mundial fue principalmente europea, aunque la participación del Japón y el desarrollo de las hostilidades en Asia, el Pacífico y Africa del Norte hicieron de ella una verdadera guerra mundial.
Algunos han considerado que la guerra fría fue una tercera guerra mundial. Esta representó un conflicto sui generis. Mientras las dos superpotencias que fueron sus principales protagonistas practicaron entre sí el terror y la disuasión nuclear, a lo largo y lo ancho del mundo proliferaron las guerras locales. En realidad, esas guerras locales combinaron la que se libraban entre sí las dos superpotencias con revoluciones sociales y luchas por la independencia nacional.
La guerra sin enemigo visible se parece muy poco a las grandes guerras del siglo XX. El objetivo de los Estados Unidos y de la coalición antiterrorista se orienta hacia la liquidación de Osama bin Laden y su organización Al Quaida, así como al derrocamiento del régimen de los talibanes en Afganistán. La respuesta de estos últimos tiene otro signo, que no puede ser otro que el de la guerra irregular. En este tipo de guerra no se procura la destrucción del enemigo mediante su enfrentamiento directo, sino su desgaste y debilitamiento mediante acciones que socaven su moral.
Por otro lado, a diferencia de los conflictos armados de la guerra fría, en que los Estados Unidos combatían a fuerzas que se definían como revolucionarias, ahora se asiste a una situación distinta. El coloso norteamericano se enfrenta a fuerzas esencialmente conservadoras que alentó y armó en ocasión de su pasado conflicto con la Unión Soviética. Y esta es una más de las paradojas de la primera guerra del siglo XXI: el atraso afgano y la ideología fundamentalista que permitieron combatir y vencer a los soviéticos se han convertido en una amenaza de dimensiones insospechadas.
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